| LA
SOMATIZACION Y LA FIJACION PSIQUICA DEL MATRICIDIO
Casilda Rodrigáñez
Bustos
La destrucción de la maternidad es el nudo gordiano de la Ley (del Padre),
y una vez que se entiende esto, el análisis de cualquier aspecto de esta
sociedad aparece diáfano. En el libro La represión del deseo materno...,
que se cita en la presentación de esta mesa, abordábamos una reflexión
sobre la dimensión libidinal del matricidio y su articulación con
las relaciones de sumisión y poder entre los seres humanos.
Ahora nuestro trabajo se centra en ver cómo se renueva matricidio primitivo
en cada una de nosotras, en cada niña que nace; porque el matricidio,
que se transmite por las instituciones, cultural y simbólicamente,
se somatiza en nuestros cuerpos y se fija en lo más hondo
de nuestra psique. Creemos que es imprescindible conocer bien
esto para poder empezar a ofrecer una resistencia que sea irrecuperable
por la Ley, y para dejar de sufrir.
La somatización del matricidio
El matricidio se somatiza porque la esclavitud de la mujer afectó y afecta
a nuestros cuerpos, y concretamente, afecta a la función sexual
uterina. En la Antigüedad, la mitología se ocupó de encubrir este
hecho: Dios nuestro Padre y Señor nos condena a parir con dolor
por desobedecerle; y luego manda matar a la serpiente, el símbolo
de la sexualidad femenina; esto en la Biblia, pero también Apolo,
dios del Olimpo, mata a la serpiente, etc. etc.
Recientes aportaciones (al menos para nosotras) del campo de la sexología,
(concretamente, de Merelo-Barberá) han venido a ayudarnos a entender
lo que esconden estos mitos, es decir, la destrucción de la sexualidad
femenina y cómo se distorsiona la función uterina.
Para entender cómo se distorsiona la función uterina, antes que nada,
hay que tener en cuenta que el útero es una bolsa de tejido muscular,
y tiene las cualidades de este tejido; fuerte para sujetar y sostener
el peso de 9 ó 10 Kgs, y dúctil y flexible para dilatarse todo el
volumen de una criatura; así mismo el cuello puede cerrarse firmemente
para aguantar todo ese peso, y luego dilatarse y abrirse. Desde
un punto de vista filogenético, este dispositivo que desarrollan
los mamíferos, ofreció ventajas para la evolución de la vida. Porque
el crecimiento del embrión a partir de dos células exige una protección;
los huevos de las aves, tienen una protección débil, una cáscara
de cal, que se puede romper fácilmente, porque el/la pollito/a mismo
tiene que poder romperla para salir. En los mamíferos, al llevar
la madre la semilla y el embrión dentro de sí, al protegerse a sí
misma les protege a ellos también, y resuelve el problema de la
salida al exterior del nuevo ser desde la envoltura que le ha protegido
durante su crecimiento, mediante un dispositivo de apertura de dicha
envoltura, que se incorpora a la función sexual reproductiva. Es
decir, en los mamíferos se resuelve la contradicción aparente entre
una protección segura y una fácil salida.
Ahora bien, el dispositivo de apertura del útero, como toda función sexual,
tiene que ver con la excitación sexual y con el deseo. Esto es
fundamental, porque los músculos pueden contraerse y distenderse,
realizar ejercicios pesados etc. de forma natural sin dolor, pero
todo el mundo conoce lo que duele un músculo contracturado o un
calambre. Podemos empezar a intuir por qué un parto puede ser
con o sin dolor, y que la sexualidad, la libertad desde la infancia
de sentir y gozar el propio cuerpo, es clave para parir de uno u
otro modo.
Sabíamos ya que
. en todo orgasmo femenino se producen contracciones uterinas
(Masters
y Johnsons);
. que la misma hormona, la oxitocina, que desde siempre se ha
utilizado
como dilatador del útero, está siempre presente en los orgasmos;
. que el porcentaje de partos orgásmicos es más elevado de lo
que se
supone
. que la facilidad o dificultad de los partos guarda relación
con el
grado de intimidad que tenga la mujer en el parto.
. que viajeros de los siglos pasados han contado haber encontrado
grupos
humanos en los que las mujeres parían sin dolor.
Todo esto eran como piezas de un puzzle que poco a poco se van encajando.
