Ponencia leída en las II Jornadas Anticapitalistas sobre "Colectividades y Okupación Rural", organizadas por la asociación MALAYERBA de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Autónoma de Madrid. Madrid 4 de marzo 1996

Martha Moia (y muchos otros y otras antropólogas) aseguran que hasta hace 2/3000 años, los seres humanos se percibían a sí mismos como parte del grupo humano donde habían nacido, más que como individuos; es decir, la identidad o la subjetividad o conciencia de sí de cada ser humano no era individual sino grupal; es lo que la antropología ha llamado ‘sistema de identidad grupal’ y corresponde a sociedades basadas en el apoyo mutuo.

Las cadenas de la esclavitud moderna son invisibles.  Hay un orden simbólico que emite constantemente las pautas de nuestro comportamiento, y que habla directamente a nuestro inconsciente, sin que nuestra conciencia se entere. Conceptos como Familia, Padre, etc., tienen una fuerza simbólica que manipula nuestras carencias y forman, en gran medida, nuestro inconsciente.

COLECTIVIDAD Y FAMILIA

Casilda Rodrigáñez Bustos

 

1. La Familia y la devastación de la vida

Familia viene de 'famulus' que quiere decir esclavo.  La palabra 'familia' la hemos tomado, pues, del latín; es decir, de los romanos.  El 'Pater Familia' romano tenía poder de vida y de muerte sobre su servidumbre, su mujer y sus hijos e hijas.  A su vez, los romanos, heredaron esta forma de grupo humano de los griegos, y así nos podríamos irnos remontando a los orígenes de la familia y del patriarcado, en las diferentes culturas euroasiáticas, hasta hace unos 4500/5000 años.   Básicamente la familia ha sido (y es) una estructura grupal jerarquizada en torno a un varón, que detenta el Poder, y que ha recibido el nombre del Padre.  En el nombre del Padre se han infligido todos los sufrimientos a la Humanidad.  La familia basada en el matrimonio monogámico y la idealización de la pareja como base de la expansión erótica, solo tiene unos 150 años.   Si Familia quiere decir Esclavitud, Padre quiere decir Poder. Pero decir esto no sirve, se queda en una afirmación superficial, si no entendemos las relaciones de apoyo mutuo, basadas en la energía biosolidaria humana, que la Familia destruye.

Hablar de Familia es hablar de la institución del Matrimonio (o de la Pareja) y de la Patria Potestad que son las figuras jurídicas de las relaciones de poder y obediencia básicas de la sociedad moderna, figuras jurídicas que están debidamente acompañadas de unas representaciones simbólicas, de unas formas rituales y unas determinaciones económicas.   La familia también está asociada a un patrimonio o conjunto de propiedades que detenta y que la sustenta.  Tenía (y tiene) por objetivos la conquista, conservación y expansión del patrimonio, asi como la reproducción de sus titulares. 

La propiedad privada es, como sabéis y como ya dijo Proudhon, un robo; pero también es siempre un patrimonio de alguien, de una familia, pues toda propiedad lleva implícito un titular de carne y hueso.  Y además, desde hace unos decenios, la propiedad toma la forma anónima de Capital.   La propiedad tiene pues estas tres características: robo, sujeto poseedor, subjetividad posesiva, e invisibilidad.  Por eso las guerras parecen que las hacen solo los ejércitos en nombre de conceptos abstractos como la libertad y la lucha contra el comunismo,  que no tienen nada que ver con la vida civil interna, con los ejecutivos del Capital y con los titulares de los patrimonios. 

Ya no se amplían los patrimonios ampliando directamente sus fronteras territoriales con guerras de conquista y esclavizando a su población: ahora sólo se amplía el mercado y se revaloriza el Capital.  Pero el neocolonialismo y el neoliberalismo económico hacen las guerras y esclavizan igualmente a la población, con otros métodos, y es esencialmente el mismo fenómeno de la economía de la sociedad patriarcal. Las guerras siguen siendo necesarias, la devastación de la tierra y de los seres humanos también.  En teoría ya no se matan a los hijos rebeldes ni se lapida a las mujeres adúlteras ni se las quema en la hoguera cuando mueren los maridos, pero en la práctica se sigue haciendo. Aunque la teoría de su discurso haya sufrido algunos cambios, el orden patriarcal sigue exigiendo violencia para mantenerse.

Por eso la Familia y el Padre siguen reproduciendo una masculinidad que se mide por sus conquistas, éxitos, grado de poder en lo social y en lo doméstico.  La vanidad masculina es una cualidad de la identidad del varón patriarcal.  Se sigue produciendo guerreros de cuerpos acorazados, seres insensibles al sufrimiento, tal y como ya se preconizó en la Antigüedad y como se recoge en la Biblia y en algunos textos griegos que tratan sobre el endurecimiento de las criaturas humanas.   

