| MUJER, MATERNIDAD Y SOCIALIZACIÓN
Casilda Rodrigáñez Bustos
Me hubiera gustado comenzar esta breve
intervención con las palabras que pronunció Jesús en esta misma
Facultad, en abril de 1988, con motivo de la presentación de unas
conferencias sobre La Condición Masculina, que habíamos organizado
conjuntamente, su Departamento y la Asociación Antipatriarcal
(del lado de los niños y niñas).
No he podido recuperar la grabación
del acto de aquel día (que era una conferencia de Agustín García
Calvo -¡Pobres Hombres!), pero
recuerdo que Jesús disipó ante la audiencia la aparente paradoja
de que un Departamento de Metodología de la Investigación de la
Universidad Complutense de Madrid, organizara un acto semejante
con una Asociación extra-académica, con fines tan poco académicos
como la 'abolición de la Patria Potestad' y el ‘derecho a nacer
siendo deseado/a’. Y es que lo paradójico era el pensamiento de
Jesús que cuestionaba el Poder desde un centro de Poder como el
de la Universidad.
Jesús nos ayudó de muchas maneras.
Repartió en la calle las primeras hojas que sacamos para pedir la
abolición de la autoridad paterna y el derecho de las criaturas
a nacer siendo deseadas. Además de las citadas conferencias sobre
La Condición Masculina que organizamos conjuntamente, habló
en un acto de la Asociación Antipatriarcal en la Facultad de Filosofía
contra la Celebración del V Centenario, y también escribió algún
artículo para nuestro Boletín.
Más allá de su colaboración y su ayuda
práctica a la Asociación Antipatriarcal, lo más importante fue sin
duda su apoyo moral al pensamiento y a la reflexión extra-académicas;
su desprecio al elitismo y su valoración del esfuerzo de una Asociación
que se había echado a las espaldas la tarea de denunciar la envergadura
y las implicaciones, que voy a intentar repasar concisamente, de
la represión de la infancia.
La represión de la infancia no es ajena
al pensamiento de Jesús, en el que siempre están presentes los mecanismos
inconscientes de la sumisión al Poder; y por tanto, como él decía,
la doma y la domestiación de las criaturas. En El Regreso del
Sujeto dice: El orden social sólo funciona si es inconsciente... Nuestra especie es la única
que utiliza como instrumentos a miembros de la misma especie: para
que se dejen utilizar es necesario que no sean conscientes de ser
utilizados.
(1)
¿Cómo se hace esto de que los seres humanos, con
una capacidad cognoscitiva y racional tan grande puedan ser utilizados
sin ser conscientes de ello? ¿Cómo es que el orden social humano
funciona de un modo inconsciente? ¿Y tiene ésto que ver algo con la lucha entre los
sexos?
Las respuestas las podemos intentar
vislumbrar precisamente en la doma y en la domesticación de las
criaturas, que tienen por objeto su adaptación formal e inconsciente
a este orden social. Esta domesticación, cuyos componentes trataremos
ahora de ver, supone una represión física y psíquica de tremenda
envergadura que es silenciada para que sea lo más invisible posible.
Pues si se viera, la sumisión no podría ser tan inconsciente. Nadie
tiene que suponer que la educación -y la socialización- es represión
de la vida humana.
La represión de la infancia no es sólo
lo que se viene denunciando, bastante tímidamente por cierto, desde
diferentes asociaciones: el filicidio milenario, los malos tratos
sistemáticos como las torturas de los pies vendados de las niñas
chinas, las clitoridectomías (hay actualmente 80 millones de mujeres
vivas, según la OMS, y 100 millones, según otras fuentes, a las
que de niñas les fue seccionado el clítoris), los trabajos forzados
(200 millones de niños/as, (según el reportaje de G. Viene de Montoalpier
y Jihan el Lahri diciembre 1992, emitido por TV2), o simplemente
las palizas que se dan todos los días en nuestros benditos hogares
(11 niños mueren diariamente en el Estado español debido a las palizas
de sus padres o tutores, según el I congreso de la infancia maltratada,
Barcelona 1989).
