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COLECTIVIDAD Y FAMILIA
Casilda Rodrigáñez
Bustos
1. La Familia y la
devastación de la vida
Familia viene de 'famulus'
que quiere decir esclavo. La palabra 'familia' la hemos tomado,
pues, del latín; es decir, de los romanos. El 'Pater Familia' romano
tenía poder de vida y de muerte sobre su servidumbre, su mujer y
sus hijos e hijas. A su vez, los romanos, heredaron esta forma
de grupo humano de los griegos, y así nos podríamos irnos remontando
a los orígenes de la familia y del patriarcado, en las diferentes
culturas euroasiáticas, hasta hace unos 4500/5000 años. Básicamente
la familia ha sido (y es) una estructura grupal jerarquizada en
torno a un varón, que detenta el Poder, y que ha recibido el
nombre del Padre. En el nombre del Padre se han infligido todos
los sufrimientos a la Humanidad. La familia basada en el matrimonio
monogámico y la idealización de la pareja como base de la expansión
erótica, solo tiene unos 150 años. Si Familia quiere decir Esclavitud,
Padre quiere decir Poder. Pero decir esto no sirve, se queda en
una afirmación superficial, si no entendemos las relaciones de apoyo
mutuo, basadas en la energía biosolidaria humana, que la Familia
destruye.
Hablar de Familia
es hablar de la institución del Matrimonio (o de la Pareja) y de
la Patria Potestad que son las figuras jurídicas de las relaciones
de poder y obediencia básicas de la sociedad moderna, figuras jurídicas
que están debidamente acompañadas de unas representaciones simbólicas,
de unas formas rituales y unas determinaciones económicas. La
familia también está asociada a un patrimonio o conjunto de propiedades
que detenta y que la sustenta. Tenía (y tiene) por objetivos la
conquista, conservación y expansión del patrimonio, asi como la
reproducción de sus titulares.
La propiedad privada
es, como sabéis y como ya dijo Proudhon, un robo; pero también es
siempre un patrimonio de alguien, de una familia, pues toda
propiedad lleva implícito un titular de carne y hueso. Y además,
desde hace unos decenios, la propiedad toma la forma anónima de
Capital. La propiedad tiene pues estas tres características: robo,
sujeto poseedor, subjetividad posesiva, e invisibilidad. Por eso
las guerras parecen que las hacen solo los ejércitos en nombre de
conceptos abstractos como la libertad y la lucha contra el comunismo,
que no tienen nada que ver con la vida civil interna, con los ejecutivos
del Capital y con los titulares de los patrimonios.
Ya no se amplían los
patrimonios ampliando directamente sus fronteras territoriales con
guerras de conquista y esclavizando a su población: ahora sólo se
amplía el mercado y se revaloriza el Capital. Pero el neocolonialismo
y el neoliberalismo económico hacen las guerras y esclavizan igualmente
a la población, con otros métodos, y es esencialmente el mismo fenómeno
de la economía de la sociedad patriarcal. Las guerras siguen siendo
necesarias, la devastación de la tierra y de los seres humanos también.
En teoría ya no se matan a los hijos rebeldes ni se lapida a las
mujeres adúlteras ni se las quema en la hoguera cuando mueren los
maridos, pero en la práctica se sigue haciendo. Aunque la teoría
de su discurso haya sufrido algunos cambios, el orden patriarcal
sigue exigiendo violencia para mantenerse.
Por eso la Familia
y el Padre siguen reproduciendo una masculinidad que se mide por
sus conquistas, éxitos, grado de poder en lo social y en lo doméstico.
La vanidad masculina es una cualidad de la identidad del varón patriarcal.
Se sigue produciendo guerreros de cuerpos acorazados, seres insensibles
al sufrimiento, tal y como ya se preconizó en la Antigüedad y como
se recoge en la Biblia y en algunos textos griegos que tratan sobre
el endurecimiento de las criaturas humanas.
En 1989 el I Congreso
de la Infancia Maltratada en Barcelona daba solo para el Estado
Español 4000 niñ*s muertos a manos de sus padres (11 diarios);
la semana pasada ha salido en la prensa que el 57% de los niñ*s
menores de 12 años que mueren en EEUU les han matado sus padres.
Los hombres siguen torturando, violando y maltratando física y pisiquicamente
a las mujers con cifras y hechos que nos hielan la sangre cuando
salen a relucir, en el mundo entero. El 1993 se legalizó en Egipto
la clitoridectomía, después de reconocer que en todos los países
árabes y, en general, en Africa, la extirpación del clítoris y la
infibulación (coser los labios vulvares) son una práctica generalizada:
en Egipto, en zonas rurales se realiza al 97 % de las niñas y en
las ciudades al 74 %. En los hospitales egipcios en 1993 se realizaban
3600 clitoridectomías diarias. Estos son los datos de Egipto, uno
de los paises del Norte de Africa con más penetración occidental.
En el mundo viven 110 mujeres clitoridectomizadas según datos de
la OMS. Pero no creamos que las mujeres estamos mucho más protegidas
por el concepto cristiano de la familia que las musulmanas. Recientemente
la prensa dió un dato estremecedor: la media que tardan las mujeres
españolas en denunciar los malos tratos de sus maridos es de 7 años.
