| |
SOBRE
LA VIOLENCIA INTERIORIZADA EN LAS MUJERES
Casilda Rodrigáñez
Bustos
La mujer se encuentra desde el principio sin una forma
propia de existir,
como si el existir de la mujer se hallase ya incluido
en una forma de existir
(mujer, madre, hija, etc.) que la niegan en cuanto
a mujer.
Ser madre significa existir y usar el propio cuerpo
en función del hombre,
y por lo tanto una vez más carecer del sentido y del
valor del propio cuerpo
y de la propia existencia
a todos los niveles.
Esta negación de sí misma es interiorizada
a niveles tan profundos
que es como si las mujeres, a lo largo de toda su historia,
no hiciesen más que repetir esta experiencia de autodestrucción.
Por eso, el discurso sobre la violencia masculina,
sobre la vejación, sobre la dominación, sobre los privilegios,
etc.
seguirá siendo un discurso abstracto
si no se tiene en cuenta el aspecto interiorizado
de la violencia ,
la violencia como negación de la propia existencia.
La negación de sí misma empieza a funcionar desde el
nacimiento,
a partir de la primera relación con la madre,
donde la madre no está presente
como mujer con su cuerpo de mujer,
sino que está allí
como mujer del hombre, para el hombre (...)
El hecho de que la niña viva la relación con la persona
de su sexo
sólo a través del hombre,
con esta especie de filtro que hay entre ella y la
madre,
es la razón más profunda de la división que encontramos
entre una mujer y otra mujer;
las mujeres estamos divididas en nuestra historia
desde siempre,
(...) al no conseguir mirarnos la una a la otra,
al no ser capaces de contemplar nuestro cuerpo
sin tener siempre presente la mirada del hombre.(...)
Del hecho de que la mujer no encuentra en la relación
la madre
el reconocimiento de su propia sexualidad,
del propio cuerpo,
procede después toda la historia sucesiva de la relación
con el hombre
como relación donde la negación
de todo lo que tú eres,
de tu sexualidad,
de tu forma de vida,
ya se ha producido.
Lea Melandri. La infamia originaria (1)
(subrayados de ella)
Entender la violencia
interiozada a lo largo de nuestra socialización patriarcal, significa
tomar conciencia de la mujer que quedó perdida en los orígenes y
que vive la sombra de nuestra cultura.
Es tan importante
este tema que, a pesar de mis limitaciones, he aceptado participar
en estas jornadas, para al menos dejar planteado este aspecto de
la violencia contra las mujeres, sobre el cual, a mi modo de ver,
descansa todo lo demás.
Estamos solamente
empezando a darnos cuenta de las consecuencias de la desaparición
del amor materno, del cuerpo a cuerpo con la madre, que reclamaba
Luce Irigaray (2), asi como las de la ausencia del orden
simbólico de la madre (aunque particularmente, no me gusta el concepto
de 'orden' para referirnos al mundo simbólico de la madre) que plantea
Luisa Muraro (3). Nuestra socialización es una adaptación
a un orden sexual que desvaloriza, desprecia y niega nuestros cuerpos,
así como nuestra forma específica de existencia; se trata de una
prohibición sistemática de todo un desarrollo libidinal y sexual
de la mujer, de toda una vida, que quedaría fuera del radio de acción
del falocentrismo, en torno al cual está construído el orden sexual.
Es una tarea de enorme envergadura y de enorme urgencia, y por eso
voy a tratar de plantear algunos aspectos.
El falocentrismo.-
Falocentrismo quiere
decir que el falo es el centro de la sexualidad; que toda la sexualidad
se orienta y gira en torno al falo, el cual es el objeto de todas
las pulsiones, de todo el deseo, capaz de atraer y absorber el
conjunto de la energía erótica de la mujer. Este mensaje lo vamos
interiorizando desde que nacemos, desde el momento en que, como
dice Lea Melandri, nuestra madre no está ahí como mujer con
su cuerpo de mujer en gestación extrauterina, sino como mujer
del hombre para el hombre. Al negarnos su cuerpo, niega todo
el caudal de energía erótica y toda la sexualidad no falocéntrica
de la mujer. Y aprendemos a percibirnos a través de la mirada
del hombre, y a desvalorar nuestro cuerpo. Esto es el núcleo
básico, el germen inicial de una socialización que será devastadora
de nuestros cuerpos y de nuestra energía sexual; no sólo porque
de niñas y de adolescentes nos 'perdemos' toda un desarrollo -no
falocéntrico- de nuestra sexualidad, sino también y sobre todo,
porque nuestro cuerpo adulto ha somatizado toda esa represión,
se ha hecho un cuerpo acorazado y tieso con un útero inmovilizado,
sin haber desarrollado nuestro sistema erógeno, y además ha interiorizado
la des-valorización y el desprecio del propio cuerpo, orígen de
toda la misoginia, el caudal de emoción envenenada que alienta la
sociedad patriarcal.
Según vamos creciendo,
ya con toda la presión social, se va asentando en nuestras mentes
una percepción que infravalora y deforma nuestros cuerpos y su
potencial erótico, aceptando que es normal que la regla nos duela
todos los meses, que estar embarazada es una pesadez y una lata
por lo que hay que pasar para tener un@ hij@, y que el parto es
un mal trago que sólo gracias a la epidural y a la medicina se palia
un poco. Nos han robado nuestra capacidad erótica, quedando además
fuera de nuestra conciencia y de nuestra imaginación , lo
que de hecho es nuestro cuerpo y su sistema erógeno, con todo su
enorme potencial de placer y sexualidad, que quedó atrás en el Paraíso
matricéntrico del que fuimos expulsadas, desterrado en el Hades
o condenado al Infierno. No es un eufemismo decir que somos seres
castrados, especialmente referido a la mujer occidental moderna
de la aldea global y formada en los medios audiovisuales, los cuales
están terminando con los vestigios de sexualidad y sabiduría popular
femenina que se transmitía de madres a hijas.
¿Por qué el falocentrismo
es tan perturbador de la sexualidad femenina?
La sexualidad de la
mujer (a diferencia de la del hombre) no es uniforme, no es siempre
la misma; a lo largo de su vida, la mujer pasa por diferentes ciclos
y estados sexuales, unos de mayor producción libidinal que otros,
y sobre todo, de diferente orientación. El equilibrio emocional,
tanto psíquico como orgánico, libidinal y hormonal, que sostiene
nuestros cuerpos es un proceso ondulante, cíclico. Por eso la luna,
que aparece en el cielo cambiando de forma cíclica, ha sido siempre
un símbolo de la femeneidad (además del ciclo de 28 días, tiene
otros cambios cíclicos, según los meses y las estaciones del año,
y hay lunas que están más bajas o son más grandes que otras, por
ejemplo la luna llena de agosto es la más grande, etc.). Y sin embargo
funcionamos como si nuestra producción sexual y libidinal, fuese
algo rectilíneo y siempre la misma. Esto se acompaña semántica
y simbólicamente con un concepto de sexualidad en el que sólo entra
la sexualidad adulta falocéntrica (así por ejemplo, por 'acto sexual'
todo el mundo entiende el coito). (4)
Dejando de lado la
sexualidad de la niña - la diferenciación de la líbido empieza antes
de la pubertad-, no es el mismo estado sexual ni el mismo equilibrio
hormonal el que tiene la mujer cuando ovula que cuando menstrúa.
También es diferente el estado de la mujer grávida de la que no
lo está, ni el de la mujer en el parto o después del parto, o durante
la gestación extrauterina, o a lo largo de una lactancia prolongada,
o cuando vivimos la pasión amorosa con un hombre. Hemos perdido,
a lo largo de la socialización patriarcal, la percepción del estado
cambiante de nuestro cuerpo, de cómo lo sentimos, de nuestros diferentes
flujos y de sus olores (¡ay las malditas colonias!), pues el olor
era un elemento básico de la sexualidad y de la atracción mutua.