Estos hechos, que suponen una cantidad
de sufrimiento incalculable, son sólo la punta del iceberg de la
condición de la infancia, de la represión sistemática y ordenada
que se practica inconsciente y conscientemente sobre las criaturas
humanas.
Este sufrimiento, estos malos tratos,
como decimos, sólo son una cara del asunto. Lo que hay detrás de
la autoridad y de la represión paterna es la constitución del estado
de sumisión inconsciente, la formación del inconsciente humano que
transforma las pequeñas criaturas rebosantes de vida, en seres adultos
resignados, sumisos a la Ley, capaces a su vez de practicar la represión
y de administrar el sufrimiento -porque la represión siempre es
sufrimiento. Precisamente la sublimación de ese sufrimiento hace
posible -entre otras cosas- que la sumisión sea inconsciente (2)
La represión de la infancia,
pues, no sólo plantea la necesidad de una solidaridad o de una labor
asistencial con los niños y niñas: es la lucha contra un punto clave
de la estrategia patriarcal para la organización del Orden social,
para la socialización de los pequeños seres humanos por la vía de
la represión, destruyendo el principio del placer que, como dicen
Deleuze y Guattari (3), es inmanente a la vida, por más que el racionalismo
patriarcal lo haya definido como socialmente inviable, desde que
fuimos expulsados y expulsadas de aquel Paraíso en el que los deseos
eran saciables y complacidos.
Los preceptos básicos de la doma y
de la domesticación de las criaturas los podemos encontrar ya en
la Antigüedad, desde la Biblia (mima a tu hijo y ya verás la que
te espera, aprovecha cuando es tierno para doblegarle, etc.) hasta
Aristóteles, pasando por el Código de Hammurabi. No hemos inventado
nada nuevo: sólo hemos ido progresando en el perfeccionamiento del
Sistema, en la combinación de la represión exterior con la
interiorización de los mecanismos permanentes de auto-represión
y de almacenamiento de lo reprimido en el inconsciente -el 'refoulement'
que dicen los franceses y para lo que todavía no hemos encontrado
un equivalente en castellano-.
La represión exterior tiene
que lograr forjar una psique adulta insensible ante el sufrimiento
humano; capaz de aguantar el propio sufrimiento sin rebelarse y
de infligir sufrimientos a los demás sin inmutarse (puesto que debe
adaptarse a vivir en el Valle de Lágrimas).
Para interiorizar los mecanismos
permanentes de auto-represión y de sumisión, hay que
introducir a las criaturas desde su nacimiento en un régimen de
carencia, pues el estado de carencia está inmediatamente
seguido por el estado de sumisión. La criatura que carece tiene
obligatoriamente que someterse para sobrevivir. El gran logro de
la sociedad patriarcal es haber logrado instaurar en el mundo un
régimen de carencia en el cual se bloquean las producciones
deseantes de la criatura humana; entonces, en lugar de actuar movida
por sus deseos y según sus deseos, tiene que moverse por y según
las carencias producidas.
El continuum vital de producción
de deseos, y de reciprocidad en la satisfacción de los mismos, se
bloquea a través de un sin fin de dispositivos y de creencias sacralizadas,
perfectamente articuladas; y se bloquea en un punto decisivo de
la reproducción de la vida humana: rompiendo la díada original madre-criatura
de manera que la segunda se encuentre privada del deseo materno
que ella misma había inducido, y no tenga otra alternativa que aceptar
el chantaje adulto que le concede la opción de vivir sólo a cambio
de su alineamiento en el Orden social.
El discurso patriarcal ha cuidado especialmente
de presentar la carencia como condición inherente a la vida y de
mantener en secreto lo que había primero, la abundancia de la producción
deseante. Pero como dicen Deleuze y Guattari (3):
Nosotros sabemos de dónde proviene
la carencia... La carencia es preparada, organizada, en la producción
social... Nunca es primera: la producción nunca es organizada en
función de una escasez anterior, es la escasez la que se aloja,
se vacuoliza, se propaga según la organización de una producción
previa. Es el arte de una clase dominante, práctica del vacío como
economía de mercado: organizar la escasez, la carencia, en la abundancia
de la producción.