Porque ahora sabemos también que el útero comienza a palpitar, a latir,
como un corazón, cuando nos excitamos sexualmente; el útero se contrae
y se distiende, y su latido se acrecienta con la excitación sexual
hasta convertirse en las contracciones de las oleadas orgásmicas
(contracciones que no son dolorosas sino placenteras). En este
proceso el útero se mueve y desciende. Es el 'vientre errante'
del que hablaban en la Antigüedad, el 'animal dentro del animal',
que decía Platón. Pues los antiguos, aunque la condenasen, conocían
mucho mejor que ahora la sexualidad de la mujer. Por eso establecieron
que la mujer seductora y seducible era incompatible con una buena
madre patriarcal. Y la Virgen María aplastó de nuevo a la serpiente.
[Como dice Nietzche, los principios morales se establecen en contra
de los principios vitales para realizar la explotación y la realización
de los patrimonios (esto segundo no lo decía Nietzche, claro)].
Por otra parte, el útero en estado de excitación se puede sentir y percibir,
como una ameba que se contrae y se expande. Y lo más importante,
en ese momento se puede intervenir, empujando y amplificando la
onda expansiva. Lo mismo que en la fase de expulsión del parto,
o al defecar, cuando vienen las 'ganas', como se dice habitualmente,
en ese preciso momento, se puede empujar, del mismo modo, en el
inicio de la fase expansiva de la 'ameba', se puede empujar, favoreciendo
y ampliando la dilatación uterina y la onda orgásmica.
Es
decir, el orgasmo forma parte de la función uterina, que por eso
requiere en su funcionamiento normal, que la mujer entre en estado
de excitación sexual y de deseo. Esto explica por qué cuando se
esclaviza a la mujer esta empieza a parir con dolor, y explica también
la importancia de la intimidad en el parto. Porque, como en toda
función sexual, si el neocortex está atendiendo a otras cosas y
no está en pasividad, inhibe la actividad del cerebro arcaico. Es
decir, impide el abandono al deseo y el proceso de excitación sexual
se bloquea.
Creemos que el parto con dolor generalizado en la mujer no puede separarse
de la destrucción de la sexualidad femenina. Y que por eso en toda
la mitología patriarcal, se mata a la serpiente.
Puede que todo empezase cuando los grupos guerreros empezaron a capturar
a las mujeres para mantenerlas en régimen de esclavitud como ganado
reproductor. Como explica por ejemplo G. Lerner en La
Creación del Patriarcado, los niños eran una fuerza de trabajo,
fácil de mantener sometida (como lo sigue siendo). La mujer esclavizada,
expulsada de su entorno armónico y de relaciones de apoyo mutuo,
no dispone de su cuerpo según sus deseos, deja de tener una
vida sexual normal, es violada más o menos sistemáticamente y entonces
vive con el útero rígido. Y empieza a parir con dolor, entre el
miedo y la violencia, horrorizada del destino de sus criaturas.
En lugar de un canto a la vida, la maternidad se convierte en un
canto a la esclavitud y a la muerte. Al cabo de tres generaciones
de esclavitud formal, el conocimiento de la función uterina y de
la verdadera sexualidad de la mujer han desaparecido, o solo quedan
vestigios y cosas que se transmiten clandestinamente, a través de
la brujería, etc. Como dice Merelo-Barberá, la unidad psicosomática
entre la conciencia y el útero se rompe.
La esclavitud por la fuerza física evoluciona hacia la esclavitud por
la presión religiosa y social: la sexualidad de la mujer se hace
pecaminosa, sus flujos impureza, su cuerpo se acoraza detrás de
túnicas y velos, etc. etc. Se va dando la vuelta a la simbología
femenino-materna, de tal manera que se mantiene la misma esclavitud
sexual por la acción simbólica y los mitos religiosos, combinados
con una mayor o menor coacción física exterior, hasta la consolidación
del actual orden sexual falocrático, transmitido por nuestras propias
madres que no saben nada de su sexualidad uterina y del placer del
parto y de la crianza. La ruptura entre la conciencia y el útero
se queda fijada.
Y así se somatiza el matricidio en nuestros cuerpos.
Pero si la represión y la Ley se pueden somatizar, por el enorme poder
del neocortex que ha asumido la Ley del Padre y las creencias religiosas,
y que puede dejar la sexualidad paralizada y el útero en estado
rígido, el funcionamiento normal del cuerpo también se puede restablecer.
Pues si el neocortex puede inhibir la sexualidad, también la puede
estimular (como muy bien saben los técnicos de la publicidad y de
la pornografía que mantienen el actual orden sexual). La sexualidad
femenina y la función uterina se pueden recuperar mediante el conocimiento
primero, y luego, practicando la visualización del útero y la concentración
en la serpiente interior.