Si nos fijamos, es muy simple; por ejemplo, el olor de la mujer
lactante atrae al bebé, y el de la mujer menstruante al varón...
¿Cómo se produjo la alineación sexual?
Hace 4 ó 5 mil años,
el Poder de un colectivo de hombres creó una sociedad basada en
el sometimiento de la mujer. Este sometimiento incluía de una manera
muy especial, su sometimiento sexual; es decir, se creó una sociedad
basada en la violación sistemática de los deseos de la mujer.
Independientemente de que esa violación en la práctica fuese más
o menos forzada o violenta, según los momentos, poco a poco se
consigue que el deseo de la mujer deje de ser relevante, hasta que
se anula, desaparece y se limita a la complacencia falocrática.
Las mujeres perdieron sus costumbres, sus reuniones, sus bailes
voluptuosos; perdieron la libertad de su cuerpo y la conciencia
del mismo, sus baños sensuales compartidos entre hermanas, madres,
tías, abuelas...., el cuerpo a cuerpo con sus criaturas... perdieron
la maternidad nacida del deseo e impulsada por el placer. San Agustín
lo dijo en una frase Dadme otras madres y os daré otro mundo;
lo sabían y no pararon hasta que lo consiguieron. El deseo sexual
en la mujer pasó a ser considerado lascivo y deshonesto. Como dice
la Biblia, las buenas esposas eran esclavas del señor, debían hablar
lo menos posible y sentir vergüenza hasta de su marido; como madres
patriarcales tenían la misión de introyectar el pudor y el recato
en las hijas, convirtiéndose en la garantía de la paralización
de todo atisbo de producción deseante, del deseo sexual de las
futuras generaciones de mujeres. Se cortó de raíz el valor del
cuerpo femenino y el desarrollo natural de la sexualidad de la mujer.
Por ello la mujer empezó
a taparse con velos y a andar tiesa como un palo. La mujer cambió
la forma de sentarse: dejó de sentarse en cuclillas (como podemos
todavía ver en documentales de culturas aborígenes), o en asientos
bajos con las piernas abiertas (las rodillas dobladas casi a la
altura del pecho, y el sacro a la altura de los tobillos), recubiertas
por sus amplias faldas, tal y como vemos en los mercadillos de ciertas
partes de la India, o en las tiendas de las tuaregs africanas. Al
igual que la higiene deriva en la asepsia para eliminar el olor
de nuestros flujos, las costumbres sobre las posturas forman parte
de la educación en el orden sexual, puesto que hay que paralizar
todo lo que se pueda los músculos pélvicos y los uterinos, para
que nuestro vientre no se estremezca ni palpite.
Quizá hoy nos cueste
entender lo de los velos que tapan la cara. Podemos preguntarnos,
¿qué necesidad hay? La respuesta la encontré en un hamman de la
medina de Fez. Por casualidad del destino, en un viaje turístico
por Marruecos nos quedamos sin hotel (que estaba en la parte colonial
de la ciudad, donde están los hoteles), y fuimos a parar a una pensión
dentro de la medina, que no tenía ducha; el dueño nos dijo que no
hacía falta ducha porque teníamos el hamman justo enfrente de la
pensión; y así fue como una tarde, una amiga y yo nos encontramos
en un hamman de mujeres no precisamente para turistas. Así pues
entramos, primero a un recibidor donde un hombre detrás de la mesa
nos cobró los céntimos que costaba la entrada, y nos indicó la puerta
de acceso. Abrimos la puerta y allí nos quedamos, mi amiga y yo,
petrificadas. Era una estancia cuadrada, llena de vapor de agua;
en el suelo -de cemento con tragaderas de agua- estaban sentadas,
en varios corros, mujeres de todas las edades; estaban desnudas
y se echaban agua unas a otras, se frotaban, se daban henna, se
ofrecían gajos de naranja que allí mismo pelaban... el agua la
cogían con cuencos de unos cubos negros de polietileno. Ancianas,
mujeres maduras, mujeres jóvenes, algunas con bebés, y niñas, charlaban,
sonreían y reían. Creo que lo que nos conmocionó fueron sus risas
y su modo de hablar que mostraban una euforia espontánea, la vitalidad
de sus rostros, algo distinto a lo que estamos acostumbradas. No
entendíamos nada, pero en sus gestos y en su modo de hablar había
una complicidad voluptuosa y una intimidad que nos hizo sentirnos
intrusas, como si estuviésemos violando la intimidad de alguien.
Una mujer de mediana
edad, con el pelo teñido, al darse cuenta de nuestra perplejidad,
se levantó y se acercó a nosotras; apenas sabía algunas palabras
en francés, pero nos cogió de la mano y nos llevó a unas taquillas
que estaban en una plataforma más elevada a la que se accedía por
unas escaleritas. Nos indicó que nos desnudásemos y que dejásemos
allí la ropa; y con las toallas y el neceser con los geles, nos
indicó que la siguiéramos. Atravesamos la estancia y pasamos a
otra y luego a otra. En las otras estancias, había igualmente mujeres
lavándose y charlando, cada estancia con más densidad de vapor;
pues en la última estancia había un pilón rectangular al que caía
un gran chorro de agua hirviendo, que producía el vapor; había también
otro pilón de agua fría y un montón de cubos negros de polietileno.
Nuestra mujer cogió dos cubos y los llenó de agua caliente, añadiendo
fría hasta conseguir la temperatura adecuada y nos empezó a echar
agua por encima con toda delicadeza; nos indicó que nos echáramos
jabón si queríamos, y así fue como aquella desconocida nos ayudó
a bañarnos. No sólo no nos miraron como intrusas ni nos hicieron
el vacío, sino que fuimos invitadas a compartir el baño.
Aquello fue como un
auténtico strip tease. Fuera, las mujeres todas tapadas, inaccesibles,
porque si te acercabas a una a preguntarle algo, el hombre que iba
a su lado se interponía. Y sin embargo, todas las tardes de 3 a
8, allí se reunían y se expandían (luego también pude observar
que se reúnen en los terrados de las casas, que se comunican entre
sí, de manera que sin tener que salir a la calle pueden ir de una
casa a otra). No he visto nunca en nuestra democrática sociedad
de mujeres 'liberadas' una reunión semejante de semejantes mujeres,
porque sobre todo, nunca he vuelto a ver este tipo de mujeres...
no sé, tan distintas, tan vivas. Entendí entonces por qué el mundo
musulmán es un modelo de sociedad patriarcal que mantiene más represión
exterior para las mujeres; sencillamente porque están muy lejos
de tener la auto-represión necesaria, de haber interiorizado como
nosotras la represión de nuestros cuerpos y de nuestros deseos.
No tienen nuestras corazas y tienen una percepción de sus cuerpos
que creo que desconocemos en nuestra sociedad. Si tuviese que escoger
una sola palabra para describir a aquellas mujeres, creo que elegiría
'sensualidad'; sensualidad compartida entre mujeres, confianza,
complicidad... ¿nos suena de algo?
Esa sensualidad era
visible en el brillo de sus ojos, en la sonrisa, en las arrugas
de sus caras, en la suavidad y al mismo tiempo firmeza de los gestos
de sus manos... ¡claro que tienen que llevar velos y cubrirse la
cara! para que no se vea lo que no debe de verse: lo que en nuestra
sociedad se borra con el acorazamiento muscular que se produce a
lo largo de nuestra educación.
Vamos, pues, viendo
la importancia de la violencia interiorizada, de la auto-represión
de nuestros cuerpos.
Pensemos un sólo instante
en la imagen de mujer que nos venden en la televisión y en todos
los medios audiovisuales; el paradigma de mujer atractiva, que uniformiza
la diversidad y que aplasta todo atractivo que no sea lo que están
definiendo, que en realidad se vuelve contra todas las mujeres.