Estas implacables palabras del Anti-edipo
tiran por tierra el discurso del racionalismo patriarcal que justifica
y establece un principio de Realidad -según el cual los deseos deben
ser reprimidos- opuesto al principio del placer -según el cual los
deseos son saciables-. Se trata del discurso que justifica la expulsión
del Paraíso y la conversión del mundo en un Valle de Lágrimas...
y de Explotación.
Estamos penetrando en lo que Victoria
Sau ha llamado el Secreto de la Humanidad, el Crimen de la Madre
(que sólo es una parte del Secreto, la otra parte es que los deseos
de las criaturas se pueden saciar).
Pues, efectivamente, para organizar
la carencia en las pequeñas criaturas humanas e inducir el estado
de sumisión, hay que cortar la producción del deseo materno y lograr
que la función materna se robotice, se deshumanice, se lleve a término
de manera libidinalmente aséptica, sustituyendo, como se
hace ahora, los flujos maternos por preparados químicos, la piel
por el plástico, y el regazo caliente y palpitante del cuerpo materno
por las cunas de barrotes.
Es decir, se trata de reproducir la
fuerza de trabajo sumisa en lugar de la vida humana deseante. Por
eso, el contenido de la expulsión del Paraíso es parir con dolor
y que el hombre domine a la mujer, para asegurar la reproducción
de los desheredados que como tales tendrán que comer con el sudor
de su frente, y de los herederos que encarnen el Poder, la explotación
patrimonial y su gestión expansiva. Así se organiza el régimen
de carencia que permite la sumisión y la reproducción patrimonial.
Para transmutar la madre entrañable
en madre patriarcal, a lo largo de milenios se han prohibido la
líbido y la sexualidad femenina, se ha creado un alma femenina para
hacer una falsa femeneidad o rol que haga funcionar el cuerpo femenino
como una máquina fisiológica sin líbido ni deseos ni sentimientos
ni conciencia; se ha
culturizado a la mujer, como decía Merelo-Barberá (4), en la ruptura
psicosomática entre su conciencia y el útero; adjudicando a éste
atribuciones demoníacas (5), transformándolo de hysteron en histeria
(6). Se ha hecho funcionar la fisiología femenina arrancando el
deseo y sustituyéndolo por las órdenes, las amenazas, las imposiciones,
por el miedo y el pánico. Se ha aplastado a la serpiente y se ha
hecho funcionar el sistema reproductor de la mujer con el útero
rígido, sin flujos, sin lubrificación. Es decir, se ha organizado
la violación sistemática del cuerpo femenino para poner la reproducción
al servicio de la Ley: se ha organizado la carencia en la abundancia
de la producción. Así tras milenios de represión de la mujer (dice
Romeo de Maio (7) que la historia del cuerpo femenino es una Ilíada
de sufrimientos) se ha logrado el bloqueo del deseo que impulsaba
la función sexual reproductora.
Organizar el régimen de carencia ha
requerido la gigantesca labor de la milenaria represión de las mujeres
y de las criaturas, y, modernamente, también la necesidad de definir
el deseo a la medida del Poder falocrático: en las mujeres, el deseo
es falocéntrico y en las criaturas, narcisista; con lo cual se ha
borrado de la realidad la pareja básica, la díada original.
Destruido el deseo materno, negado
y, como decía Georg Groddeck (8), sumido en el limbo de la indefinición,
el psicoanálisis debe necesariamente calificar la líbido de las
criaturas de narcisistas, egocéntricas, etc. etc.. lo cual encima
sirve para abundar en el discurso sobre la maldad innata de los
seres humanos que a su vez sirve para abundar en la justificación
de la represión y de la autoridad patriarcal.