Esta tardanza prueba la tremenda dependencia emocional y material
y la sumisión de la mujer occidental al varón, el miedo a la soledad
y al desamparo de sus criaturas por la falta de un tejido social
de apoyo mutuo; la simbiosis que existe entre amor y poder. Y nos
da la medida de la cantidad de mujeres que nunca realizarán la denuncia,
y sufren los malos tratos hasta la muerte.
Lo que sucede ahora
es que, por un lado, se ha incorporado de forma generalizada unos
mecanismos de adaptación y de sumisión inconsciente y voluntaria,
una sumisión que se manifiesta asociada al Amor. Y por otro lado,
se ha hecho invisible la brutalidad de tal forma que la que inevitablemente
se hace visible, se nos presenta como casos aislados, que se salen
de lo normal. Lo cierto es que, efectivamente, ahora, como ya dijo
hace 500 años E. de La Boetie, la servidumbre es voluntaria y hay
una componente sistemática de sumisión inconsciente, aunque
la brutalidad deba continuar porque la energía vital de los seres
humanos nunca se podrá contener del todo, ni con la violencia, ni
con la manipulación de los inconscientes por el orden simbólico.
El tema da para horas
y como no las tenemos voy a centrarme en dos aspectos: 1) Cómo
interiorizamos el principio de Autoridad y se genera la sumisión
inconsciente en el seno de la Familia; 2) Y por lo tanto, qué es
aquello, que no es Autoridad ni Poder ni Sumisión, que la Familia
destruye y que pudiera alentar otras relaciones humanas y la formación
de grupos de convivencia basados en el bienestar, la armonía, la
confianza, la seguridad y el apoyo mutuo.
En el seno de la familia
aprendemos a obedecer amando (a la autoridad) y aprendemos cómo
manda la autoridad que supuestamente nos ama. Aprendemos también
quiénes son los que están destinados a mandar y quiénes los y las
que están destinad*s a obedecer. En consecuencia, la Familia enseña
lo que tenemos que reprimir y cómo lo debemos reprimir para ser
queridos y aceptados. Así aprendemos lo que está bien y lo que
está mal. es decir, la Familia nos modela conforme a la Ley del
Padre. Y la Ley echa sus raíces en nuestra propia estructura emocional
y psíquica.
Nos introducen la
idea (con conceptos e imágenes simbólicas) de lo que debemos ser
y de lo que debemos sentir, precisamente para impedir que seamos,
sintamos y hagamos otras cosas prohibidas y silenciadas; porque
si sentimos lo que está prohibido y le demos nombre a lo indefinido,
se puede correr la voz y se puede generalizar la insumisión. La
Familia es la institución, pues, en donde se produce en escalada
una auténtica devastación de la condición humana: la escalada de
la privación de los deseos, de la conciencia y de la voluntad de
las criaturas.
En su obra El Anti-Edipo,
Deleuze y Guattari afirman que el deseo es inmanente a la vida.
Los objetos, las máquinas y los robots no tienen deseos. Se les
puede manipular tranquilamente. Pero los seres humanos somos máquinas
deseantes, productoras de deseos. Los cuerpos humanos somos el
resultado de millones de años de evolución de la vida, somos un
remanso de un continuum filogenético, y los deseos que producimos
están directamente conectados con la conservación de la vida en
general y de la humana en particular. Nuestros deseos, que
no cuentan para nada, que nos enseñan a creer que no conducen a
nada bueno porque no sirven para ganar dinero, etc. etc. es la energía
biosolidaria del mundo. Los seres vivos en general y los humanos
en particular vivimos en interacción, en interdependencia, y no
podemos sobrevivir aisladamente (esquema 1). Cuando un ser vivo
no se mueve, cuando nada fluye por dentro y hacia fuera, produciendo
e intercambiando fluído, cuando cesa su interacción con el entorno,
es que le ha sobrevenido la muerte. El deseo en los seres humanos
es lo que nos empuja a esa interacción de los seres vivos que Kropotkin
llamó Apoyo Mutuo, la primera Ley de la vida. El fluir y el confluir
es pues cualidad de los seres vivos; y el deseo humano, lo que acompaña
e impulsa nuestro fluir. Hay un verso de un poeta del siglo XVI
que dice "Todo por vivir amando vive". Dicen Deleuze
y Guattari que el deseo, como condición inmanente de la vida humana,
rompe cualquier idea dualista, escolástica o moderna, del ser humano
escindido en alma y cuerpo, y nos restituye nuestra integridad.
Es como un haz unificador que nos recompone el cuerpo despiezado
por la esquizofrenia del trabajo asalariado, repara la desconexión
entre el propio deseo, los sentimientos y la conciencia; y aunque
por imperativos exteriores no podamos guiar nuestra voluntad según
nuestros deseos, el solo hecho de reconocerlos nos hace recuperar
buena parte de nuestra energía vital y de nuestro potencial humano
creativo.
La Familia no reconoce
los deseos de las nuevas criaturas, ni los alienta, ni confluye
con ellos, pues está compusta por seres humanos ya devastados, robotizados
y organizados para cumplir la Ley patriarcal. La Familia bloquea
el deseo y la expansión erótico-vital de cada criatura, destruye
las relaciones de tú a tú, jerarquiza las relaciones entre los dos
sexos y entre adult+s y niñ+s, y se articula en el conjunto de una
sociedad adultocrática y falocrática. Este tipo de relaciones son
incompatibles con el modo de fluir y de confluir de los seres vivos
que decíamos antes y precisamente por eso hay que someter a cada
criatura a un proceso de represión y de contención de sus deseos
para poderla socializar. Una criatura que ha tenido un proceso
defectuoso de socialización, que no ha tenido una buena familia
con unos buenos anillos constrictores, se hace un marginado social.