Quizá conviene saber que la mujer para producir estrógenos, una
de nuestras hormonas sexuales, necesitamos que un 20 % del peso
total de nuestro cuerpo sea tejido adiposo (esto lo dicen los libros
de texto de antropología física). No hay más que ir al Corte Inglés
y comparar los maniquíes con las mujeres de carne y hueso que abarrotan
los departamentos: no se parecen en nada, no hay mujeres con esas
caderas estrechas y casi sin pecho. En lo que más nos parecemos
a los maniquíes es en la expresión de los ojos, casi tan faltos
de vida como la de los cuerpos inertes de cartón piedra. Interiorizar
que nuestros cuerpos sólo valen para gustar a los hombres es una
violencia que destruye el enorme potencial que tenemos, es una auténtica
castración y negación de nuestras vidas. Y todo porque, como veremos
más adelante, carecemos desde el nacimiento de la madre, del cuerpo
de mujer que es el entorno adecuado para responder a toda la producción
amorosa propia de nuestra condición humana; no hay reciprocidad
ni humanidad donde pueda fluir y expandirse toda esa producción;
entonces con tanto anhelo de amor que no cesa de frustrarse, con
tanta ansiedad por amar y ser amadas, concentramos todas nuestras
fuerzas en hacer lo que sea para adaptarnos a la norma que
establece lo que hay que ser, y lo que hay que dejar de ser, para
tener esa aceptación y ese amor que nos es imprescindible para vivir.
Sin embargo, todo está tan ritualizado y normalizado, que sólo se
perciben los procesos más visibles de esta autodestrucción, como
la anorexia y la bulimia, pero que son sólo una de las puntas del
gran iceberg que es preciso determinar y conocer.
Según algunos textos
de la Antigüedad, la virginidad no era sinónimo de castidad o de
asepsia libidinal, como lo es ahora. A menudo las vírgenes fueron
representadas con la imagen de la sirena, una mujer la mitad para
abajo con forma de pez, que no podía tener relaciones coitales con
varones, pero que nadaban voluptuosamente como los delfines, bailaban
la danza del vientre en el agua; las mujeres vírgenes no habían
tenido todavía relaciones con hombres, pero habían desplegado su
sexualidad desde la etapa primal, habitando y compartiendo el cuerpo
de sus madres y de otras mujeres, sus juegos y sus danzas.
Una vez, después de
contar mi experiencia en el hamman de Fez, me preguntaron si creía
que aquellas mujeres eran lesbianas o tenían relaciones lésbicas.
Me lo quedé pensando, porque antes no me lo había planteado en esos
términos. Y me dí cuenta que la pregunta no tenía sentido; mejor
dicho, que lo que no tenía sentido era aplicar nuestra codificación
sobre sexualidad a aquel mundo. Aquí la conducta sexual está tan
normativizada, que se tiene que normativizar y fijar hasta lo que
no pueden evitar que se salga de la norma, precisamente para delilmitar
y reforzar más la norma. Lo más importante de la prohibición y
del tabú del sexo en general, y del femenino en particular, es cortar
la espontaneidad, el fluir espontáneo. De manera que para cualquier
tipo de relación, por ejemplo, homosexual, tengamos que dar el paso
de asumirnos como gays o lesbianas, lo cual es todo un proceso a
nivel psíquico y social, que de entrada frena las prácticas homosexuales;
así, cada práctica sexual, en lugar de fluir espontáneamente con
el deseo, tiene que pasar por toda esa barrera de la definición,
ante la cual lo que suele suceder es que se inhibe inconscientemente,
lográndose el objetivo de que el deseo no esté permanentemente recorriendo
el campo social (en palabras de Deleuze y Guattari).
Lo que creo de las mujeres del hamman de Fez es que, simplemente,
había en ellas vestigios de una vitalidad femenina desaparecida
en el mundo occidental.
Cuando la civilización
occidental empezó a reconocer 'científicamente' la sexualidad, la
mujer lleva milenios arrastrando un cuerpo al que se le cortan las
raíces desde el comienzo de su crecimiento, lo mismo que a un bonsai.
El sexo femenino, constata entonces empíricamente Freud,
no existe. En el panorma del orden sexual vigente, sólo hay un
sexo, el masculino. La mujer es un varón sin sexo, castrado.
Sin embargo, el mismo
Freud reconoció que había algo que se le escapaba... aquello del
continente negro inexplorado... Incluso llegó a precisar algo de
'lo que se le escapaba':
El conocimiento de una época pre-edípica en la mujer
ha provocado en nosotros una sorpresa similar a la que, en otro
campo, suscitó el descubrimiento de la civilización minoico-micénica
anterior a la civilización griega. Todo, en el ámbito de
la primera vinculación con la madre, me parece difícil de captar
analíticamente, oscuro, remoto, sombrío, difícil de devolver
a la vida, como si hubiera caído bajo una represión particularmente
inexorable. (5)
También nuestro punto de partida fue el desconcierto
producido por la experiencia de nuestras maternidades, toda una
cadena de sensaciones y de emociones que no cuadraban con la noción
en vigor de la misma. Poco a poco, una serie de datos que teníamos
en la mente, empezaron a establecer contacto entre sí, como las
piezas de un puzzle que sueltas no significan nada, pero que al
encajar unas en otras ofrecen una imagen nítida... Pero no es un
puzzle cualquiera, se trata de juntar las piezas de nuestro cuerpo,
de recomponerlo...
Una de las primeras
'pistas' que nos ayudaron a empezar a pensar y a modificar la conciencia
de nuestro cuerpo, fué el enterarnos de que (6) 'histeria' venía
de hysteron (en griego, 'útero'); y que en la Grecia antigua,
la mujer frígida era la que tenía el hysteron paralizado
en la parte superior de la cavidad pélvica. Para curar la frigidez
(la 'histeria') hacían inhalar a las mujeres ciertas sustancias
o drogas (7).
Platón, Hipócrates, etc. dejaron escrito (8), con intención más o menos peyorativa, que había
algo que se movía dentro del vientre de la mujer, como un animal
errante, para acabar definiéndo al útero como un animal que habitaba
dentro de otro animal. Animal que después, como veremos a continuación,
fue convirtiéndose en bestia y en monstruo (9).
En cambio, en las culturas
prepatriarcales neolíticas de la Vieja Europa (10), el útero se
representaba como un pez (y las
sirenas cuya voluptuosidad era la gran tentación de los héroes,
eran mitad mujer y mitad -la mitad inferior- pez). Otras veces
también se represenaba el útero con una rana, al igual que en algunas
culturas pre-colombinas, donde la rana simbolizaba el útero femenino,
porque el palpitar del útero femenino era similar al palpitar del
cuerpo de la rana (11). La serpiente es otra clave simbólica, porque
fue el símbolo más representado de la voluptuosidad femenina, que
luego fue convertido en todo tipo de monstruos demoníacos y dragones,
que representaban la satanización de la sexualidad femenina, la
lascivia, el 'mal femenil' bíblico por el que entra el mal en el
mundo.
Siguiendo con las 'pistas'
que nos llevan a tomar conciencia del útero, nos encontramos con
que Masters y Johnsons (12) aseguran que en todo
orgasmo femenino se producen 'contracciones' uterinas; y aquí
lo importante es que dicen 'en todos' y no sólo en algunos; sin
duda esto tenía que ver con aquello de que para los griegos antiguos
la mujer frígida era la que tenía su útero inmovilizado...
Por fín cayó en nuestras
manos el libro de Juan Merelo-Barberá, Pariras con placer
(13) en la que claramente dice que el útero es nuestro principal
órgano erógeno, que la mujer está desvitalizada, socializada en
una ruptura psicosomática 'útero-conciencia', y que por eso parimos
con dolor.