Pero la teoría del narcisismo primario
de los seres humanos que oculta la represión del acoplamiento original
de los flujos humanos, la abundancia de la producción deseante originaria,
ha sido ya cuestionada desde el mismo psicoanálisis por Michael
Balint (9). Lo primario es el deseo, la fusión amorosa a dos y
la pretensión de que la criatura pasa de un autoerotismo a una proyección
triangular edípica sólo tiene por objeto ocultar y negar la represión
del amor primario, la díada original. Ocultar el Crimen de la Madre
y tratar de que la mujer siga, histérica y despiezada, pariendo
con dolor desconectada de sus pulsiones sexuales.
Por eso, el Crimen de la Madre debe
ser un Secreto, porque lo verdaderamente prohibido no debe mencionarse.
Este es el cometido del invento freudiano del Complejo de Edipo
destinado a convencernos de que la carencia es lo primero y que
la autoridad es necesaria.
Según la teoría del Complejo de Edipo,
el deseo del cuerpo materno queda definido como un supuesto deseo
de realizar el coito con la madre (puesto que la sexualidad sólo
puede ser adulta y falocéntrica) y de perversa rebelión contra el
padre. En la conciencia lo deseable y lo que produce bienestar se
transmuta en mal y lo que hace daño y produce malestar, en bien
(10). El 'yo' se constituye según esa conciencia de la realidad
opuesta al principio del placer. Quedamos así 'socializados' en
el regimen de la carencia y de la represión que se presenta como
lo humano, como la única de vía posible de socialización. Sólo en
lo más hondo de nuestro inconsciente, como dice Konrad Stettbacher
(11), queda el recuerdo del 'yo' primario que se constituyó al percibir
y calificar las primeras sensaciones y sentimientos ya en el seno
materno: lo que producía bienestar, estaba bien, y lo que producía
malestar, estaba mal. Es el 'yo' primario que todo ser humano aloja
en lo profundo de su inconsciente, el 'yo' que sólo desea el amor
y el bienestar mutuos.
Esta es la única y verdadera disyuntiva
social que se abate sobre opciones diferentes. Como decía
Jesús, todo lo demás es el laberinto con caminos practicables sólo
dentro del Valle de Lágrimas, sin salida al exterior, siempre abatiéndose
en opciones indiferentes. ¿Cómo
no va a tratar por todos los medios el discurso patriarcal de ocultar
el Crimen de la Madre si tras la represión de los deseos primarios
se esconde la verdadera alternativa de una socialización acorde
con el principio del placer, que haría añicos el discurso justificativo
del orden social autoritario y represivo?
La destrucción del amor primario deja
en nuestra psique una herida, que se puede reconocer en la práctica
del psicoanálisis, como ha reconocido Michael Balint (9), tras más
de medio siglo de dicha práctica. La ha llamado la Falta Básica
porque en ella descansa toda la estructura psíquica del ser humano.
Quizá si pudiéramos evitar el modo de ver y de pensar adultocéntrico,
podríamos ver en el uso generalizado del chupete de plástico la
prueba física exterior de esa Falta.
La carga libidinal primera según Balint
es la mayor de toda la vida humana porque es cuando la interdependencia
es mayor. Por eso la herida de su represión es tan grande y por
eso, a su vez, la sublimación del dolor que produce arraiga con
tanta fuerza: es la sublimación que da lugar al amor filial y a
la sumisión ordenadas en el llamado 4º
Mandamiento, que de hecho es el 1º que regula las relaciones humanas,
y en el que se resume toda la Ley del Padre.
La génesis del 'amor' filial y de la
sumisión inconsciente se podrían resumir de la forma siguiente:
cuando la interdependencia libidinal original pasa a ser sólo 'dependencia'
de una parte, porque la otra reprime el deseo y abandona, la criatura
pasa a sentir una necesidad y una carencia que antes no sentía -lo
mismo que no sentimos necesidad del aire que respiramos hasta que
nos privan de ello. Una vez encarrilada la criatura en la espiral
de la carencia, y del miedo a carecer que se le suma una
vez conocida la carencia, se instituye el chantaje cotidiano, permanente
y sistemático por el que la criatura graba en su inconsciente que
su supervivencia depende de su obediencia, que debe someterse a
la autoridad adulta que es quien satisface sus necesidades. Como
decía Amparo Moreno (12), la relación de tú a tú de los amantes
se ha transmutado en relación de sumisión y autoridad.