Y como hay poco tiempo, solo vamos a esbozar
La
interiorización psíquica del matricidio
El quid de la cuestión está en que la falta de madre, que vivimos en la
etapa primal como la catástrofe más absoluta, como un desastre total,
no podemos sentirla ni conceptualizarla tal y como es realmente.
Y además tenemos que someter dicha Falta a un proceso de 'normalización'.
Es una proeza increíble que va a consumir gran parte de nuestra
energía vital y que nos va a dejar en condiciones de ser civilizadas
en el orden patriarcal.
La falta de madre es, y así lo sentimos, una falta de amor físico, una
carencia emocional, una sensación de pérdida y abandono, una humillación
que viene del rechazo que sentimos, cuando de repente nuestros deseos
no cuentan, cuando nos sentimos expulsadas de nuestro lugar, y es
también miedo. Todo esto son sentimientos devastadores,
autodestructivos, que tienden de por sí a estados de sumisión
y a dependencias emocionales patológicas con los seres que nos rodean.
Por sentirnos queridas y protegidas es por lo que nos hacemos hijas
y esposas sumisas, patológicamente dependientes, y nos autodestruimos.
Es decir, como no podemos sentir la Falta como lo que realmente es, y
ante la presión del orden físico, simbólico y conceptual en el que
nos socializamos, hacemos una interpretación de lo que nos pasa
y una elaboración adaptada a ese orden: [una adaptación a lo que
la madre nos presenta como lo que debe ser, después de habernos
dejado muy claro, berrinche a berrinche, pataleta a pataleta, lo
que no debe ser: básicamente, que no tenemos acceso al cuerpo materno
porque este es del padre al que ella está sometida.] Es la 'normalización'
del desastre.
Distinguimos tres aspectos de la 'normalización': antes que nada, hay
que decir que la falta de madre es la misma en los niños y en las
niñas. Y dos de estos aspectos de la normalización son comunes
a los dos sexos:
Una es la malignidad innata que asumimos; es decir, que desear el cuerpo
materno es malo, que llorar y llorar por falta de ese amor es normal,
que todas esas exigencias de mimos son niñerías y tonterías, que
nuestros deseos son malos, o lo que es casi peor, no cuentan para
nada, etc.
La otra, la sublimación filial de la herida, el 'amor' sumiso. Decimos
en La represión del deseo materno... que del estado de carencia
se pasa casi automáticamente al estado de sumisión porque, para
calmar el dolor de la falta, lo idealizamos, aceptamos el chantaje
adulto y lo convertimos en sumisión filial. [Aceptamos como buena
la madre patriarcal, su relación de dependencia del padre, y aceptamos
el sistema jerárquico, el principio de Autoridad como regla normal
de la sociedad].
El tercer aspecto del procesamiento que hacemos de la Falta de madre,
es la proyección al futuro del anhelo de interdependencia con ella,
concretamente la proyección a la institución del Matrimonio o de
la Pareja.
Aquí también hay algo en común entre los dos sexos, que es la idea de
la 'media naranja', de una fusión absoluta con otro ser, que viene
del recuerdo inconsciente de la fusión vivida y frustrada con la
madre. Así se fragua un ideal patológico porque la vida
humana adulta no requiere un estado de fusión continuo y permanente,
y tan fuerte como el que requiere la vida humana en la etapa primal.
Las personas adultas, a diferencia de los bebés, andamos solas,
comemos solas, etc. Por eso, la interdependencia libidinal y el
anhelo de contacto físico entre adultos se produce en momentos y
durante períodos de tiempo determinados, fuera de los cuales la
persona adulta es emocional y materialmente autosuficiente, y su
relación con los demás seres se desarrolla en otros planos (comunicación
intelectual, artística, quehaceres y trabajos diversos). En la
sociedad patriarcal se aprovechan y se manipulan las ansias de protección
y de amor frustrado (y hay que tener en cuenta que estas ansias
no están solo producidas por el vacío de madre, sino también por
la falta del entorno humano que correspondería a la madre verdadera)
para construir unas relaciones autoritarias entre los sexos, y entre
adult*s y niñ*s.
Pero hay algo que los niños y las niñas vamos elaborando en nuestro interior
de forma diferente, según lo que el niño o la niña ve en sus propios/as
padres-madres y en todos los/as padres/madres de los demás niños
y niñas. En un caso, la dependencia emocional patológica es de
sumisión, y en el otro caso, de dominación. La afirmación
y la realización del 'yo' edípico masculino requiere una posición
de dominación y de posesión sobre la mujer y la prole. En cambio,
el 'yo' edípico femenino quiere sentirse poseído, tener un 'marido-padre'
que la domine emocional y materialmente, y que extienda su velo,
de protección y poder, sobre su prole.