En 1989 el I Congreso de la Infancia Maltratada en Barcelona daba solo para el Estado Español 4000 niñ*s muertos a manos de sus padres (11 diarios);  la semana pasada ha salido en la prensa que el 57% de los niñ*s menores de 12 años que mueren en EEUU les han matado sus padres. Los hombres siguen torturando, violando y maltratando física y pisiquicamente a las mujers con cifras y hechos que nos hielan la sangre cuando salen a relucir, en el mundo entero.  El 1993 se legalizó en Egipto la clitoridectomía, después de reconocer que en todos los países árabes y, en general, en Africa, la extirpación del clítoris y la infibulación (coser los labios vulvares) son una práctica generalizada: en Egipto, en zonas rurales se realiza al 97 % de las niñas y en las ciudades al 74 %.  En los hospitales egipcios en 1993 se realizaban 3600 clitoridectomías diarias.  Estos son los datos de Egipto, uno de los paises del Norte de Africa con más penetración occidental.  En el mundo viven 110 mujeres clitoridectomizadas según datos de la OMS.  Pero no creamos que las mujeres estamos mucho más protegidas por el concepto cristiano de la familia que las musulmanas.   Recientemente la prensa dió un dato estremecedor: la media que tardan las mujeres españolas en denunciar los malos tratos de sus maridos es de 7 años.  Esta tardanza prueba la tremenda dependencia emocional y material y la sumisión de la mujer occidental al varón, el miedo a la soledad y al desamparo de sus criaturas por la falta de un tejido social de apoyo mutuo; la simbiosis que existe entre amor y poder.  Y nos da la medida de la cantidad de mujeres que nunca realizarán la denuncia, y sufren los malos tratos hasta la muerte. 

Lo que sucede ahora es que, por un lado, se ha incorporado de forma generalizada unos mecanismos de adaptación y de sumisión inconsciente y voluntaria, una sumisión que se manifiesta asociada al Amor. Y por otro lado, se ha hecho invisible la brutalidad de tal forma que la que inevitablemente se hace visible, se nos presenta como casos aislados, que se salen de lo normal.  Lo cierto es que, efectivamente, ahora, como ya dijo hace 500 años E. de La Boetie, la servidumbre es voluntaria y hay una componente sistemática de sumisión inconsciente, aunque la brutalidad deba continuar porque la energía vital de los seres humanos nunca se podrá contener del todo, ni con la violencia, ni con la manipulación de los inconscientes por el orden simbólico.

El tema da para horas y como no las tenemos voy a centrarme en dos aspectos:  1) Cómo interiorizamos el principio de Autoridad y se genera la sumisión inconsciente en el seno de la Familia; 2) Y por lo tanto, qué es aquello, que no es Autoridad ni Poder ni Sumisión, que la Familia destruye y que pudiera alentar otras relaciones humanas y la formación de grupos de convivencia basados en el bienestar, la armonía, la confianza, la seguridad y el apoyo mutuo. 

En el seno de la familia aprendemos a obedecer amando (a la autoridad) y aprendemos cómo manda la autoridad que supuestamente nos ama.  Aprendemos también quiénes son los que están destinados a mandar y quiénes los y las que están destinad*s a obedecer.  En consecuencia, la Familia enseña lo que tenemos que reprimir y cómo lo debemos reprimir para ser queridos y aceptados.  Así aprendemos lo que está bien y lo que está mal.  es decir, la Familia nos modela conforme a la Ley del Padre.   Y la Ley echa sus raíces en nuestra propia estructura emocional y psíquica.

Nos introducen la idea (con conceptos e imágenes simbólicas) de lo que debemos ser y de lo que debemos sentir, precisamente para impedir que seamos, sintamos y hagamos otras cosas prohibidas y silenciadas; porque si sentimos lo que está prohibido y le demos nombre a lo indefinido, se puede correr la voz y se puede generalizar la insumisión.  La Familia es la institución, pues, en donde se produce en escalada una auténtica devastación de la condición humana: la escalada de la privación de los deseos, de la conciencia y de la voluntad de las criaturas.

En su obra El Anti-Edipo, Deleuze y Guattari afirman que el deseo es inmanente a la vida.  Los objetos, las máquinas y los robots no tienen deseos.  Se les puede manipular tranquilamente.  Pero los seres humanos somos máquinas deseantes, productoras de deseos.  Los cuerpos humanos somos el resultado de millones de años de evolución de la vida, somos un remanso de un continuum filogenético, y los deseos que producimos están directamente conectados con la conservación de la vida en general y de la humana en particular.  Nuestros deseos, que no cuentan para nada, que nos enseñan a creer que no conducen a nada bueno porque no sirven para ganar dinero, etc. etc. es la energía biosolidaria del mundo.  Los seres vivos en general y los humanos en particular vivimos en interacción, en interdependencia, y no podemos sobrevivir aisladamente (esquema 1).  Cuando un ser vivo no se mueve, cuando nada fluye por dentro y hacia fuera,  produciendo e intercambiando fluído, cuando cesa su interacción con el entorno, es que le ha sobrevenido la muerte.  El deseo en los seres humanos es lo que nos empuja a esa interacción de los seres vivos que Kropotkin llamó Apoyo Mutuo, la primera Ley de la vida.  El fluir y el confluir es pues cualidad de los seres vivos; y el deseo humano, lo que acompaña e impulsa nuestro fluir. Hay un verso de un poeta del siglo XVI que dice "Todo por vivir amando vive".  Dicen Deleuze y Guattari que el deseo, como condición inmanente de la vida humana, rompe cualquier idea dualista, escolástica o moderna, del ser humano escindido en alma y cuerpo, y nos restituye nuestra integridad.  Es como un haz unificador que nos recompone el cuerpo despiezado por la esquizofrenia del trabajo asalariado, repara la desconexión entre el propio deseo, los sentimientos y la conciencia; y aunque por imperativos exteriores no podamos guiar nuestra voluntad según nuestros deseos, el solo hecho de reconocerlos nos hace recuperar buena parte de nuestra energía vital y de nuestro potencial humano creativo.