(En el esquema 3 podemos ver los anillos que constriñen la vida
humana para poderla fijar y hacerla ocupar su puesto en el orden
social jerárquizado -esquema 2- y entonces manipularla según los
fines que se deciden en la cúspide de la pirámide. Si nos quitásemos
los anillos constrictores, la interacción humana fluiría según su
condición).
Lo mismo que primero
hay que devastar la Tierra y sus ecosistemas naturales y su diversidad
de especies, para poder hacer monocultivos extensivos que amplíen
los patrimonios y los capitales (*); lo mismo que se devasta la
tierra para explotarla, también hay que someter a cada ser humano
nada más nacer a una devastación primaria, mediante la represión
de sus deseos; e impedir su socialización según el principio del
placer para hacerle un ser sumiso, dócil y útil al orden social.
Porque si el deseo nos lleva a la búsqueda del bienestar y al apoyo
mutuo, la carencia (y el miedo a carecer que se asocia a
la misma carencia) nos lleva a la sumisión y al sentido de la propiedad.
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(*) Fenómeno que se
puede estudiar por ejemplo en el continente americano, cuya devastación
es solo de hace 500 años y hay literatura que da cuenta de ello.
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Si el deseo nos lleva
a fluir y a confluir con las criaturas humanas de nuestro entorno,
la necesidad nos lleva a retener y a acumular; a competir por la
propiedad, a conquistar, y, en general, al fratricidio y a la expansión
de la propiedad y del Poder. Porque si no lo hacemos, la dinámica
de apropiación de tu vecino arrasaría con lo que ya tienes. Entonces,
lo importante es cambiar desde el principio el tipo de relación
propiamente humana por las relaciones de poder fratricidas.
Hoy el deseo humano
biosolidario, apenas despunta; y si sale, se mezcla con el deseo
de poseer y de competir. Y la desconfianza enseguida le destruye.
Debido al estado de
carencia material y afectiva, la vida se convierte en una lucha
y una competencia por la propiedad de cosas y personas. Pues la
carencia y la propiedad forman un dúo complementario (al igual que
la sumisión/autoridad) que destruye el tejido social de apoyo mutuo.
Si yo carezco de lo necesario, cómo voy a dar a los
demás? Tengo que acumular propiedad y poseer seres queridos para
no carecer ni física ni emocionalmente.
Siempre el Poder ha
dicho que tenemos que obedecer porque somos seres carentes y necesitados
y ellos nos dan de lo que carecemos y necesitamos: nuestros padres,
la escuela, el Estado, el Capital etc. Y esta es la primera gran
mentira que nos cuentan. Como dicen D. y G., la carencia no es
nunca primera. Lo primero en la vida es la abundancia. El orígen
de nuestra sumisión no es lo que nos dan sino lo que nos quitan.
La conversión del deseo en carencia. (Ver esquema 4)
Por eso, el movimiento
de volver al campo, a los pueblos abandonados tiene un sentido de
escapar del mundo en el que se nos quita la vida, aunque
aparentemente se nos den muchas cosas; de un mundo que crea un montón
de necesidades que sumados a la carencia básica del principio, nos
esclaviza más y más; sobre todo, porque nos alejan todavía más la
posibilidad de una toma de contacto con nuestro potencial creativo
y nuestros deseos.
Estamos tan acostumbrad*s
a no tener en cuenta nuestros deseos vitales que ni los percibimos.
Sobrevivimos robotizados, deseando lo que la publicidad del Capital
y del Estado nos mandan que deseemos.
2.- El matricidio
Crear la carencia
en el principio de la vida de cada criatura humana significa dejarla
sin madre. Esto es lo que organiza la familia patriarcal. Por
eso el deseo materno ha sido objeto de todo tipo de calumnias, insultos
y prohibiciones, directas e indirectas, hasta que finalmente se
ha llegado a un grado tal de robotización y ritualización de la
función materna que el deseo materno se ha hecho inexistente, ha
quedado reducido al silencio, en el caos de lo indefinido. Y si
se le ha tratado así al deseo materno es porque sacia y alienta
los deseos de las criaturas y podría impulsar la socialización según
el principio del placer. Por esta razón en los orígenes de esta
sociedad, se produce lo que se ha llamado el matricidio originario
(originario histórica y ontogénicamente): el Patriarcado esclaviza
a las mujeres para anular sus deseos y hacerlas parir con el útero
rígido; La mujer esclavizada, que no vive según deseos,
pare en estado de asepsia libidinal y se hace insensible y distante
de sus criaturas; la interacción de la mujer con el bebé en lugar
de ser una interpenetración armoniosa, movida por los anhelos libidinales,
se convierte en una aséptica relación de sumisión de la criatura
a la autoridad, regulada por las órdenes (que devienen costumbres)
sociales. Las mujeres se hacen impermeables a los sufrimientos de
su prole; las pueden reprimir y domesticar según las necesidades
del Señor.