La criatura aprende a no darse cuenta
y a sublimar el daño que le hacen o, si se da cuenta, a olvidarlo
para poder amar a quien le reprime y, de este modo, permitir que
le siga reprimiendo.
Este mecanismo es de una eficacia total
porque la criatura necesita el afecto tanto como la leche nutricia
y se le vende al precio de su sumisión a la autoridad paterna.
Los resortes vitales de autodefensa
-el llanto, la ira, las pataletas, etc.- se van haciendo cada vez
más débiles, según la criatura va 'madurando', perfeccionando los
mecanismos de sublimación y adquiriendo el uso de la razón patriarcal;
según va aceptando la represión y en el inconsciente formándose
el estado de sumisión.
Gracias a la sublimación de la herida
primaria, de esa Falta Básica, y a la mitificación de los padres,
consideraremos natural la jerarquización social, consideraremos
normal que unos (o unas) manden y otras (u otros) obedezcan, que
los seres humanos no seamos todos iguales, sino pertenecientes a
castas, categorías y rangos sociales distintos. Gracias a esta
sublimación (repetimos: sublimación del dolor de la represión del
deseo del cuerpo materno) consideraremos también que la única relación
sexual normal, el único deseo carnal, la única pareja posible es
la que forman nuestros padres, es decir, grabamos en nuestro inconsciente
que la sexualidad es falocéntrica, adulta y coital, y debe estar
vinculada a la institución del Matrimonio.
Esta interiorización de las creencias
y hábitos patriarcales que forma el estado de sumisión inconsciente
es lo que Deleuze y Guattari han llamado edipización del inconsciente.
Porque Edipo no es un complejo
innato sino el conflicto que la sociedad produce en la criatura
al dejarle sin madre entrañable y darle unos padres autoritarios;
y este hecho, inevitablemente conflictivo, es común en los procesos
de doma y de domesticación de las criaturas de los que Jesús hablaba,
porque ambos requieren la represión de la producción deseante propia
de la vida humana; luego vienen las diferencias de modelos y sus
tratamientos específicos -más o menos doma, más o menos domesticación
según el sexo y según la posición respecto a la realización patrimonial.
Todos y todas tenemos que superar el conflicto edípico aceptando
plenamente, consciente e inconscientemente, el estado de sumisión
y el principio de autoridad. Habría que empezar a tener un poco
de respeto hacia lo que se conoce como testarudez infantil, y a
tener en cuenta sus berrinches, pues quizá representen la más noble
y leal resistencia de la vida humana frente a la Autoridad y la
Ley Patriarcal.
Recordemos que en los tiempos en los
que estos procesos estaban menos progresados hubo que matar (13)
y amputar manos (14) a hijos e hijas desobedientes. Entonces la
aceptación inconsciente del 4º
Mandamiento era mucho más problemática y se aplicaba por la represión
exterior. Pero si ahora no nos mutilan tanto el cuerpo es porque
ya hemos aprendido a paralizarlo educadamente sin intervención
externa. Poco a poco, se ha ido logrando esa edipización de los
inconscientes por la cual el 4º Mandamiento queda asumido en cada inconsciente.
.....
Y ahora pasamos a la última de las
preguntas que nos hacíamos. Hemos dicho que el proceso descrito
de interiorización del estado de sumisión presupone el Crimen de
la Madre. Pero la derrota histórica de las madres nunca es definitiva.
En cierto modo se transmite, y en cierto modo se tiene que realizar
de nuevo en cada criatura. Porque lo que se transmite es la Cultura
y el orden de relaciones sociales establecido, mientras que la vida
todavía se sigue renovando a pesar de todo y en contra de todo el
orden social. Cada niña que nace recibe la herencia social de la
derrota, culturalmente transmitida para realizarse en ella. La
Derrota debe, pues, transmitirse de generación en generación, y
para ello se hace Institución. El vehículo cultural de transmisión
de la derrota (su institucionalización) es la institución del Matrimonio
-o el paradigma de pareja heterosexual estable que es su forma actualizada.