La Familia no reconoce los deseos de las nuevas criaturas, ni los alienta, ni confluye con ellos, pues está compusta por seres humanos ya devastados, robotizados y organizados para cumplir la Ley patriarcal. La Familia bloquea el deseo y la expansión erótico-vital de cada criatura, destruye las relaciones de tú a tú, jerarquiza las relaciones entre los dos sexos y entre adult+s y niñ+s, y se articula en el conjunto de una sociedad adultocrática y falocrática.  Este tipo de relaciones son incompatibles con el modo de fluir y de confluir de los seres vivos que decíamos antes y precisamente por eso hay que someter a cada criatura a un proceso de represión y de contención de sus deseos para poderla socializar.  Una criatura que ha tenido un proceso defectuoso de socialización, que no ha tenido una buena familia con unos buenos anillos constrictores, se hace un marginado social. (En el esquema 3 podemos ver los anillos que constriñen la vida humana para poderla fijar y hacerla ocupar su puesto en el orden social jerárquizado -esquema 2- y entonces manipularla según los fines que se deciden en la cúspide de la pirámide.  Si nos quitásemos los anillos constrictores, la interacción humana fluiría según su condición). 

Lo mismo que primero hay que devastar la Tierra y sus ecosistemas naturales y su diversidad de especies, para poder hacer monocultivos extensivos que amplíen los patrimonios y los capitales (*);  lo mismo que se devasta la tierra para explotarla, también hay que someter a cada ser humano nada más nacer a una devastación primaria, mediante la represión de sus deseos; e impedir su socialización según el principio del placer para hacerle un ser sumiso, dócil y útil al orden social.  Porque si el deseo nos lleva a la búsqueda del bienestar y al apoyo mutuo, la carencia (y el miedo a carecer que se asocia a la misma carencia) nos lleva a la sumisión y al sentido de la propiedad. 

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(*) Fenómeno que se puede estudiar por ejemplo en el continente americano, cuya devastación es solo de hace 500 años y hay literatura que da cuenta de ello.

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Si el deseo nos lleva a fluir y a confluir con las criaturas humanas de nuestro entorno, la necesidad nos lleva a retener y a acumular; a competir por la propiedad, a conquistar, y, en general, al fratricidio y a la expansión de la propiedad y del Poder.  Porque si no lo hacemos, la dinámica de apropiación de tu vecino arrasaría con lo que ya tienes. Entonces, lo importante es cambiar desde el principio el tipo de relación propiamente humana por las relaciones de poder fratricidas.

Hoy el deseo humano biosolidario, apenas despunta; y si sale, se mezcla con el deseo de poseer y de competir. Y la desconfianza enseguida le destruye.

Debido al estado de carencia material y afectiva, la vida se convierte en una lucha y una competencia por la propiedad de cosas y personas.  Pues la carencia y la propiedad forman un dúo complementario (al igual que la sumisión/autoridad) que destruye el tejido social de apoyo mutuo.  Si yo carezco de lo necesario, cómo voy a dar a los demás?  Tengo que acumular propiedad y poseer seres queridos para no carecer ni física ni emocionalmente.

Siempre el Poder ha dicho que tenemos que obedecer porque somos seres carentes y necesitados y ellos nos dan de lo que carecemos y necesitamos: nuestros padres, la escuela, el Estado, el Capital etc.  Y esta es la primera gran mentira que nos cuentan.  Como dicen D. y G.,  la carencia no es nunca primera.  Lo primero en la vida es la abundancia. El orígen de nuestra sumisión no es lo que nos dan sino lo que nos quitan.  La conversión del deseo en carencia. (Ver esquema 4)

Por eso, el movimiento de volver al campo, a los pueblos abandonados tiene un sentido de escapar del mundo en el que se nos quita la vida, aunque aparentemente se nos den muchas cosas; de un mundo que crea un montón de necesidades que sumados a la carencia básica del principio, nos esclaviza más y más; sobre todo, porque nos alejan todavía más la posibilidad de una toma de contacto con nuestro potencial creativo y nuestros deseos.

Estamos tan acostumbrad*s a no tener en cuenta nuestros deseos vitales que ni los percibimos.  Sobrevivimos robotizados, deseando lo que la publicidad del Capital y del Estado nos mandan que deseemos.

2.- El matricidio

Crear la carencia en el principio de la vida de cada criatura humana significa dejarla sin madre.  Esto es lo que organiza la familia patriarcal.  Por eso el deseo materno ha sido objeto de todo tipo de calumnias, insultos y prohibiciones, directas e indirectas, hasta que finalmente se ha llegado a un grado tal de robotización y ritualización de la función materna que el deseo materno se ha hecho inexistente, ha quedado reducido al silencio, en el caos de lo indefinido.  Y si se le ha tratado así al deseo materno es porque sacia y alienta los deseos de las criaturas y podría impulsar la socialización según el principio del placer.  Por esta razón en los orígenes de esta sociedad, se produce lo que se ha llamado el matricidio originario (originario histórica y ontogénicamente): el Patriarcado esclaviza a las mujeres para anular sus deseos y hacerlas parir con el útero rígido;  La mujer esclavizada, que no vive según deseos, pare en estado de asepsia libidinal y se hace insensible y distante de sus criaturas; la interacción de la mujer con el bebé en lugar de ser una interpenetración armoniosa, movida por los anhelos libidinales, se convierte en una aséptica relación de sumisión de la criatura a la autoridad, regulada por las órdenes (que devienen costumbres) sociales. Las mujeres se hacen impermeables a los sufrimientos de su prole; las pueden reprimir y domesticar según las necesidades del Señor.