La Familia (y el Matrimonio
poligámico o monogámico) descansa en un matricidio, tanto históricamente,
en un momento determinado de la historia de la humanidad, como ontogénicamente,
produciendo el abandono de cada ser humano. Por eso, Victoria Sau
dice que el Crimen de la Madre es el secreto de la Humanidad y que
en el Patriarcado tod+s somos huérfanos de madre. Lo cierto es
que el Crimen de la Madre no es una elucubración. Las mujeres lo
tenemos somatizado en nuestros cuerpos, en nuestros órganos; lo
sabemos porque no es irreversible y la sensibilidad uterina se puede
recuperar practicando la concentración y la visualización; se puede
recuperar el potencial sexual femenino; se puede parir con placer
y también saciar los deseos de las criaturas. Pero además hoy existen
una superabundancia de pruebas arqueológicas de la existencia de
un orden simbólico y de una cultura basada en el respeto a la vida
y, por tanto, a la madre y a la sexualidad femenina. Pruebas que
se añaden a lo que la misma literatura patriarcal ha narrado en
algunos momentos. En el libro de Marija Gimbutas The language
of goddesses se recogen las fotografías de 300 de las dos mil
figuras de mujer anteriores al 3000 A.J. estudiadas por esta autora,
y que son el vestigio de las sociedades matricéntricas del Neolítico
en la Antigua Europa. Las figuras de mujer de las sociedades prepatriarcales
eran la representación del bienestar y de la reproducción de la
vida. Algunas llevan serpientes. La serpiente era la representación
simbólica de la fertilidad y del deseo femenino-materno, de la voluptuosidad
femenina jamás definida. Los grupos humanos de la sociedad
matricéntrica estaban adaptados a la expansión de la energía erótico-vital
de los seres humanos, como explica la antropóloga Martha Moia. También
Murray Boochkin (Une sociéte à refaire Ed. ACL) dice que
la palabra 'amargi' significa en Sumerio 'libertad' y 'retorno a
la madre', y añade que posiblemente la libertad solo ha existido
en la sociedad matricéntrica. Lo cierto es que eran sociedades
no jerarquizadas y pacíficas. Los niveles de desarrollo cultural
que alcanzaron lo podemos comprobar en las ruinas del palacio de
Cnossos, en Creta, que por ser una isla, no sucumbió a la revolución
patriarcal hasta el 1600 A.C.
El libro del Génesis,
que los historiadores datan del 2500 A.C., y que narra el significativo
mito de Adán y Eva, dice que un día Yavé decidió darle una compañera
a Adán (como dice Martha Moia y otros autores, la Pareja o Matrimonio
es un invento muy reciente). Pero luego, como Eva se dejó seducir
por la serpiente y comer del árbol de la ciencia del bien y del
mal, fueron expulsados del Paraíso: Condenó a Eva (y a todas las
mujeres) a estar dominadas por el varón y a parir con dolor. A
los hombres a trabajar con el sudor de su frente. Y envió a un
Arcángel a matar a la serpiente para que, por acción simbólica,
dejase de seducir a las demás mujeres. La sexualidad femenina
no ha sido definida ni tiene voz en las lenguas patriarcales. Pero
tuvo varias representaciones simbólicas en aquellas sociedades de
la Antigua Europa pre-patriarcal: la más importante fué la serpiente,
aunque también hay que citar la rana, el cáliz, la luna creciente
y la media luna de las astas de los toros. La serpiente, es decir,
la sexualidad femenina específica fué y es el enemigo (el demonio)
absoluto de la esclavitud de la mujer. Dice la Biblia: "de
los vestidos sale la polilla y de la mujer la maldad femenil"
y también: "Ningún mal es comparable a la maldad de la mujer"-
Con la destrucción de la serpiente, es decir, de lo que simboliza
la serpiente, la sociedad deja de basarse en el principio del placer
y en el apoyo mutuo, para basarse en un principio de la realidad
opuesto: la represión de las criaturas humanas.
2.500 años después,
tuvo que venir la Virgen María (la madre pura y casta, robotizada
y sin líbido) a aplastar de nuevo a la serpiente, pues la serpiente
no se muere nunca del todo y se reproduce en cada cuerpo de mujer.
Era necesario confirmar ala mujer como esclava del Señor. Desde
entonces, una mujer seductora y seducible no puede ser una buena
'madre'.
Algunos historiadores
nos han contado que cuando llegaron los europeos al continente americano
en el siglo XVI se encontraron algunos poblamientos indígeneas que
vivían en un estado pardisíaco. El mismo Bartolomé de las Casas
escribió que los indios Arawaks del Caribe, vivían en grandes tiendas
comunales, no tenían religión, ni ley matrimonial alguna; que los
emparejamientos se producían según las apetencias de unos y otras,
y se dejaban, textualmente, "sin celos, enfados ni rencores";
que las posesiones eran comunes y vivían completamente desnudos.
Desconocían la propiedad privada y eran tan desprendidos de sus
posesiones que, dice las Casas, "si no lo hubiera visto con
mis propios ojos no lo hubiera podido creer". Eran pacíficos,
desconocían las armas. Eran hospitalarios, ofrecían cuanto tenían.
Las mujeres eran tan bien consideradas y tratadas que, palabras
textuales de las Casas "dejaba atónitos a los españoles".