La institución del Matrimonio es de
hecho el pacto adulto que consagra la derrota de las madres,
por el que la maternidad se vincula a la reproducción de los patrimonios
y se desvincula de la sexualidad y de la producción deseante de
la mujer. Esta es la victoria patriarcal, la razón última que subyace
en la lucha entre los sexos
La institución del Matrimonio tiene
por misión la ejecución de la doma y de la domesticación de las
criaturas para realizar la reproducción de los herederos y de los
desehereados, de las madres de los herederos y de las madres de
los desheredados; es decir, el tipo de reproducción humana necesaria
a la realización patrimonial.
Las apariencias a menudo engañan, sobre
todo si esa apariencia está preparada y es una estrategia del Poder.
Con la revolución científico-técnica y, como dice Agustín García
Calvo, los medios de formación de masas, se ha conseguido una casi
total deshumanización y robotización de la función materna, que
supuestamente 'libera' a la mujer de la degradada y socialmente
degradante tarea de la maternidad. Las mujeres hemos caído en la
trampa. Al haber logrado convertir la maternidad en una opción
o, gracias a las leches artificiales y al plástico, en una gestación
compatible con una carrera profesional definida según el arquetipo
masculino, nos hemos creído que, por fin, habíamos accedido a la
igualdad con los hombres.
Pero el haber logrado que la maternidad
sea un opción no zanja la cuestión, y la robotización de la función
materna refuerza aún más el discurso y las raíces de la sociedad
patriarcal. Porque, si sólo renunciando a la maternidad o deshumanizando
su función podemos dejar de ser inferiores, estamos asumiendo que
la maternidad es algo efectivamente degradante y que nos inferioriza,
que nos rebaja, que nos hace ser como vacas o animales reproductores.
Lo que hace de la mujer un modo de
ser humano inferior no es la maternidad sino el Matrimonio, la cesión
del cuerpo para la reproducción al servicio de la Ley; la renuncia
al propio sexo y a la propia producción deseante de las entrañas
de mujer que deben secarse hasta convertirse en un rígido contenedor
de criaturas. Lo que liberaría a la mujer de su reprimida e inferior
condición social es romper la institución del Matrimonio (o de la
Pareja) para recuperar la maternidad entrañable que, como decía
Martha Moia (15), da y conserva la vida en lugar de perpetuar linajes
y patrimonios. Desvinculada la maternidad de la institución del
Matrimonio podríamos también utilizar los descubrimientos científicos
a nuestro favor en lugar de servir para manipular y organizar la
violación sistemática de nuestros cuerpos.
Por si acaso alguien lo piensa, esto
no es una reivindicación de la vuelta al hogar de la mujer; lo que
esto plantea es la subversión de este sistema social con las relaciones
y con los espacios públicos y privados que ordena. La división
de los espacios en públicos y privados, las divisiones de los quehaceres
y funciones están determinados hoy por el régimen capitalista, que
a su vez se levantó en una sociedad patriarcal bien constituida
en la que la mujer llevaba ya cientos de años pariendo con el útero
rígido. Por eso las opciones que la sociedad ofrece a la mujer
(el trabajo fuera o dentro del hogar) en cualquier caso suponen
una represión de su condición. No podemos estar a favor de ninguna
de ellas. Los espacios públicos tampoco son neutros como se quieren
presentar desde el pensamiento androcéntrico (16).
El discurso patriarcal nos ha atribuido
diferencias inexistentes (lo de que somos menos inteligentes, histéricas,
animales sin alma o asépticos contenedores de narcisismos primarios,
etc.) y en cambio nos ha reprimido la única diferencia verdadera,
la función sexual de la maternidad. Siempre con el mismo fin.
Ahora con el señuelo de la igualdad, ofrecen una 'liberación' que
supone un abandono de lo poco que nos quedaba de maternidad entrañable.