No es casualidad que
la maldición divina de parir con dolor está asociada a la dominación
del hombre sobre la mujer, porque en esa dominación está incluída
la desaparición de toda expresión de sexualidad femenina que no
sea la de la complacencia al falo... Y por eso la información de
Bartolomé de las Casas (14) y otras que nos han llegado de
mujeres que parían sin dolor, es otra pieza del puzzle que encaja,
pues ¿cómo no causar perplejidad, conociendo nuestro parto actual
tan doloroso, el que aquellas mujeres parieran sin dolor? ¿cómo
es posible parir sin dolor?
Frederick Leboyer (15) nos habla de nacimientos sin violencia, de bebés que nacen sonriendo,
de mujeres que abren su útero con tiernos latidos (en lugar con
contracciones espasmódicas), tierna y placenteramente, avanzando
hacia el extásis.
Las mujeres de la India
(16) visualizan los pétalos de la flor de loto abriéndose para abrir
el canal del nacimiento, un abrir suave, sin violencia alguna; claro
que no se les ocurre ponerse a parir en decúbito supino, en medio
de focos, entregadas a las órdenes de las autoridades médicas.
Porque el parto, como todo acto sexual, requiere intimidad
para que el cuerpo pueda abandonarse a la emoción y a la relajación.
El desconocimiento de nuestro cuerpo y la pérdida de la confianza
en él, junto con el miedo inculcado, nos hace hacer todo lo contrario
de lo que el parto requiere; contraídas, llenas de miedo, entregamos
nuestra confianza a las autoridades de la Medicina, que -cesáreas
aparte- no pueden saber ni hacer lo que sólo el cuerpo sabe cómo
y cuándo hacer. El decúbito supino es una posición contraria al
parto; el canal de nacimiento se estrecha y se alarga, además la
posición horizontal va en contra de la fuerza de gravedad, y sobre
todo, la mujer no puede hacer fuerza con los músculos pélvicos;
en cuclillas, el canal de nacimiento se acorta y la salida va a
favor de la fuerza de la gravedad, y podemos hacer toda la fuerza
que podamos con nuestros músculos pélvicos. Parir en decúbito supino
supone alargar el parto, poner dificultades al avance del bebé,
facilitar el atasco y la falta de oxígeno; es tan absurdo como defecar
en esa posición. Sólo tiene una lógica: la manipulación médica
y agravar el sufrimiento de la madre y del bebé. Obligar a la
mujer a parir en esa posición es una violencia gratuita e innecesaria;
es la imagen de la sumisión y de la negación de nuestros cuerpos.
Por eso es tan importane
la labor de asociaciones de mujeres y profesionales como la de Nacer
en Casa, que trabajan por sacar el parto de los hospitales y de
devolvérselo a la mujer.
Las mujeres de ciertas
regiones de Arabia Saudita, conocedoras de la sexualidad del parto,
forman corro alrededor de la parturienta bailando la danza del vientre,
hipnotizándola con sus movimientos rítmicos ondulantes para
que también ella se mueva a favor del cuerpo en lugar de moverse
contra él (17).
Juan Merelo-Barberá en el libro antes citado recoge un estudio realizado sobre partos orgásmicos,
asegurando que son mucho más frecuentes de lo que nos imaginamos.
Aunque la cultura patriarcal lo niegue, la maternidad forma parte
de nuestra sexualidad.
Como lo prueba otro
importante indicador, la oxitocina (18), la hormana que segregamos
en todo proceso de excitación sexual, por eso llamada hormona 'del
amor'; pues bien la oxitocina es lo que emplea la Medicina para
forzar los partos, es el oxitócico que nos ponen en el 'gotero'
para acelerar o desencadenar las famosas contracciones y dilatar
el cuello del útero. No han encontrado otra cosa, porque el parto
natural es un acto sexual durante el cual la madre y el bebé segregan
esa hormona para producir el movimiento del útero que conduce al
nacimiento. También se ha demostrado que la eficacia de la oxitocina
depende de su pulsatilidad (19), de su secreción rítmica, porque
cuando se segrega naturalmente durante el proceso emocional, se
segrega rítmicamente, en oleadas, como el placer.
¡Vaya diferencia!
Un útero que en lugar de contraerse espásticamente, produciendo
el terrible dolor del calambre, palpita como un corazón, y cuyo
latido es una ola de placer que le hace moverse suavemente como
una ameba, estirándose y descendiendo, aflojando y distendiendo
los músculos del cervix, hasta la famosa apertura de los 10 cm..
Por cierto, que en
la Antiguedad, en las orgías Eleusíacas (20) ingerían oxitocina
por medio del hongo llamado 'cornezuelo' del centeno: ahí está
la diferencia, antes las mujeres lo utilizaban como afrodisíaco,
y ahora nos lo inyectan en vena produciéndonos dolorosos calambres
en el útero.
El útero no es otra
cosa que una bolsa hecha de tejido muscular, de fibra lisa y de
fibra estríada, conectada al sistema nervioso voluntario e involuntario
(21), perfectamente diseñado para su función, pues el tejido muscular
tiene la cualidad de ser dúctil, flexible, capaz de la relajación
y de la distensión, y al mismo tiempo de la mayor dureza... en definitiva,
fuerte para proteger y sostener un peso de 10 Kgs. contra la fuerza
de la gravedad, ideal para gestar un embrión en el interior de la
madre, protegiéndole así contra la depredación exterior (pensemos
en la vulnerabilidad de los huevos de las aves), nutriéndole con
la propia nutrición materna, etc. ¡y qué magnífico invento, el
del dispositivo de salida!, ese haz de fibras musculares que es
el cervix, que cierra firmemente y se distiende cuando se relaja,
suavemente, sin producir ningún sufrimiento al bebé, con las olas
del placer que produce el latido del útero.
Pero un músculo que
se inmoviliza pierde su flexibilidad. Cuando nos escayolan una
pierna y nos la inmovilizan tan solo un mes, luego tenemos que hacer
ejercicios de rehabilitación para recuperar su función... imaginemos
lo que sería que nos atasen un brazo de niñas, que creciéramos sin
saber que tenemos un brazo y para qué sirve, y que luego de mayores
nos lo soltasen y nos dieran una azada y nos pusieran a cavar...
Cuesta mucho recuperar la función de un músculo que ha estado inmovilizado,
y si se le fuerza, duele; y como duele, nos contraemos y procuramos
no moverlo; y por eso hay que usar goteros y dilatar el útero con
calambres. Leboyer afirma que el dolor de las contracciones
del parto, que se supone normales, son 'calambres', que se producen
cuando los músculos se agarrotan, se vuelven como garras que no
sueltan a su presa y no se distienden, y asegura que las famosas
contracciones de dilatación que se califican de 'adecuadas', son
"altamente patológicas"; "¡vaya revolución en
ciernes!" exclama a modo de conclusión.
Ahí tenemos por qué
la paralización de la sexualidad femenina está asociada al parto
con dolor: porque la paralización de la sexualidad femenina paraliza
el útero, el corazón de nuestro sistema erógeno, que empieza a palpitar
cuando se inicia cualquier proceso de excitación sexual.
Tan sólo teniendo en
cuenta las reglas y los partos dolorosos, ¡cuánto sufrimiento ha
producido y produce la violencia interiorizada, la negación de nuestra
sexualidad!
La psicoanalista y
sexóloga francesa Maryse de Choisy (22), después de diez
años de trabajo con cuestionario, ofrece una perspectiva sobre el
orgasmo femenino que rompe la tradicional dicotomía 'orgasmo vaginal-orgasmo
clitoridiano'. El orgasmo más global e importante de la mujer,
afirma, no es ni vaginal ni clitoridiano; apretando los muslos
o los glúteos firmemente (las mujeres) alcanzan un tipo de orgasmo
que arranca en el centro de su cavidad pélvica, en algun punto
muy profundo de su interior, y se expande por todo el cuerpo...
pues el verdadero orgasmo femenino es cérvico-uterino, o tiene
su origen en él... Por eso las sirenas, las mujeres-pez, eran
el símbolo de la voluptuosidad no falocéntrica de la mujer; una
sirena no puede tener relaciones coitales.