También dice las Casas que parían sin dolor, y que eran ágiles y
fuertes (nadaban mejor que los hombres). En resumen no existía
el concepto de la propiedad, ni de las cosas ni de las personas.
No había propiedad ni carencia. Fluían. De donde había salido
esta gente?
El
enigma se desvela cuando nos enteramos que no todas las oleadas
migratorias que poblaron el continente americano vinieron del Norte,
del continente eurosasiático, atravesando el Estrecho de Behring;
que también hubo poblamientos procedentes del Mediterráneo, precisamente
de las mismas sociedades matricéntricas que se echaron a la mar
huyendo de las invasiones del Norte de Europa y de Asia, y que destruyeron
las sociedades matricéntricas del Neolítico de la llamada Antigua
Europa.
La población indígena
que habitaba en el Caribe cuando llegó Colón, vivía en apoyo mutuo
y en armonía con el ecosistema. Confiaban en su entorno, porque
no había relaciones de devastación, y la prueba es que confiaron
en Colón y les ofrecieron cuanto tenían. Eran criaturas no pervertidas
por la devastación, en estado de inocencia, como nosotr*s cuando
venimos al mundo y confiamos todavía en nuestro entorno como reacción
primaria.
60 años después de
la llegada de Colón no quedaba ni un solo arawak en las islas porque
al no poder ser domesticados, todos fueron exterminados. Dice B.
de las Casas: ... y en corto tiempo esta tiera que había sido
tan grande, tan afortunada y fértil, se despobló... Mis ojos han
visto estos actos que son tan extraños a la naturaleza humana,
y ahora tiemblo mientras escribo...
No pudieron trasplantar
e imponer de golpe la Familia y todos los mecanismos de sumisión
inconsciente que llevaban 4000 años de rodaje en Asia y en Europa.
Entonces, para poder
poner en marcha el nuevo regimen patrimonial del continente americano
tuvieron que aniquilar las poblaciones indígenas e importar esclavos
negros de Africa. Para el Patriarcado lo primario siempre es la
devastación.
Hay otra importante
fuente de información, además de la Biblia, que nos dá una idea
del 'rodaje' patriarcal por el que hemos pasado la Humanidad y lo
que ha costado hacer funcionar una sociedad jerarquizada y fratricida,
y sus mecanismos de devastación de la vida. Está en el Museo del
Louvre. Es un falo de piedra de basalto de 2,25 m. de alto, encontrada
en Mesopotamia, y data del 1800 y pico A.C.
En el glande hay grabada
una escena del Dios Marduk indicándole al Rey Hammurabi las leyes
para su pueblo. Debajo está escrita la explicación del linaje de
Hammurabi que había sido distinguido por los dioses. Es, como es
sabido, la debida la legitimización divina del Rey y de su Ley.
De las llamadas 'diosas', como representaciones simbólicas del bienestar,
se pasan a los dioses como invento que justifica la Ley (Yavé que
ofrece las tablas a Moisés, etc.). El Código de Hammurabi son las
primeras leyes escritas que conocemos. Este código clasifica a
las mujeres, que estaban dominadas ya por el varón, en esposas,
suplentes o esclavas según si debían producir herederos, suplentes
o esclavos. La paternidad era adoptiva: el señor elegía a los herederos
que habían de continuarle asi como los siervos que necesitaba, con
lo cual incentivaba a la mujer a modelar a su hijo como buen guerrero
o buen esclavo, a gusto del Señor etc-, para ellas convertirse en
la esposa predilecta o en la esclava preferida. El código de Hammurabi
regula también las normas sobre la adopción y la obediencia de los
niños y niñas a su padre. El orígen adoptivo de la paternidad también
puede estudiarse en la obra conjunta dirigida por Tellenbach sobre
el orígen del padre (en el Antiguo Egipto,etc.). Cada ley de Hammurabi
que regula la clasificación de las mujeres, la adopción y, por supuesto,
la propiedad, está acompañada de sus correspondientes sanciones
y castigos. Al hijo rebelde se le pude cortar la mano, sacar un
ojo o cortar la lengua. Peor eran los judíos, pues la pena para
el hijo rebelde era la muerte. La pena de muerte para la mujer
adúltera está en ambas sociedades. Entonces la sumisión desde luego,
no era muy inconsciente. El Poder se sustentaba básicamente por
el miedo a la muerte y al castigo físico. El amo podía castigarte,
y el Rey, que era el amo del amo; y también ese Poder invisible
todopoderoso, fantasmagórico, inventado ya para inducir la sumisión
voluntaria, que era el amo del amo del amo, o sea, Dios que te vigilaba
siempre por si hacías algo prohibido; de manera que si no te veía
el amo de carne y hueso, te veía Dios. Es la sociedad reificada,
de lo masculino. No es casualidad que el código de Hammurabi esté
grabado sobre un falo, y que este dato sea sistemáticamente ocultado
en todos los libros de Historia, que reproducen solo un trozo de
la piedra para que no se vea la figura entera.