La Familia (y el Matrimonio poligámico o monogámico) descansa en un matricidio, tanto históricamente, en un momento determinado de la historia de la humanidad, como ontogénicamente, produciendo el abandono de cada ser humano.  Por eso, Victoria Sau dice que el Crimen de la Madre es el secreto de la Humanidad y que en el Patriarcado tod+s somos huérfanos de madre.  Lo cierto es que el Crimen de la Madre no es una elucubración.  Las mujeres lo tenemos somatizado en nuestros cuerpos, en nuestros órganos; lo sabemos porque no es irreversible y la sensibilidad uterina se puede recuperar practicando la concentración y la visualización; se puede recuperar el potencial sexual femenino; se puede parir con placer y también saciar los deseos de las criaturas.  Pero además hoy existen una superabundancia de pruebas arqueológicas de la existencia de un orden simbólico y de una cultura basada en el respeto a la vida y, por tanto, a la madre y a la sexualidad femenina.  Pruebas que se añaden a lo que la misma literatura patriarcal ha narrado en algunos momentos.  En el libro de Marija Gimbutas The language of goddesses se recogen las fotografías de 300 de las dos mil figuras de mujer anteriores al 3000 A.J. estudiadas por esta autora, y que son el vestigio de las sociedades matricéntricas del Neolítico en la Antigua Europa. Las figuras de mujer de las sociedades prepatriarcales eran la representación del bienestar y de la reproducción de la vida.  Algunas llevan serpientes.  La serpiente era la representación simbólica de la fertilidad y del deseo femenino-materno, de la voluptuosidad femenina jamás definida.   Los grupos humanos de la sociedad matricéntrica estaban adaptados a la expansión de la energía erótico-vital de los seres humanos, como explica la antropóloga Martha Moia. También Murray Boochkin  (Une sociéte à refaire Ed. ACL) dice que la palabra 'amargi' significa en Sumerio 'libertad' y 'retorno a la madre', y añade que posiblemente la libertad solo ha existido en la sociedad matricéntrica.   Lo cierto es que eran sociedades no jerarquizadas y pacíficas.  Los niveles de desarrollo cultural que alcanzaron lo podemos comprobar en las ruinas del palacio de Cnossos, en Creta, que por ser una isla, no sucumbió a la revolución patriarcal hasta el 1600 A.C.

El libro del Génesis, que los historiadores datan del 2500 A.C., y que narra  el significativo mito de Adán y Eva, dice que un día Yavé decidió darle una compañera a Adán (como dice Martha Moia y otros autores, la Pareja o Matrimonio es un invento muy reciente).  Pero luego, como Eva se dejó seducir por la serpiente y comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, fueron expulsados del Paraíso:  Condenó a Eva (y a todas las mujeres) a estar dominadas por el varón y a parir con dolor.  A los hombres a trabajar con el sudor de su frente.  Y envió a un Arcángel a matar a la serpiente para que, por acción simbólica, dejase de seducir a las demás mujeres.  La sexualidad femenina no ha sido definida ni tiene voz en las lenguas patriarcales.  Pero tuvo varias representaciones simbólicas en aquellas sociedades de la Antigua Europa pre-patriarcal: la más importante fué la serpiente, aunque también hay que citar la rana, el cáliz, la luna creciente y la media luna de las astas de los toros.   La serpiente, es decir, la sexualidad femenina específica fué y es el enemigo (el demonio) absoluto de la esclavitud de la mujer.  Dice la Biblia: "de los vestidos sale la polilla y de la mujer la maldad femenil" y también: "Ningún mal es comparable a la maldad de la mujer"-  Con la destrucción de la serpiente, es decir, de lo que simboliza la serpiente, la sociedad deja de basarse en el principio del placer y en el apoyo mutuo, para basarse en un principio de la realidad opuesto: la represión de las criaturas humanas.

2.500 años después, tuvo que venir la Virgen María (la madre pura y casta, robotizada y sin líbido) a aplastar de nuevo a la serpiente, pues la serpiente no se muere nunca del todo y se reproduce en cada cuerpo de mujer.  Era necesario confirmar ala mujer como esclava del Señor.  Desde entonces, una mujer seductora y seducible no puede ser una buena 'madre'.