Por eso, la falta de madre en las mujeres conduce a la Mujer Rota
de la novela de Simone de Beauvoir, a revivir el desastre,
el vacío; a la pérdida de esa identidad que nos habían hecho adquirir
y a revivir el sufrimiento horrible del abandono primario cuando
el hombre busca otra pareja. O a la autodestrucción que relata
Rosa Montero de Zenobia Camprubí, o probablemente, al ejemplo
de cualquiera de nosotras que ya tenemos bastante trecho de la vida
vivida. Y en el hombre conduce a la 'crisis de identidad' que se
produce cuando el requisito indispensable para la formación de su
ego masculino, que es tener una mujer sumisa, le falla o no es todo
lo sumisa que necesitaría.
Todo esto está dicho muy deprisa, muy superficialmente, pero creemos que
es muy importante trabajar en este tema de la Falta de Madre
versus Mujer Rota (que por cierto lo explica muy bien Lea
Melandri en La infamia Originaria) porque siempre ha
producido fortísimos sufrimientos en las mujeres. Y es importante
también porque las mujeres ya mayores, que nos hemos dado cuenta
del engaño, tenemos la responsabilidad de hacer de hermanas mayores,
es decir, hacer como las hermanas mayores con las hermanas pequeñas
cuando no está la madre, que asumen parte de sus funciones. Estamos
emplazadas a avisarlas de este engaño para ahorrarlas el sufrimiento
por el que hemos pasado.
En definitiva, trabajar en la falta de madre es imprescindible para entender
1) Las raíces de los géneros, pues más allá de
las tareas productivas y reproductivas que se asignan, los géneros
son las elaboraciones patológicas de la normalización, en lo emocional
y en lo conceptual, de la falta de madre. No se trata solo de la
división sexista del trabajo, o de los roles y de los papeles que
se asignan a los géneros. No podemos ser conductistas a estas alturas.
Se trata del sistema de identidad que se construye, al amparo del
orden social y simbólico (conceptual, moral etc.), cuando se destruye
a la madre. Los contenidos de los géneros no van a cambiar porque
la mujer sea directora de empresa y el hombre friegue los platos,
puesto que es algo mucho más profundo. Para cambiar los géneros
y re-situar las relaciones entre los sexos, tenemos que hacer un
trabajo de situar en nuestras historias personales lo que ha significado
y lo que significa la falta de madre.
2) Las raíces de la destrucción de la sororidad, que también están
en el procesamiento o elaboración que hacemos de la falta de madre.
Al no percibir el cuerpo de la madre en lo que es y significa para
nosotras, y al percibirlo en lo que es para el padre, es decir,
mediatizado por el padre, perdemos la percepción del valor de lo
femenino; lo que nos llega es la imagen de la mujer reflejada en
el padre. A partir de entonces aceptaremos que las mujeres somos
lo que el hombre refleja y dice de nosotras.
Nuestra identidad, nuestra autoestima, pasará por el valor que ellos nos
asignen, por lo que coticemos ante los hombres; y al aceptar esta
escala de valoración,
ignoramos lo que las mujeres
valemos las unas para las otras, lo que nos podríamos dar unas a
otras; despreciamos la fundamental ayuda mutua entre las
mujeres, y destruimos la confianza entre nosotras que es
la sustancia que alienta las relaciones de apoyo mutuo que a su
vez son la garantía del bienestar y de la conservación de la vida.
En cambio rivalizaremos para ser mejores en la escala de valores misógina
y para ser las preferidas por los hombres.
Por eso la recuperación de la madre está unida a la recuperación de la
sororidad, y ambas cosas son imprescindibles para cambiar los géneros
y re-situar las relaciones entre los dos sexos.
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Lo dicho nos plantea dos tareas importantísimas: recuperar la sexualidad
de la mujer y la función uterina, y cambiar el sistema de socialización
humana (y la constitución de los géneros) sustituyendo los actuales
procesos de 'normalización' del desastre primario, por procesos
de desarrollo de la díada madre-criatura. Dicho con otras palabras,
esto plantea poner fin a cinco milenios de matricidio. Todas las
reformas o avances parciales en pro de la igualdad, etc. solo serán
tales si van en esta dirección. |