Poco a poco vamos
entendiendo el por qué de la represión sexual específica de las
mujeres. Por qué el sexo femenino fué declarado impuro, por qué
la mujer después de parir quedaba impura. Por qué la maldad emanaba
del vientre de la mujer, y por qué se ha calumniado el útero diciendo
que era un animal dentro del animal, el karma, etc. que volvía a
las mujeres histéricas (histeria viene de 'hysteron' -útero-); y
por qué la serpiente se dijo primero que era el símbolo del demonio
(del mal) y luego de la Medicina, que se debe ocupar de hacer funcionar
el cuerpo sin deseo de la mujer. El sometimiento de la mujer
no era solo para que obedeciera al hombre; ni siquiera para parir
hijos de cualquier manera, sino de una manera determinada, es decir,
con dolor, como dice la Biblia, y para que, anulada la mujer
en sus deseos por la esclavitud, se impidiera el acoplamiento primario
de los flujos humanos; se cortase y se destruyese la carga de energía
libidinal con la que nace la vida humana, conjurando el peligro
de una socialización en la saciedad de los deseos. La madre anulada
en lo social y reprimida en lo libidinal, no puede saciar ni proteger
a su prole. Por eso el apoyo mutuo en los grupos humanos depende
de su actitud ante la maternidad. Y el Patriarcado depende del papel
represor, de la insensibilización de la madre robotizada y de su
capacidad para transformar a las criaturas en guerreros y esclavos
y futuras nuevas madres de guerreros y esclavos. Volviendo al esquema
3, podemos decir que el primer anillo constrictor de la vida humana
es el útero rígido.
3.- El matricidio
y los sistemas de identidad
Dice Martha Moia que
en los grupos matricéntricos, la identidad no era individual sino
grupal. La identidad o la subjetividad o conciencia de sí, la daba
el ser parte de un grupo, del entorno de apoyo mutuo en el que se
vivía; es decir, en lugar de estar asociada al sentido de la propiedad,
estaba asociada al apoyo mutuo. En lugar de ser hijo o hija de
tal Matrimonio o Pareja, definido triangularmente, el 'yo' era un
'yo' disuelto; disuelto primero en la madre y luego en el grupo.
No hacía falta titulares de patrimonios, ni herederos ni esposas,
ni continuadores de las conquistas, que es el sentido de la identidad
familiar. Si no hay sometimiento al Poder, no hay necesidad de
reprimir los deseos ni de encerrarlos en el triángulo edípico ni
de jerarquizar los sujetos. En el grupo matricéntriaco, el funcionamiento
de las máquinas deseantes, el despliegue de la energía y de la iniciativa
humana, no sólo no es un obstáculo sino que es la garantía, del
bienestar y del apoyo mutuo. El deseo era garantía de un determinado
orden. En nuestra sociedad basada en la Familia, cuando sale algún
deseo, está abocado a competir, romper alguna triangulación edípica,
a alterar el orden patriarcal y a ser reprimido.
Veamos un poco más
concretamente cómo se produce la destrucción del entorno armónico,
es decir, el paso del deseo a la carencia del esquema, y cómo afecta
a la constitución de la identidad.
Dice Konrad Stettbacher
que ya en el útero materno se forma el 'yo' primario (que yo prefiero
llamar el 'yo disuelto' en el entorno) que se constituye al calificar
como 'bien' y como 'mal' las sensaciones y sentimientos que producen
bienestar o molestia. Es el 'yo' que sabe todavía lo que de verdad
es bueno y es malo, que se guía por el principio del placer, que
sólo ansía dar y recibir amor y bienestar. La criatura en el útero
sólo espera que sus deseos sean saciados. Su confianza en el entorno
es absoluta porque no hay nada en ella que le haga esperar el abandono,
la falta del entorno armónico; es la confianza característica de
todas las relaciones de apoyo mutuo. Sin ese sentimiento de confianza,
la vida humana no puede fluir, porque la desconfianza la paraliza.
La quiebra del entorno
armonioso suele empezar, al menos de forma contundente, en el nacimiento
con dolor, sin el deseo materno, con la sensación de asfixia, de
ahogo, de proximidad de la muerte. Esta quiebra no está prevista
filogenéticamente. El parto con dolor no pertenece al continuum
filogenético humano. Es una construcción cultural. Tampoco está
previsto al nacer que nos separen de la madre, ni que nos corten
el cordón antes de que deje de latir.
Cuando después de
nacer se empiezan a frustrar los deseos del bebé, se van produciendo
estados carenciales momentáneos, hasta que queda establecido el
estado de carencia permanente. Junto a la sensación de hambre,
de necesidad, de abandono y de soledad aparecen primero, la cólera
y la rabia; y luego la desconfianza y el miedo que originariamente
no había. El miedo y la desconfianza son primero sólo mecanismos
de autodefensa que se originan cuando se quiebra el equilibrio que
mantiene el estado de bienestar. Pero cuando esto se frustra de
manera continuada, nos convertimos en seres agresivos y posesivos,
porque el miedo y la desconfianza en lugar de mecanismos puntuales
de autodefensa ante peligros y situaciones concretas, se convierten
en mecanismos automatizados y compulsivos, dispuestos a dispararse
en cualquier momento.
Para ocultar la devastación
producida se dice que tenemos un instinto tanático innato, que a
su vez servirá de justificación de la represión que se aplicará
ulteriormente bajo el eufemismo de 'educación'. Como los mecanismos
automatizados son inherentes al estado de carencia permanente, parece
que son innatos...