Algunos historiadores nos han contado que cuando llegaron los europeos al continente americano en el siglo XVI se encontraron algunos poblamientos indígeneas que vivían en un estado pardisíaco.  El mismo Bartolomé de las Casas escribió que los indios Arawaks del Caribe, vivían en grandes tiendas comunales, no tenían religión, ni ley matrimonial alguna; que los emparejamientos se producían según las apetencias de unos y otras, y se dejaban, textualmente, "sin celos, enfados ni rencores"; que las posesiones eran comunes y vivían completamente desnudos. Desconocían la propiedad privada y eran tan desprendidos de sus posesiones que, dice las Casas, "si no lo hubiera visto con mis propios ojos no lo hubiera podido creer".  Eran pacíficos, desconocían las armas.  Eran hospitalarios, ofrecían cuanto tenían.  Las mujeres eran tan bien consideradas y tratadas que, palabras textuales de las Casas "dejaba atónitos a los españoles". También dice las Casas que parían sin dolor, y que eran ágiles y fuertes (nadaban mejor que los hombres).   En resumen no existía el concepto de la propiedad, ni de las cosas ni de las personas.  No había propiedad ni carencia.  Fluían.   De donde había salido esta gente? 

El enigma se desvela cuando nos enteramos que no todas las oleadas migratorias que poblaron el continente americano vinieron del Norte, del continente eurosasiático, atravesando el Estrecho de Behring; que también hubo poblamientos procedentes del Mediterráneo, precisamente de las mismas sociedades matricéntricas que se echaron a la mar huyendo de las invasiones del Norte de Europa y de Asia, y que destruyeron las sociedades matricéntricas del Neolítico de la llamada Antigua Europa.

La población indígena que habitaba en el Caribe cuando llegó Colón, vivía en apoyo mutuo y en armonía con el ecosistema.  Confiaban en su entorno, porque no había relaciones de devastación, y la prueba es que confiaron en Colón y les ofrecieron cuanto tenían.  Eran criaturas no pervertidas por la devastación, en estado de inocencia, como nosotr*s cuando venimos al mundo y confiamos todavía en nuestro entorno como reacción primaria.

60 años después de la llegada de Colón no quedaba ni un solo arawak en las islas porque al no poder ser domesticados, todos fueron exterminados.  Dice B. de las Casas:   ... y en corto tiempo esta tiera que había sido tan grande, tan afortunada y fértil, se despobló... Mis ojos han visto estos actos que son  tan extraños a la naturaleza humana, y ahora tiemblo mientras escribo...

No pudieron trasplantar e imponer de golpe la Familia y todos los mecanismos de sumisión inconsciente que llevaban 4000 años de rodaje en Asia y en Europa.

Entonces, para poder poner en marcha el nuevo regimen patrimonial del continente americano tuvieron que aniquilar las poblaciones indígenas e importar esclavos negros de Africa.  Para el Patriarcado lo primario siempre es la devastación.

Hay otra importante fuente de información, además de la Biblia, que nos dá una idea del 'rodaje' patriarcal por el que hemos pasado la Humanidad y lo que ha costado hacer funcionar una sociedad jerarquizada y fratricida, y sus mecanismos de devastación de la vida.  Está en el Museo del Louvre.  Es un falo de piedra de basalto de 2,25 m. de alto, encontrada en Mesopotamia, y data del 1800 y pico A.C.

En el glande hay grabada una escena del Dios Marduk indicándole al Rey Hammurabi las leyes para su pueblo.  Debajo está escrita la explicación del linaje de Hammurabi que había sido distinguido por los dioses. Es, como es sabido, la debida la legitimización divina del Rey y de su Ley. De las llamadas 'diosas', como representaciones simbólicas del bienestar, se pasan a los dioses como invento que justifica la Ley (Yavé que ofrece las tablas a Moisés, etc.).  El Código de Hammurabi son las primeras leyes escritas que conocemos.  Este código clasifica a las mujeres, que estaban dominadas ya por el varón, en esposas, suplentes o esclavas según si debían producir herederos, suplentes o esclavos.  La paternidad era adoptiva: el señor elegía a los herederos que habían de continuarle asi como los siervos que necesitaba, con lo cual incentivaba a la mujer a modelar a su hijo como buen guerrero o buen esclavo, a gusto del Señor etc-, para ellas convertirse en la esposa predilecta o en la esclava preferida.  El código de Hammurabi regula también las normas sobre la adopción y la obediencia de los niños y niñas a su padre.  El orígen adoptivo de la paternidad también puede estudiarse en la obra conjunta dirigida por Tellenbach sobre el orígen del padre (en el Antiguo Egipto,etc.). Cada ley de Hammurabi que regula la clasificación de las mujeres, la adopción y, por supuesto, la propiedad, está acompañada de sus correspondientes sanciones y castigos.  Al hijo rebelde se le pude cortar la mano, sacar un ojo o cortar la lengua.  Peor eran los judíos, pues la pena para el hijo rebelde era la muerte.  La pena de muerte para la mujer adúltera está en ambas sociedades.  Entonces la sumisión desde luego, no era muy inconsciente.  El Poder se sustentaba básicamente por el miedo a la muerte y al castigo físico.  El amo podía castigarte, y el Rey, que era el amo del amo; y también ese Poder invisible todopoderoso, fantasmagórico, inventado ya para inducir la sumisión voluntaria, que era el amo del amo del amo, o sea, Dios que te vigilaba siempre por si hacías algo prohibido; de manera que si no te veía el amo de carne y hueso, te veía Dios.  Es la sociedad reificada, de lo masculino.  No es casualidad que el código de Hammurabi esté grabado sobre un falo, y que este dato sea sistemáticamente ocultado en todos los libros de Historia, que reproducen solo un trozo de la piedra para que no se vea la figura entera.