Maryse de Choisy
asegura que los grandes padres de la ciencia de la sexología, que
han 'sentado cátedra' sobre la sexualidad, lo han hecho basándose
en un tipo de conocimientos muy determinado: la sexualidad reducida
y residual de una mujer del siglo XIX, con cientos de años de desvitalización
y de civilización basada en la represión del deseo de la mujer y
de sumisión falocéntrica, forzada y/o sublimada; y por otra parte,
se basaron en las mujeres que acudían a sus consultas, que no eran
precisamente mujeres del pueblo llano, sino de la burguesía más
cultivada (o sea más civilizada). Además como bien explica De
Choisy, las mujeres que todavía conservan algo de su sensibilidad
'uterina' o 'cérvico uterina' no se preocupan por la sexualidad
ni acuden a las consultas de los sexólog@s; es algo así como que
nadie se preocupa de su hígado mientras le funciona bien, y sólo
empieza a preocuparse cuando le deja de funcionar bien. A los sexólog@s
y psicoanlistas que se ocupan de nuestras emociones profundas les
pasa lo que a los médicos obstretas. Michel Odent (23) afirma
que los obstretas no saben lo que es un parto porque sólo conocen
el parto hospitalario. ¿Qué sucede, entonces? Pues imaginemos
lo que sería ir a un médico que desconoce el funcionamiento normal
del hígado a que te lo arregle... Se institucionalizaría una patología
hepática mantenida y reproducida por el Poder médico, lo mismo que
sucede con toda la ciencia médica ginecológica, que han institucionalizado
toda una serie de patologías femeninas, incluida la menstrución,
la gestación, el parto etc. La ciencia con frecuencia toma por
originario lo que es el resultado de un largo proceso de devastación.
Los controles pre-natales producen más daño que beneficios (24),
pero es en lo que concierne al parto donde la violencia contra la
mujer se ensaña. Ya he mencionado antes la catástrofe del decúbito
supino. Marsden Wagner, ex-director de salud matenro-infantil
de la OMS, califica la episotomías de auténticas mutilaciones genitales,
dando la cifra de su práctica en España en un 89 % de los partos
(en otros países está en el 20%). Asegura que la misma Medicina
ha demostrado que las episotomías causan dolor, aumentan el sangrado
y causa disfunciones sexuales en la mujer a largo plazo. También
da la cifra de 36000 cesáreas innecesarias cada año en España.
Asegura que el 40% de las mujeres en España no paren a sus hijos
puesto que estos les son extraídos por medios e instrumentos quirúrgicos.
Es absurdo que tantas mujeres sean incapaces de parir. (25)
Esto ha sido denunciado por mujeres que sienten que les ha sido
robado el parto, y recientemente han constituído una asociación
'El parto es nuestro' para luchar contra este aspecto de la violencia
contra las mujeres.
La destrucción de nuestra
sexualidad afecta a toda la maternidad, no sólo al parto. Puesto
que destruye también todo el placer de la gestación, de la exterogestación
y de la lactancia. No voy a alargarme más sobre esto, pues es preciso
abordar el aspecto de cómo se produce inconscientemente la castración
de nuestros cuerpos; es decir de cómo actúa el orden símbolico sobre
nuestro inconsciente. Sólo decir que inmediatamente después del
parto la mujer tiene las descargas de oxitocina más importantes
de toda su vida sexual (18), además de otros sustancias opiáceas,
como las endorfinas, para producir la interdependencia libidinal
y el acoplamiento de la gestación extrauterina, el único periodo
realmente simbiótico de nuestra vida. La atracción libidinal,
como dice Michael Balint (26) entre madre y bebé produce
y mantiene el estado de simbiosis, un nuevo estado sexual de la
mujer, tan placentero y gratificante para la mujer como para el
bebé. Dice Balint que se trata de la carga (o catexia) libidinal
mayor de toda la vida humana, porque debe mantener la atracción
mutua de la simbiosis, confirmando lo que ya dice el indicador hormonal.
Y aunque ahora podamos sobrevivir con leche y calor artificial,
el contacto físico que corresponde a la producción libidinal sigue
siendo necesario; no sólo psíquicamente, sino también para la formación
de las sinapsis neuronales, el sistema inmunologico, etc. porque
se ha demostrado que de la emoción dependen la producción de ciertas
encimas y otros moduladores químicos. (27) Lo peor no es que el
pezón que chupamos sea de plástico, sino el cuerpo que falta detrás
del chupete o del biberón.
Este acoplamiento madre-bebé
que se produce inmediatamente después el alumbramiento recibe el
nombre de 'imprinting' o impronta (18). El cambio de estado de
la madre es una característica de todos los mamíferos, para dar
calor, alimento y protección a su prole; la más fiera de las felinas
cazadoras, cambia de conducta y se queda en el cúbil haciéndose
amoroso regazo para sus cachorr@s. La madre humana cambia también
de estado y toda su vitalidad se vuelve pasión por la pequeña criatura.
La impronta postparto crea el enamoramiento, el vínculo para que
el cuidado de la criatura quede garantizado durante toda la extero-gestación,
aproximadamente un año. Hay que tener en cuenta que la humanidad
es anterior a la cultura patriarcal y a la Medicina y que la autorregulación
sexual tiene previsto todo el proceso desde la gestación hasta el
destete. Para dar una idea del encadenamiento del proceso autorregulador
y de cómo se le puede perturbar, un pequeño ejemplo: un reciente
estudio ha detectado que la oxitocina de la leche materna a las
48 horas de una cesárea es menos pulsátil que la de una madre que
ha tenido un parto vaginal. (19) . Sin embargo, la cultura patriarcal
corta el proceso autorregulador por norma. Se sabe que son los
minutos y las horas inmediatamente después del parto cuando se producen
en la mujer las grandes descargas hormonales y de sustancias opiáceas
para producir la impronta. Si después de nacer se aparta al bebé
de la madre, hoy con la excusa de lavar al bebé y de someterle a
exámenes clínicos (Odent (18) relata los ritos y los engaños
de otros tiempos, como que el calostro es malo y no debe ser ingerido,
la impureza, etc.), el momento de la impronta se pasa; la madre
se traga todas esas descargas y retoma el bebé por la vía del amor
que sale del corazón y no del vientre. Luego vienen las depresiones
post-parto y las dificultades en la lactancia, porque se ha interferido
el delicado proceso autorregulador hormonal. Esto no son teorías,
sino que está hartamente probado por la mismas ciencias de la fisiología
humana. Los veterinarios saben que si se aparta nada más nacer
a un cachorro de la camada de una perra o de otro mamífero y luego
se le devuelve a la madre, es muy probable que ésta le rechace.
Perturbar la impronta
es una negación de la sexualidad femenina, uno de los estados de
mayor placer de nuestras vidas; y también la de la misma criatura,
que quedará dañada de por vida. Nuestros primeros padres aplicaron
a la sociedad humana lo que habían aprendido en la ganadería. Aprendieron
lo que hay que hacer con un toro (castrarlo) para que se convierta
en un buey y se pueda utilizar su fuerza sumisa para arar los campos
o tirar de la carreta. Aprendieron a desvitalizarlo lo suficiente,
manteniéndolo vivo, para utilizar su vitalidad; es decir, aprendieron
la técnica del sometimiento y de la explotación. Aprendieron que
si se desposee a la mujer de su sexualidad, y se hace funcionar
su aparato reproductor sin el impulso del deseo, se puede organizar
una crianza represiva que nos producirá esa desvitalización necesaria
para la domesticación. De este modo se consigue que la madre desprovista
de la pasión del amor materno visceral, reprima e inculque a su
prole la resignación y la sumisión emocional para producir esclavos
y esclavas resignad@s; y el acorazamiento para hacer guerreros crueles
y nuevas madres de nuevos guerreros y esclav@s. La maternidad patriarcalizada
se institucionaliza para el mantenimiento de este orden social.