Como dice M. Bookchin (17), las diferencias
y la diversidad no suponen ni justifican la jerarquización. Pero
la sociedad institucionaliza y jerarquiza la diferencia para organizar
la explotación y la sumisión en cada eslabón de la sociedad autoritaria.
Y la otra forma de discriminación es
precisamente no reconocer las diferencias, reprimirlas y producir
una igualación sobre el rasero de unos.
Por eso, como decía Jesús, "la
Ley sólo reconoce las diferencias si están jerarquizadas" (18).
Madrid, 9 de mayo 1994
NOTAS
(1) Ibáñez, J. El regreso del sujeto.
Ed. Amerindia, Santiago de Chile 1991.
(2) Miller, A. Por tu propio bien.
Tusquets, Barcelona 1985. 1ª publicación, Frackfurt 1980.
En general, toda la obra de Miller
está dedicada al esclarecimiento de la mecánica de la sublimación
y olvido de la represión sufrida en la infancia.
(3) Deleuze, G. y Guattari, F. El
anti-edipo, capitalismo y esquizofrenia. Paidós, Barcelona 1985.
Y también 1
publicación: L'anti-aedipe, capitalisme e sqhizophrénie Ed.
Minuit, Paris
1972.
(4) Merelo-Barberá, J. Parirás con placer. Ed.
Kairós, Barcelona 1980.
(5) Ver, por ejemplo, entre otras,
Anderson, B.S. y Zinsser,J.P. Historia de las Mujeres: una
historia propia Ed. Crítica, Barcelona 1991. 1ª
publicación : New York 1988
(6) Sau, V. Diccionario ideológico
feminista Ed. Icaria Barcelona 1989. 1ª
publicación: 1981.
(7) De Maio, R. Mujer y Renacimiento
Ed. Mondadori, Madrid 1988. 1ª publicación: Milán 1987.
(8) Groddeck,G. El libro del 'ello'.
Ed. Taurus, Madrid 1981. 1ª publicación: 1923.
(9) Balint, M. La Falta Básica.
Paidós, Barcelona 1993. 1ª publicación: Londres y Nueva York 1979.
(10) García Calvo, A. Familia:
la idea y los sentimientos Ed. Lucina, Madrid 1984.
(11) Stettbacher, K. Pour quoi la
souffrance?. Ed. Aubier. Paris, 1991
(12) Moreno, A. Carta a la Asociación
Antipatriarcal publicada en el boletín nº4
de la misma, Madrid, diciembre 1998.
(13) La Ley judía estipulaba la pena
de muerte para el hijo que maldijera a sus padres -que se rebelara
en su interior contra ellos- (Exodo 21.17), lo mismo que
en los primeros tiempos del cristianismo, en lo cual no se diferenciaba
en nada de la Ley romana (San Mateo 15,4)
(14) El Código de Hammurabi regula
un proceso diferente al hebreo en la consolidación de la Ley de
los padres, y estipulaba para los hijos díscolos la amputación de
una mano, el sacarle un ojo o cortarle la lengua (Código de Hamuurabi,
traducción de Federico Lara Peinado, Ed. Tecnos, Madrid 1986. Epígrafes
192, 193, 195. Pag. 33)
(15) Moia, M. El no de las niñas
laSal ediciones de les dones, Barcelona 1981.
(16) Moreno, A. El arquetipo viril
protagonista de la historia. laSal edicions de les dones, Barcelona
1987. 1ª publicación: Barna 1986.
(17) Bookchin, M. Qu'est-ce que
l'écologie sociale?. Ed. Atelier de Création libertaire, Lyon
1989.
(18) Ibáñez, J. Ponencia Universidad
Autónoma de Madrid, abril 1984.
Aquí viene a cuento
aquella frase de Jesús: El alma es una compensación imaginaria
del cuerpo realmente despiezado (De la familia al grupo: del
grupo como bucle en el árbol familiar Ponencia en la Universidad
Internacional Menéndez y Pelayo, 1983.) |