Poco a poco vamos entendiendo el por qué de la represión sexual específica de las mujeres.  Por qué el sexo femenino fué declarado impuro, por qué la mujer después de parir quedaba impura.  Por qué la maldad emanaba del vientre de la mujer, y por qué se ha calumniado el útero diciendo que era un animal dentro del animal, el karma, etc. que volvía a las mujeres histéricas (histeria viene de 'hysteron' -útero-); y por qué la serpiente se dijo primero que era el símbolo del demonio (del mal) y luego de la Medicina, que se debe ocupar de hacer funcionar el cuerpo sin deseo de la mujer.  El sometimiento de la mujer no era solo para que obedeciera al hombre; ni siquiera para parir hijos de cualquier manera, sino de una manera determinada, es decir, con dolor, como dice la Biblia, y para que, anulada la mujer en sus deseos por la esclavitud, se impidiera el acoplamiento primario de los flujos humanos; se cortase y se destruyese la carga de energía libidinal con la que nace la vida humana, conjurando el peligro de una socialización en la saciedad de los deseos.  La madre anulada en lo social y reprimida en lo libidinal, no puede saciar ni proteger a su prole. Por eso el apoyo mutuo en los grupos humanos depende de su actitud ante la maternidad. Y el Patriarcado depende del papel represor, de la insensibilización de la madre robotizada y de su capacidad para transformar a las criaturas en guerreros y esclavos y futuras nuevas madres de guerreros y esclavos.  Volviendo al esquema 3, podemos decir que el primer anillo constrictor de la vida humana es el útero rígido. 

3.- El matricidio y los sistemas de identidad

Dice Martha Moia que en los grupos matricéntricos, la identidad no era individual sino grupal.  La identidad o la subjetividad o conciencia de sí, la daba el ser parte de un grupo, del entorno de apoyo mutuo en el que se vivía; es decir, en lugar de estar asociada al sentido de la propiedad, estaba asociada al apoyo mutuo.  En lugar de ser hijo o hija de tal Matrimonio o Pareja, definido triangularmente, el 'yo' era un 'yo' disuelto; disuelto primero en la madre y luego en el grupo.  No hacía falta titulares de patrimonios, ni herederos ni esposas, ni continuadores de las conquistas, que es el sentido de la identidad familiar.  Si no hay sometimiento al Poder, no hay necesidad de reprimir los deseos ni de encerrarlos en el triángulo edípico ni de jerarquizar los sujetos. En el grupo matricéntriaco, el funcionamiento de las máquinas deseantes, el despliegue de la energía y de la iniciativa humana, no sólo no es un obstáculo sino que es la garantía, del bienestar y del apoyo mutuo.  El deseo era garantía de un determinado orden.  En nuestra sociedad basada en la Familia, cuando sale algún deseo, está abocado a competir, romper alguna triangulación edípica, a alterar el orden patriarcal y a ser reprimido.

Veamos un poco más concretamente cómo se produce la destrucción del entorno armónico, es decir, el paso del deseo a la carencia del esquema, y cómo afecta a la constitución de la identidad.

Dice Konrad Stettbacher que ya en el útero materno se forma el 'yo' primario (que yo prefiero llamar el 'yo disuelto' en el entorno) que se constituye al calificar como 'bien' y como 'mal' las sensaciones y sentimientos que producen bienestar o molestia.  Es el 'yo' que sabe todavía lo que de verdad es bueno y es malo,  que se guía por el principio del placer, que sólo ansía dar y recibir amor y bienestar.  La criatura en el útero sólo espera que sus deseos sean saciados.  Su confianza en el entorno es absoluta porque no hay nada en ella que le haga esperar el abandono, la falta del entorno armónico;  es la confianza característica de todas las relaciones de apoyo mutuo.  Sin ese sentimiento de confianza, la vida humana no puede fluir, porque la desconfianza la paraliza.

La quiebra del entorno armonioso suele empezar, al menos de forma contundente, en el nacimiento con dolor, sin el deseo materno, con la sensación de asfixia, de ahogo, de proximidad de la muerte.  Esta quiebra no está prevista filogenéticamente. El parto con dolor no pertenece al continuum filogenético humano.  Es una construcción cultural. Tampoco está previsto al nacer que nos separen de la madre, ni que nos corten el cordón antes de que deje de latir.

Cuando después de nacer se empiezan a frustrar los deseos del bebé, se van produciendo estados carenciales momentáneos, hasta que queda establecido el estado de carencia permanente.  Junto a la sensación de hambre, de necesidad, de abandono y de soledad aparecen primero, la cólera y la rabia; y luego la desconfianza y el miedo que originariamente no había.  El miedo y la desconfianza son primero sólo mecanismos de autodefensa que se originan cuando se quiebra el equilibrio que mantiene el estado de bienestar.  Pero cuando esto se frustra de manera continuada, nos convertimos en seres agresivos y posesivos, porque el miedo y la desconfianza en lugar de mecanismos puntuales de autodefensa ante peligros y situaciones concretas, se convierten en mecanismos automatizados y compulsivos, dispuestos a dispararse en cualquier momento.