Como decía Amparo Moreno (28):
Sin una madre patriarcal que inculque a las criaturas
'lo que no debe ser' desde su más tierna infancia, que bloquee su
capacidad erótico-vital y la canalice hacia 'lo que debe ser', no
podría operar la Ley del Padre que simboliza y desarrolla de una
forma ya más minuciosa 'lo que debe ser' (...)
No en vano el tabú del incesto, que bloquea la aspiración
a la confusión con la 'carne de mi carne', es el gran cancerbero
del sistema jerárquico que sirve para transmutar las relaciones
de tú a tú, en relaciones reglamentadas de acuerdo con el sistema
jerárquico-expansivo patriarcal.
Según Michel Odent
(18) durante la lactancia, la líbido de la madre se orienta hacia
el bebé, locual le lleva a este científico a cuestionar la pareja
monogámica (lo cierto es que incluso en la sociedad actual, muchas
mujeres que amamantan a sus criaturas pierden el deseo hacia sus
compañeros). En nuestro mundo, la perdida del conocimiento y de
la experiencia de la sexualidad es ya tan importante en la mujer
moderna, que casi resulta extravagante hablar del deseo y del placer
de amamantar: Ahora es frecuente que la maternidad se viva como
una carga y un trabajo, que muchas mujeres rechazan hasta el punto
de preferir volver al trabajo y pagar a alguien para que le críe
a su bebe con la técnica, los pezones de plástico y la leche artificial.
En cambio, algunas biografías de nuestra historia, anteriores a
la intervención de la Medicina en la maternidad, han recogido los
testimonios de mujeres que suplicaban a sus señores que las dejase
amamantar a sus bebés, y del agradecimiento que mostraban cuando
les era concedida esa gracia. Cada vez la represión exterior
cede más terreno a la interior, a la autoinhibición y a la sumisión
inconsciente.
La entrada de la mujer
en los espacios públicos y su salida al mercado de trabajo se está
haciendo a costa de negar nuestros cuerpos y nuestra sexualidad.
Los colectivos de ayuda mutua entre madres y de apoyo a la lactancia
materna, saben lo que es el problema de la incompatilibidad del
trabajo con la lactancia en nuestra sociedad. Sin embargo, como
explica la norteamericana Jean Liedloff (29), durante milenios las
mujeres han trabajado con sus hij@s colgados en sus cuerpos, práctica
que hoy también hemos perdido. Porque lo que es incompatible
con la lactancia no es el trabajo sino el trabajo asalariado con
su disciplina rígida. Una encuesta entre científicas norteamericanas
recogía el siguiente dato: estas mujeres habían hecho o terminado
su tesis doctoral y su trabajo específico como científicas durante
el año de excedencia que habían pedido por su maternidad... habían
hecho su trabajo en casa, con el bebé, en cambio ese trabajo creativo
y no alienante no lo habían podido hacer mientras 'trabajaban' en
sus puestos oficiales de trabajo, a los que no podían acudir con
el bebé. No hay puestos de trabajo para mujeres lactantes, y esto
es una negación del cuerpo de la mujer y de su derecho a su vida
sexual. Paralelamente, la presión social y médica que recibe una
mujer para que destete prematuramente a su bebé es inimaginable.
Todo esto es posible porque es más fácil cuestionar la maternidad
y cuestionar lo que nos pide el cuerpo (porque ya están cuestionados;
y eso si es que lo llegamos a percibir), que cuestionar las condiciones
del trabajo asalariado capitalista (que no sólo ya no está cuestionado
sino que ha conseguido que un puesto de su trabajo sea todo un logro
social). Sin embargo, la robotización de la maternidad (la robotización
de nuestros cuerpos) y su negación es una auténtica violencia contra
nuestros cuerpos que provoca el desquiciamiento de todas las relaciones
sociales, incluída la relación con el sexo masculino y con la infancia.
Es extremamente importante reivindicar la maternidad como una etapa
de nuestra vida sexual, no sólo por nosotras, sino porque la líbido
materna tiene una función social para vertebrar una sociedad basada
en la realización del bienestar. Sin madre no puede haber hermandad;
el fratricidio es la consecuencia inmediata del matricidio, de la
falta de madre. (30)
Cómo actúa el orden
simbólico en el inconsciente femenino.-
Según Balint (26)
la ruptura de la simbiosis madre-criatura produce una herida psíquica
muy importante; es como una mutilación anímica no visible a simple
vista, pero que aparece muy claramente cuando se analiza la psique
de los seres humanos de nuestra sociedad. Balint, disicípulo un
tanto rebelde de Freud, le dió un nombre a esta herida psíquica,
la llamó 'Falta Básica'; porque está en el estrato más básico de
nuestro inconsciente, y porque así se referían a ella sus pacientes
cuando explicaban lo que sentían: algo fundamental que les faltó
y que les quitaron. Según palabras de Balint, esta herida
afecta a todo nuestro ser psicosomático, se mantiene altamente
activa a lo largo de toda nuestras vidas, y secreta una
gran ansiedad, porque la ruptura de la simbiosis se vive como
un cuestionamiento de nuestra existencia.
Así pues, el deseo
simbiótico del cuerpo materno que se frustra, queda ahí con toda
su intensidad latente. Sobre esta herida y sobre lo que mana de
la herida, es donde actúa lo simbólico, una no inocente interpretación
de la ansiedad, para formar una estructura psíquica, femenina o
masculina, acorde con el orden patriarcal. Esta formación psíquica
adaptada al orden patriarcal ha sido llamada 'edipización' por Deleuze
y Guattari (31)
La edipización es
el estado psíquico que configura el ego. La interpretación o codificación
que se da a todo el cúmulo de deseo reprimido en la etapa primal
y a lo largo de la infancia, es que se trata de algo a resarcir
y a saciar cuando se llegue al estado adulto, y que todo
lo reprimido y lo que anhelamos será saciado en la fusión con otr@
adult@ del otro sexo. La falta del cuerpo a cuerpo con la madre,
no se dice ni se sabe, pero su anhelo se proyecta a lo que vemos,
desde nuestra soledad en la cuna: papá y mamá juntos en la misma
cama. Esta imagen se presenta como el fin de la ansiedad y la realización
del deseo, que entonces se percibe y se codifica como falocéntrico:
como mamá con papá. Así es como nuestra socialización y la formación
de la 'identidad' quedan marcadas por esta búsqueda de auto afirmación
de nuestra existencia cuestionada, y consiste en encontrar al hombre
de tu vida, al príncipe azul, a la media naranja, puesto que no
sabemos qué pasó, ni nos podemos imaginar que nuestra madre hubiera
tenido que ser otra cosa, otro cuerpo, otro deseo.
El mito de la media
naranja se alimenta, pues, de la ansiedad que produce el cuestionamiento
de la existencia, la falta básica; se encarna en nuestra psique
para ir canalizando toda la ansiedad que no cesa de manar para hacerla
llegar a la conciencia como un anhelo de fundirnos con la otra media
naranja, cuando nos hagamos adult@s. Pensamos que todo el deseo,
toda el ansia de amar será absorbida por la otra media naranja.
Ahora bien, la codificación
del anhelo no es el mismo para las niñas que para los niños.
Para la niña, la saciedad
o la calma de la herida está en el valor simbólico de la figura
masculina puesto
que aprendió de su
madre que la salvación está en el padre y que toda su energía erótica
debe ser absorbida por esa figura; es el universo simbólico en el
que creció. El cuerpo materno negado se generaliza en la desvalorización
del cuerpo femenino; en lo más íntimo, en lo más hondo. De este
modo, el bloqueo de la energía erótica primaria se convierte en
una des-apreciación, en un desprecio de la figura femenina, y en
la búsqueda de la salvación en el cuerpo masculino Este es el comienzo
de la misogina, del desprecio y la desvalorización de lo que vale,
de lo que sirve, de lo que tiene realmente valor para la vida del
cuerpo de la mujer; y correlativamente la sobre-valoración del cuerpo
masculino, del falo.