A cambio de nuestro
consentimiento a ser humillados, de la debida obediencia y de complacer
sus órdenes, la Autoridad adulta nos da lo imprescindible para sobrevivir
en estado de carencia. Entonces, al miedo y a la desconfianza se
le suma la sumisión. Por eso el mandato divino de obedecer a los
padres está en todas las religiones (Alice Miller). Así es como
se engendran las pulsiones autodestructivas (miedo, sumisión, desconfianza)
y destructivas hacia otros.
Filogenéticamente
sabemos que el entorno nos mantiene en estado de bienestar, y por
eso la confianza en el apoyo mutuo del entorno es inherente a nuestras
vidas. Este sentido o sentimiento innato asi como el impulso del
deseo que nos lleva a relacionarnos para dar y recibir bienestar,
se quedan bloqueados al caer en un estado permanente de carencia.
Al principio no sabíamos lo que era necesidad, porque nunca la habíamos
sentido, como no sentimos necesidad del aire que respiramos hasta
que nos privan de ello, hasta que somos desposeídos del entorno
que nos es propio. Al principio no sabíamos lo que era la soledad
y el abandono, ni el hambre ni la sed. Pero, poco a poco los sentimientos
y mecanismos autodestructivos se instalan de manera constante y
nos socializamos con esos sentimientos y mecanismos, y en estado
de carencia permanente.
Esta quiebra de la
armonía de la vida humana ha sido descubierta por la práctica psicoanalítica
de casi 50 años de Michael Balint; esa práctica le ha llevado a
reconocer la existencia de una gran falla o herida en la estructura
psíquica de los seres humanos. La ha llamado la Falta Básica.
Michael Balint ha dado la vuelta a los planteamientos freudianos
autojustificativos del orden patriarcal, afirmando que la catexia
y la interpenetración libidinal del bebé con la madre es la mayor
de toda la vida humana, y que no existe un narcisismo primario,
como dijo Freud, sino que lo primario es el amor a dos; que
precisamente su ruptura es lo que produce la Falta Básica.
Esto viene a corroborar
lo que decimos sobre cómo se devasta la vida humana para organizar
el estado de sumisión y bloquear las relaciones de apoyo de mutuo.
Nosotras añadimos que la fabricación en serie de pezones plásticos,
los chupetes y los biberones, son la prueba física exterior de esa
Falta.
Uno de los mecanismos
de autodefensa de los que disponemos para lograr sobrevivir es llorar,
algo que está previsto como medida de excepción para avisar de algún
percance o problema que inesperadamente puede surgir. Puesto que
en nuestra sociedad lo normal es que l*s niñ*s lloren, también esto
nos tendría que hacer sospechar que no es normal lo que se hace
en la sociedad patriarcal con l*s niñ*s. Es decir, que lo que es
la norma de nuestra sociedad, no es lo normal de la vida humana.
Aunque las mujeres y los hombres adultos hemos de creer en esa normalidad
de que l*s niñ*s lloren para insensibilizarnos específicamente a
la llamada de su llanto. Por eso ya en la Biblia se indica que
no hay que mimar a los niños porque estos se hacen entonces rebeldes,
y nos dicen que es bueno dejarles llorar. Dice Michel Odent que
cuando se deja llorar a un niño en la cuna este hace su primera
experiencia de sumisión. Cada vez hay más pruebas de lo que significa
la separación del bebé del cuerpo materno. Por ejemplo, se ha demostrado
que las sinapsis de las neuronas están condicionadas por el bienestar
emocional y el grado de contacto piel a piel de los bebés. No podemos
hacer aquí un repaso de todas las tácticas, costumbres, ritos etc.
que se han ido elaborando para organizar el parto violento y la
separación madre-criaturas, como se sugiere en el esquema 4. Pero
tener conciencia de ello es clave para saber cómo irrumpe en la
vida aquello que convierte el deseo en la carencia que constituye
nuestra estructura psíquica y nuestro estado de sumisión inconsciente.
Nuestros deseos reprimidos
no desaparecen sino que se subliman porque no podemos soportar el
dolor del abandono. Para sobrevivir, idealizamos a nuestros padres,
es decir, creamos una imagen idealizada de la madre patriarcal y
del Padre que cubren nuestras necesidades después de haber creado
la devastación. Como el dolor de la herida es insoportable, optamos
por no recordarlo, no saberlo. Se produce el 'black out', para
anestesiarnos (Alice Miller), y así no saber nada de la represión
primera y nos quedamos con lo que nos cuentan. Es decir, que nuestros
padres nos quieren, nos reprimen por nuestro propio bien, y que
nuestros deseos son malos además de inútiles (cuando en realidad
son la energía biosolidaria que sustenta la vida humana). No nos
acordaremos nunca que fuimos criaturas deseantes, exuberantes de
deseos, y que fuimos malheridas y maltratadas. Sin nadie que consintiera
(sintiera con) nuestros deseos (sin madre y sin grupo matricéntrico
que los alentara). Nos creemos que la madre patriarcal es una madre
verdadera, y que el ser devastado que somos es lo normal; así se
forma una conciencia que considera bueno lo que es malo y viceversa.
Tenemos solo conocimiento y conciencia del 'yo' carente, del 'yo'
edípico. Aunque en el inconsciente vive el recuerdo del otro 'yo'
primario, disuelto en la madre.