Para ocultar la devastación producida se dice que tenemos un instinto tanático innato, que a su vez servirá de justificación de la represión que se aplicará ulteriormente bajo el eufemismo de 'educación'.  Como los mecanismos automatizados son inherentes al estado de carencia permanente, parece que son innatos...

A cambio de nuestro consentimiento a ser humillados, de la debida obediencia y de complacer sus órdenes, la Autoridad adulta nos da lo imprescindible para sobrevivir en estado de carencia.  Entonces, al miedo y a la desconfianza se le suma la sumisión.   Por eso el mandato divino de obedecer a los padres está en todas las religiones (Alice Miller).  Así es como se engendran las pulsiones autodestructivas (miedo, sumisión, desconfianza) y destructivas hacia otros.

Filogenéticamente sabemos que el entorno nos mantiene en estado de bienestar, y por eso la confianza en el apoyo mutuo del entorno es inherente a nuestras vidas.  Este sentido o sentimiento innato asi como el impulso del deseo que nos lleva a relacionarnos para dar y recibir bienestar, se quedan bloqueados al caer en un estado permanente de carencia.   Al principio no sabíamos lo que era necesidad, porque nunca la habíamos sentido, como no sentimos necesidad del aire que respiramos hasta que nos privan de ello, hasta que somos desposeídos del entorno que nos es propio.  Al principio no sabíamos lo que era la soledad y el abandono, ni el hambre ni la sed.   Pero, poco a poco los sentimientos y mecanismos autodestructivos se instalan de manera constante y nos socializamos con esos sentimientos y mecanismos, y en estado de carencia permanente.

Esta quiebra de la armonía de la vida humana ha sido descubierta por la práctica psicoanalítica de casi 50 años de Michael Balint;  esa práctica le ha llevado a reconocer la existencia de una gran falla o herida en la estructura psíquica de los seres humanos.  La ha llamado la Falta Básica.  Michael Balint ha dado la vuelta a los planteamientos freudianos autojustificativos del orden patriarcal, afirmando que la catexia y la interpenetración libidinal del bebé con la madre es la mayor de toda la vida humana, y que no existe un narcisismo primario, como dijo Freud, sino que lo primario es el amor a dos; que precisamente su ruptura es lo que produce la Falta Básica.

Esto viene a corroborar lo que decimos sobre cómo se devasta la vida humana para organizar el estado de sumisión y bloquear las relaciones de apoyo de mutuo.   Nosotras añadimos que la fabricación en serie de pezones plásticos, los chupetes y los biberones, son la prueba física exterior de esa Falta.

Uno de los mecanismos de autodefensa de los que disponemos para lograr sobrevivir es llorar, algo que está previsto como medida de excepción para avisar de algún percance o problema que inesperadamente puede surgir.  Puesto que en nuestra sociedad lo normal es que l*s niñ*s lloren, también esto nos tendría que hacer sospechar que no es normal lo que se hace en la sociedad patriarcal con l*s niñ*s.  Es decir, que lo que es la norma de nuestra sociedad, no es lo normal de la vida humana.  Aunque las mujeres y los hombres adultos hemos de creer en esa normalidad de que l*s niñ*s lloren para insensibilizarnos específicamente a la llamada de su llanto.  Por eso ya en la Biblia se indica que no hay que mimar a los niños porque estos se hacen entonces rebeldes, y nos dicen que es bueno dejarles llorar.  Dice Michel Odent que cuando se deja llorar a un niño en la cuna este hace su primera experiencia de sumisión.  Cada vez hay más pruebas de lo que significa la separación del bebé del cuerpo materno.  Por ejemplo, se ha demostrado que las sinapsis de las neuronas están condicionadas por el bienestar emocional y el grado de contacto piel a piel de los bebés.  No podemos hacer aquí un repaso de todas las tácticas, costumbres, ritos etc. que se han ido elaborando para organizar el parto violento y la separación madre-criaturas, como se sugiere en el esquema 4.  Pero tener conciencia de ello es clave para saber cómo irrumpe en la vida aquello que convierte el deseo en la carencia que constituye nuestra estructura psíquica y nuestro estado de sumisión inconsciente. 

Nuestros deseos reprimidos no desaparecen sino que se subliman porque no podemos soportar el dolor del abandono.  Para sobrevivir, idealizamos a nuestros padres, es decir, creamos una imagen idealizada de la madre patriarcal y del Padre que cubren nuestras necesidades después de haber creado la devastación. Como el dolor de la herida es insoportable, optamos por no recordarlo, no saberlo.  Se produce el 'black out', para anestesiarnos (Alice Miller), y así no saber nada de la represión primera y nos quedamos con lo que nos cuentan.  Es decir, que nuestros padres nos quieren, nos reprimen por nuestro propio bien, y que nuestros deseos son malos además de inútiles (cuando en realidad son la energía biosolidaria que sustenta la vida humana).  No nos acordaremos nunca que fuimos criaturas deseantes, exuberantes de deseos, y que fuimos malheridas y maltratadas. Sin nadie que consintiera (sintiera con) nuestros deseos (sin madre y sin grupo matricéntrico que los alentara).  Nos creemos que la madre patriarcal es una madre verdadera, y que el ser devastado que somos es lo normal; así se forma una conciencia que considera bueno lo que es malo y viceversa. Tenemos solo conocimiento y conciencia del 'yo' carente, del 'yo' edípico.  Aunque en el inconsciente vive el recuerdo del otro 'yo'  primario, disuelto en la madre.