La mujer no tiene nada,
el hombre tiene lo que vale; él es el que puede salvar a la mujer.
La sublimación de la
energía erótica frustrada en la niña es el Principe azul, es decir,
el falo; ser poseída y protegida y cuidada por un hombre; la sublimación
paralela en el niño es su propio falo, él sí tiene lo que vale.
Esto se ve en la adolescencia: ellas se preocupan por gustar a los
chicos, en cambio ellos deben gustar al grupete de amigos, su autoafirmación
les viene del colectivo masculino. El ideal de hombre, la realización
de su ser pre-potente es poseer mujeres, sentirse y demostrar lo
que vale; el ideal de mujer es ser poseída por un hombre, sentirse
y demostrar lo que vale por lo que vale como objeto de posesión
del hombre; su valor es un valor transferido; la mujer vale lo que
los hombres (padre, marido, hijo) fijan que vale.
Esto es el orden simbólico
que se proyecta en el inconsciente de lo que vale el cuerpo del
hombre y de loque vale el cuerpo de mujer; y esta desnaturalización
de lo que vale cada cual va a estar funcionando toda la vida porque
así interpretamos la ansiedad que mana de lo más hondo de nuestra
psique; realizarse como hombre o como mujer significa desplegar
la pre-potencia y la im-potencia respectivamente, fijadas por la
sociedad. Todo esto es lo que se fija en nuestra psique, y se fija
con toda la fuerza de la ansiedad latente, porque el cuestionamiento
de la existencia sigue manando de la herida. Es decir, realizamos
los géneros para afirmar nuestra existencia cuestionada; y entonces
se afirma la existencia humana negando el cuerpo femenino.
Los géneros se fijan
en la psique edípica, en el ego femenino y en el ego masculino,
pero sus raíces están en lo más hondo del inconsciente, en la criatura
a-edípica, deseante, confiada, inocente, que fué herida en el comienzo
por la falta de madre.
La figura masculina
queda grabada en la mujer edipizada como un polo de atracción que
distorsiona el curso de su energía libidinal; esto sucede cada vez que una mujer después
de parir mete al bebé en la cuna para volver al lecho conyugal.
Esto tiene consecuencias muy importantes, porque incluso la bioquímica
del proceso del parto no puede funcionar con una psique femenina
edipizada.
La imagen de la naranja,
de las dos mitades unidas, es una imagen falaz, que da una conciencia
falaz de nuestros deseos. Porque la simbiosis es sólo un estado
de la etapa primal, que es cuando se necesita la fusión permanente
para sobrevivir (para comer, para movernos, para tener calor).
El estado de simbiosis no es propio de la adultez (podemos comer,
andar etc. de forma autónoma), no necesitamos estar las 24 horas
del día acoplados, sino de fundirnos en momentos concretos.
Por eso nunca estamos
del todo satisfechas, incluso a l@s que les haya ido mejor en este
mundo. Porque ninguna pareja podrá devolvernos el estado simbiótico.
Pero lo importante es que el mito siga manipulando la ansiedad de
la líbido reprimida, siga estando ahí haciendo los roles, dando
cuerda a los géneros, a lo que se supone que es un hombre y a lo
que se supone que es una mujer. Y siempre la sensación de que no
acabamos de ser queridas todo lo que desearíamos, o de la forma
que desearíamos.
La imagen de la fusión
de las dos medias naranjas no es inocente, porque además de proyectar
una simbiosis que no corresponde entre adult@s, sirve al falocentrismo
y oculta la diversidad de la sexualidad femenina, dando la idea
de dos mitades que se complementan recíprocamente; lo cual deja
la sexualidad no falocéntrica de la mujer en el limbo de la inexistencia;
no existe elmundo conceptual y simbólico de la madre, de la verdadera
mujer.
Como dice Melandri
(1), la contradicción hombre-mujer de nuestra actual sociedad es
una contradicción material, porque la sexualidad femenina, no es
como se pretende homóloga ni complementaria de la masculina. La
asimetría de las funciones de cada sexo se borra en el mito de la
media naranja.
Y con la pretensión
de armonía complementaria el mito oculta también que el falocentrismo
es una imposición que no puede sino alimentar la relación de Poder
y sumisión entre los dos sexos. Un sexo que se afirma negando el
otro.
El nombre del 'padre'
y la patria potestad.-
Lo dicho sobre la imagen
de la media naranja no lo explica todo. Los publicistas saben
que para afianzar un producto en los hábitos cotidianos de consumo,
además de la persistencia de las campañas publicitarias hace falta
algo material que lo respalde. El falocentrismo debe entenderse
como parte del Poder adscrito al sexo masculino.
Decíamos al principio
que está sociedad comenzó con el sometimiento sexual de la mujer.
Para lograrlo el colectivo hegemónico de varones inventó un sistema
concreto: otorgar a cada uno de ellos una cuota de la potestad de
la patria, lo que todavía, y no por casualidad, en nuestro código
civil se llama patria potestas. Cada hombre tenía, por
ser hombre, la potestad sobre la vida y la muerte de su mujer,
de la descendencia de su mujer y de sus servidores. Esta pre-potencia
adscrita al valor del sexo masculino se interioriza, de tal manera,
que la autoafirmación de la existencia y la realización del ego
masculino, llevan esa impronta. Por eso, en los casos de extrema
frustración sale en los hombre la extrema violencia contra las mujeres,
porque en su brotes de desesperación, cuando se destapa la ansiedad
de la herida y sienten su existencia cuestionada, se autoafirman
mostrando su derecho sobre su posesión ('porque eres mía', 'porque
es sólo mía y puedo hacer lo que quiera'). Por eso la compleja
mezcla de amor y violencia. Los hombres en su crispación no matan
al jefe que les humilla o les despide, en cambio matan por celos
(que en general no estan ni siquiera justificados), porque cuando
sienten que la mujer no es lo suficientemente sumisa lo que sienten
es el cuestionamiento de la autoafirmación de su existencia, de
su ego, que se manifiesta como una unidad de Poder.
La pre-potencia masculina
no es una simple idea que está ahí; es un Poder material que ha
estado presidiendo la masculinidad, el concepto de hombre, la construcción
de los géneros. No es una ley escrita sobre el papel sino grabada
en el inconsciente colectivo, pertenece a un sistema de identidad
con milenios de rodaje, elaboración y asentamiento. Por eso no
desaparece con los cambios de legislación al respecto; y hombres
que parecen pacíficos y honestos, de pronto pegan, violan o asesinan
a sus mujeres; les sale de lo más hondo y de la autoafirmación de
su ego masculino.
El nombre del 'padre'
está cargado con esta pre-potencia que está unida al falocentrismo;
por eso la violencia masculina es tan frecuentemente una violencia
sexual. Al concepto de padre no se le puede cambiar el contenido
y reducirlo a una función de amor, cuidado y protección como se
pretende; no es neutro ni reciclable. Es un concepto con toda su
fuerza simbólica patriarcal vigente (como se demuestra todos los
días), y además es el eje estructurador de nuestra psique. El mito
de la media naranja lleva dentro de facto una relación de sumisión
al Poder del padre.
Es muy importante que
los hombres que desean una nueva condición masculina no patriarcal,
tengan presente que se trata de acabar con este sistema de identidad,
portador de los géneros, de la injusticia y de la violencia; y por
ello deben renunciar a este título. Y las mujeres tenemos que dejar
de mirarnos a través del filtro de la mirada del hombre (Melandri),
y empezar a mirarnos directamente a nosotras mismas, y también a
mirar a los hombres de otra manera. Mientras que no renunciemos
al concepto de padre-marido, estaremos reproduciendo nuestra propia
auto-destrucción.