¿Qué es lo que entonces nos figuramos
que es el bien y que es mal según nuestra conciencia? Que obedecer
es bueno; que reprimirse es bueno. Lo que deseamos no sirve puesto
que no es reconocido por quien creemos que nos ama. Las relaciones
con los padres no son relaciones de tú a tú entre amantes. No son
relaciones horizontales de apoyo mutuo. Son relaciones verticales
de sumisión y autoridad. Esto es lo que aprendemos y lo que vemos
en nuestros padres. Los padres están inconscientemente asociados
a nuestra sumisión, aunque para sobrevivir, creemos que solo nos
dan amor. Es una idealización necesaria para la supervivencia.(*)
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(*) C. Rochefort
en su libro Los niños primero explica el chantaje emocional
de los padres que produce la extraña simbiosis de amor, posesión
y obediencia. El amor pervertido se transforma en sumisión y en
afán de poseer. Los niños y niñas dicen con frecuencia "esto
es mío", "es mi papá", "es mi casa", queriendo
decirse a sí mismo que tiene cosas para calmar la herida, como el
Ciudadano Kane, que se pasó la vida coleccionando obras de arte
para satisfacer su ansiedad. Solo en el momento de la muerte, pronuncia
la palabra clave 'Rosebud', es decir, le sale el verdadero deseo
frustrado, la falta básica.
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Para calmar la herida,
en la infancia se produce también una proyección de la sublimación
del abandono, en el ideal del matrimonio (o de la 'pareja'). Y hacia
ese ideal proyectamos toda nuestra ansiedad.Por eso cuando de mayores
nos enamoramos nos sale el deseo reprimido de interpenetración total,
que es un deseo materno, de la criatura en formación, para realizar
la gran carga energética inicial, y que por ello requiere el estado
de constante fusión total. Por eso, nos quieren representar como
Amor Absoluto la 'pareja', la famosa 'media naranja'; pero a pesar
de los esfuerzos conjuntos de Holywood y del Vaticano, eso no cura
la herida primaria. Solo la oculta un poco más, y sobre todo, sirve
para seguir reproduciendo el principio de Autoridad.
Pero además, esa idealización
de la Pareja es una adaptación a los arquetipos masculinos y femeninos
de dependencia y poder. Para la mujer el amor es dependencia; para
el hombre, es poder, y por eso necesita ser necesitado, necesita
una mujer a quien dominar. Por eso a las mujeres no nos gustan
que los hombres sean débiles, y a los hombres no les suele gustar
las mujeres independientes y con 'personalidad propia'. Vinculamos
el anhelo libidinal, distorsionado de su producción original, a
las relaciones de poder y sumisión que vemos en nuestros padres
y en nuestro entorno; unas relaciones de poder que se fraguan en
nuestro interior como ideal paradigmático asociado con el fin de
la carencia.
Por eso existe un
cuestionamiento de los roles masculinos y femeninos y de la división
de tareas que no cuestiona los géneros y los sistemas de identidad
masculinos y femeninos, sino que los reproducen bajo otras formas.
Las mujeres salen y los hombres entran en la cocina sin cambiar
de hecho su identidad patriarcal. Hay un trabajo pendiente de recuperación
de la sexualidad y de la identidad femenina, que se está haciendo
desde algunos sectores del feminismo. Este trabajo teórico y práctico
es imprescindible para re-situar las relaciones entre los dos sexos
de forma armónica y para que no se transformen automáticamente en
relaciones de dominación y en destrucción de la maternidad.
Las cadenas de la
esclavitud moderna son invisibles. Hay un orden simbólico
que emite constantemente las pautas de comportamiento, y que habla
directamente a nuestro inconsciente, sin que nuestra conciencia
se entere. Y que activa los mecanismos automatizados de la Falta
Básica. Y los que se dedican a alimentar y a actualizar el
orden simbólico patriarcal saben perfectamente que este orden simbólico
actúa de forma diferente sobre la carencia básica y común a las
mujeres y a los hombres, y produce procesos de sublimación diferentes
según el sexo. Las raíces de los arquetipos masculino y femenino
están en la elaboración que cada sujeto, hombre o mujer, hace de
la Falta Básica, elaboración que dará lugar al género patriarcal
masculino y femenino.
Restaurar relaciones
armónicas entre los dos sexos y entre adult*s y niñ*s requiere abolir
la familia y el padre. Y para eso es imprescindible conceptualizar
el grupo de apoyo y el papel del hombre en otros términos, con
un contenido nuevo basado en la energía biosolidaria humana y no
en la Ley patriarcal. Tenemos que saber que los conceptos (Familia,
Padre) tienen una fuerza simbólica que actúa sobre nuestras carencias
y sobre nuestro inconsciente.
Sabemos que cada criatura
que nace, nace cargada de líbido, de energía cósmica, biosolidaria,
preparada para el apoyo mutuo. El mundo, para descargarla, ha matado
a la madre. Hay, pues, que empezar a rebobinar, es decir: llorar
la herida (para romper el conjuro de las sublimaciones falaces),
recuperar la madre (para reconocernos como criaturas inocentes y
exuberantes de vida y de deseos, y para reconocernos como hermanos
y hermanas), restaurar la conciencia (para saber lo que de verdad
es bueno y es malo); y formar clanes para saciar los deseos y apoyarnos
mutuamente. |
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