¿Qué es lo que entonces nos figuramos que es el bien y que es mal según nuestra conciencia?  Que obedecer es bueno; que reprimirse es bueno. Lo que deseamos no sirve puesto que no es reconocido por quien creemos que nos ama.  Las relaciones con los padres no son relaciones de tú a tú entre amantes.  No son relaciones horizontales de apoyo mutuo.  Son relaciones verticales de sumisión y autoridad.  Esto es lo que aprendemos y lo que vemos en nuestros padres.   Los padres están inconscientemente asociados a nuestra sumisión, aunque para sobrevivir, creemos que solo nos dan amor. Es una idealización necesaria para la supervivencia.(*)

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(*)  C. Rochefort en su libro Los niños primero explica el chantaje emocional de los padres que produce la extraña simbiosis de amor, posesión y obediencia.   El amor pervertido se transforma en sumisión y en afán de poseer. Los niños y niñas dicen con frecuencia "esto es mío", "es mi papá", "es mi casa", queriendo decirse a sí mismo que tiene cosas para calmar la herida, como el Ciudadano Kane, que se pasó la vida coleccionando obras de arte para satisfacer su ansiedad.  Solo en el momento de la muerte, pronuncia la palabra clave 'Rosebud', es decir, le sale el verdadero deseo frustrado, la falta básica.

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Para calmar la herida, en la infancia se produce también una proyección de la sublimación del abandono, en el ideal del matrimonio (o de la 'pareja'). Y hacia ese ideal proyectamos toda nuestra ansiedad.Por eso cuando de mayores nos enamoramos nos sale el deseo reprimido de interpenetración total, que es un deseo materno, de la criatura en formación, para realizar la gran carga energética inicial, y que por ello requiere el estado de constante fusión total.  Por eso, nos quieren representar como Amor Absoluto la 'pareja', la famosa 'media naranja'; pero a pesar de los esfuerzos conjuntos de Holywood y del Vaticano, eso no cura la herida primaria.  Solo la oculta un poco más, y sobre todo, sirve para seguir reproduciendo el principio de Autoridad.

Pero además, esa idealización de la Pareja es una adaptación a los arquetipos masculinos y femeninos de dependencia y poder.  Para la mujer el amor es dependencia; para el hombre, es poder, y por eso necesita ser necesitado, necesita una mujer a quien dominar.  Por eso a las mujeres no nos gustan que los hombres sean débiles, y a los hombres no les suele gustar las mujeres independientes y con 'personalidad propia'.  Vinculamos el anhelo libidinal, distorsionado de su producción original, a las relaciones de poder y sumisión que vemos en nuestros padres y en nuestro entorno; unas relaciones de poder que se fraguan en nuestro interior como ideal paradigmático asociado con el fin de la carencia.

Por eso existe un cuestionamiento de los roles masculinos y femeninos y de la división de tareas que no cuestiona los géneros y los sistemas de identidad masculinos y femeninos, sino que los reproducen bajo otras formas.  Las mujeres salen y los hombres entran en la cocina sin cambiar de hecho su identidad patriarcal.  Hay un trabajo pendiente de recuperación de la sexualidad y de la identidad femenina, que se está haciendo desde algunos sectores del feminismo.  Este trabajo teórico y práctico es imprescindible para re-situar las relaciones entre los dos sexos de forma armónica y para que no se transformen automáticamente en relaciones de dominación y en  destrucción de la maternidad.

Las cadenas de la esclavitud moderna son invisibles.  Hay un orden simbólico que emite constantemente las pautas de comportamiento, y que habla directamente a nuestro inconsciente, sin que nuestra conciencia se entere.  Y que activa los mecanismos automatizados de la Falta Básica.  Y los que se dedican a alimentar y a actualizar el orden simbólico patriarcal saben perfectamente que este orden simbólico actúa de forma diferente sobre la carencia básica y común a las mujeres y a los hombres, y produce procesos de sublimación diferentes según el sexo.  Las raíces de los arquetipos masculino y femenino están en la elaboración que cada sujeto, hombre o mujer, hace de la Falta Básica, elaboración que dará lugar al género patriarcal masculino y femenino.

Restaurar relaciones armónicas entre los dos sexos y entre adult*s y niñ*s requiere abolir la familia y el padre. Y para eso es imprescindible conceptualizar el grupo de apoyo y el papel del hombre en otros términos, con un contenido nuevo basado en la energía biosolidaria humana y no en la Ley patriarcal. Tenemos que saber que los conceptos (Familia, Padre) tienen una fuerza simbólica que actúa sobre nuestras carencias y sobre nuestro inconsciente.

Sabemos que cada criatura que nace, nace cargada de líbido, de energía cósmica, biosolidaria, preparada para el apoyo mutuo.  El mundo, para descargarla, ha matado a la madre.  Hay, pues, que empezar a rebobinar, es decir:  llorar la herida (para romper el conjuro de las sublimaciones falaces), recuperar la madre (para reconocernos como criaturas inocentes y exuberantes de vida y de deseos, y para reconocernos como hermanos y hermanas), restaurar la conciencia (para saber lo que de verdad es bueno y es malo); y formar clanes para saciar los deseos y apoyarnos mutuamente.

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by Lois IN