La relación directa
e inmediata entre la violencia adulta y la represión en la etapa
primal y en la infancia está probada, entre otras, en la obra de
Alice Miller (32). Un estudio realizado por J.W. Prescott (33) muestra
también la correlación entre la privación de placer corporal en
la infancia y en la sexualidad de la mujer, y la violencia. Si
no recuperamos a la mujer prohibida, su sexualidad, y la maternidad
como parte de esa sexualidad, no sé cuánto más podrá aguantar la
humanidad.
-------------
Bibliografia
(1) Melandri, Lea:
La infamia originaria Ed.Ricou, Barcelona 1980
(2) Irigaray, Luce: El
cuerpo a cuerpo con la madre la Sal ed. de les dones Barcelona 1985
(3) Muraro, Luisa:
El orden simbólico de la madre (horas y Horas, Madrid 1994)
(4) Ana Cachafeiro
y yo hemos abordado la sexualidad femenina en nuestros libros La
represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión
inconsciente (MadreTierra 1996), El asalto al Hades (Traficantes
de Sueños 2001), en el artículo 'Matricidio y estado terapéutico'
del n° 25 de la revista Archipiélago, en el monográfico de
la revista Ekintza Zuzena 'La sexualidad de la Mujer', y
en la ponencia 'Tender la urdimbre' en el I Congreso Internacional
sobre parto y nacimiento en casa, Jerez octubre 2000.
(5) Freud, Sigmond
(1931) Sobre la sexualidad femenina Tomo III Obras Completas
Ed.
Biblioteca Nueva,
Madrid 1968
(6) Ver la voz 'útero'
en : Sau, Victoria Diccionario Ideológico Femenista Ed.
Icaria, Barcelona 1989
(7) Sagan, D. Por qué las mujeres no son hombres,
El País 02.08.1998
(8) Citados en: Anderson, B.S. y Zinsser,J.P. Historia
de las Mujeres: una historia propia. Crítica, Barcelona 1991.
(10) Ver, por ejemplo la obra de Marija Gimbutas Diosas
y dioses de la Vieja Europa, Madrid, Istmo 1991, y El lenguaje
de la diosa Oviedo, Dove 1996. Las claves de la simbología neolítca
se abordan en nuestro libro El Asalto al Hades.
(11) Ver Museo del Oro en Santa Fé de Bogotá
(12) Masters,W. y Johnsons,V.
Human Sexual Response.Intermédica, México 1978.
(13) Merelo-Barberá, J. Parirás con placer.
Kairós, Barcelona, 1980.
(14) De las Casas, Bartolomé. Historia de las Indias.
Fondo de Cultura Económica, México, 1986 (1ª publicación 1552)
(15) Leboyer, F. El parto: crónica de un viaje.
Alta Fulla, Barcelona 1998
(16) V.V.A.A. Mamatoto: la celebración del nacimiento.
Plural ediciones, Barcelona 1992.
(17) Ibidem
(18) Odent, M. El bebé es un mamifero Ed. Mandala, Madrid 1990
(19) Odent, M. La
cientificación del amor Ediciones Creavida, Argentina 1999
(20) Sendón de León,
Victoria Más allá de Itaca Icaria Barcelona 1988, y también:
Hoffman, A. LSD, cómo descubrí el ácido y qué pasó después en
el mundo Gedisa Barcelona 1991.
(21) Unos versos mesopotámicos del III milenio a.c.
dicen: Ninhursaga, única y grandiosa/contrae la matriz/Nintur
que es una gran madre/desencadena el parto (recogido por Jacobsen,
Thorkild. The Treasures of Darkness
Yale Un. Press,
1976 Pg 108.) dando a entender que aquella mujer con un gran desarrollo
de su sexualidad podía voluntariamente poner en marcha el movimiento
de la matriz, para desencadenar el parto. Efectivamente en el movimiento
de la diástole del latido de la matriz, se puede empujar amplificando
dicho latido. Es lógico dado que el tejido muscular del útero se
compone de los dos tipos de fibras, la lisa y la estriada, con conexiones
con el sistema nervioso voluntario e involuntario.
(22) De Choisy, Maryse:
La guerre des sexes Ed. Publications Premiéres 1970
(23) Odent, M. El
granjero y el obstetra Ed. Creavida, Buenos Aires 2002
(24) Odent, M. Ver
por ejemplo Primal health Research Centre, 'The rise of preconceptional
counselling vs the decline of medicalized care in pregnacy' Vol.10
n°3 Winter 2002. Se puede consultar en www.birthworks.org/primal health. También www.michelodent.com.
(25) Ver Wagner, M.
ponencia I Congreso Internacional sobre parto y nacimiento en
casa Jerez 2000. Sobre el tema de la violencia en el parto
tenemos el clásico de Leboyer Por un nacimiento sin violencia.
(26) Balint, M. La Falta Básica Paidós, Barcelona
1993 (1ª publicación: Londres y Nueva York 1979)
(27) Por ejemplo, en un artículo del New York Times, de Sandra Blakesler,
reproducido en El País, 15.11.95, se recogen las conclusiones
de diversos estudios realizados en centros de EEUU sobre la conformación
del sistema neurológico de los bebés: después de reconocer que
"el ADN humano no contiene suficiente información para
especificar la estructura final de las conexiones cerebrales",
y de confirmar que "las dendritas o ramificaciones de las neuronas
y las conexiones se multiplican desde el momento de nacer hasta
los dos años", explica el hallazgo de numerosos 'moduladores
ocultos' en la relación madre-bebé, que regulan la producción de
sustancias químicas que a su vez regulan el crecimiento del cerebro,
la formación de sinapsis neuronales, la formación del sistema inmune,
hormonal, etc. En definitiva, que las emociones en la etapa primal
de nuestra vida, y en concreto el contacto físico madre-bebé, moldean
el cerebro, el carácter y la capacidad del habla.
(28) Carta de Amparo Moreno a la Asociación Antipatriarcal,
Boletín nº 4, Madrid, diciembre 1989.
(29) Liedloff, Jean:
El continuum concept Arkana-Penguin Group, USA 1986
(30) Aunque desborda el contexto de esta ponencia,
es importante tener presente la organización social matrifocal pre-patriarcal,
vertebrada desde lo maternal. Este tema está recogido en el capítulo
II de El Asalto al Hades (ver nota 4). Las fuentes de información
nos vienen desde distintos campos del conocimiento: de la antropología,
ver Martha Moia, El no de las niñas laSal ed. de les dones,
Barcelona 1981; de la literatura antigua, J.J. Bachofen Mitología
arcaica y derecho materno ed. Anthropos, Barcelona (con la salvedad
de la incorrecta traducción del 'muterlich' (maternal) y el 'mutertum'
(lo materno) que casi por norma han sido traducidas por 'matriarcal';
de la arqueología, por ejemplo la obra de Marija Gimbutas (ver nota
10).
(31) Deleuze, G. y Guattari, F. El anti-edipo, capitalismo
y esquizofrenia Paidós, Barcelona, 1985.
(32) Plantear el tema de la violencia adulta contra
la infancia desborda también los límites de esta ponencia, pues
sería necesario abordar globalmente la reproducción psíquica generacional
del sistema de identidad. Esta violencia también está adscrita a
la autoafirmación de la propia existencia negada y a la patria
potestas; nos permite entender cómo la madre patriarcalizada
(edipizada) la ejerce y/o consiente que el padre la ejerza sobre
sus hij@s; y, por tanto, entender el peligro actual de la mujer
que se deja atraer por las incentivaciones de este orden social.
La mayor parte de la obra de Alice Miller está editada en castellano
por Tusquets: Por tu propio bien (1985), El saber proscrito
(1990), La llave perdida (1991), etc.
(33) Prescott, J.W. 'Body pleasure and the origins
of violence' Bulletin of the Atomic Scientists, noviembre
1975 Chicago. |
|