Este texto fue leído el 9 de marzo 1994, en una de las sesiones del Seminario organizado por el Departamento de Sociología IV de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid  (febrero-diciembre 1994) en HOMENAJE A JESÚS IBÁÑEZ.

 El orden social sólo funciona si es inconsciente... Nuestra especie es la única que utiliza como instrumentos a miembros de la misma especie: para que se dejen utilizar es necesario que no sean conscientes de ser utilizados (Jesús Ibáñez)   ¿Cómo se hace ésto de que los seres humanos, con una capacidad cognoscitiva y racional tan grande puedan ser utilizados sin ser conscientes de ello?  ¿Cómo se silencia y se hace invisible todo el proceso de doma y de domesticación de las criaturas humanas, que supone una represión física y psíquica de tanta envergadura?

 
 

MUJER, MATERNIDAD Y SOCIALIZACIÓN

Casilda Rodrigáñez Bustos

 

Me hubiera gustado comenzar esta breve intervención con las palabras que pronunció Jesús en esta misma Facultad, en abril de 1988, con motivo de la presentación de unas conferencias sobre La Condición Masculina, que habíamos organizado conjuntamente, su Departamento y la Asociación Antipatriarcal (del lado de los niños y niñas).

No he podido recuperar la grabación del acto de aquel día (que era una conferencia de Agustín García Calvo -¡Pobres Hombres!), pero recuerdo que Jesús disipó ante la audiencia la aparente paradoja de que un Departamento de Metodología de la Investigación de la Universidad Complutense de Madrid, organizara un acto semejante con una Asociación extra-académica,  con fines tan poco académicos como la 'abolición de la Patria Potestad' y el ‘derecho a nacer siendo deseado/a’.  Y es que lo paradójico era el pensamiento de Jesús que cuestionaba el Poder desde un centro de Poder como el de la Universidad.

Jesús nos ayudó de muchas maneras. Repartió en la calle las primeras hojas que sacamos para pedir la abolición de la autoridad paterna y el derecho de las criaturas a nacer siendo deseadas. Además de las citadas conferencias sobre La Condición Masculina que organizamos conjuntamente, habló en un acto de la Asociación Antipatriarcal en la Facultad de Filosofía contra la Celebración del V Centenario, y también escribió algún artículo para nuestro Boletín.

Más allá de su colaboración y su ayuda práctica a la Asociación Antipatriarcal, lo más importante fue sin duda su apoyo moral al pensamiento y a la reflexión extra-académicas; su desprecio al elitismo y su valoración del esfuerzo de una Asociación que se había echado a las espaldas la tarea de denunciar la envergadura y las implicaciones, que voy a intentar repasar concisamente, de la represión de la infancia.

La represión de la infancia no es ajena al pensamiento de Jesús, en el que siempre están presentes los mecanismos inconscientes de la sumisión al Poder; y por tanto, como él decía, la doma y la domestiación de las criaturas.  En El Regreso del Sujeto dice: El orden social sólo funciona si es inconsciente... Nuestra especie es la única que utiliza como instrumentos a miembros de la misma especie: para que se dejen utilizar es necesario que no sean conscientes de ser utilizados. (1)

¿Cómo se hace esto de que los seres humanos, con una capacidad cognoscitiva y racional tan grande puedan ser utilizados sin ser conscientes de ello? ¿Cómo es que el orden social humano funciona de un modo inconsciente? ¿Y tiene ésto que ver algo con la lucha entre los sexos?

Las respuestas las podemos intentar vislumbrar precisamente en la doma y en la domesticación de las criaturas, que tienen por objeto su adaptación formal e inconsciente a este orden social.  Esta domesticación, cuyos componentes trataremos ahora de ver, supone una represión física y psíquica de tremenda envergadura que es silenciada para que sea lo más invisible posible. Pues si se viera, la sumisión no podría ser tan inconsciente.  Nadie tiene que suponer que la educación -y la socialización- es represión de la vida humana.

La represión de la infancia no es sólo lo que se viene denunciando, bastante tímidamente por cierto, desde diferentes asociaciones: el filicidio milenario, los malos tratos sistemáticos como las torturas de los pies vendados de las niñas chinas, las clitoridectomías (hay actualmente 80 millones de mujeres vivas, según la OMS, y 100 millones, según otras fuentes, a las que de niñas les fue seccionado el clítoris), los trabajos forzados (200 millones de niños/as, (según el reportaje de G. Viene de Montoalpier y Jihan el Lahri diciembre 1992, emitido por TV2), o simplemente las palizas que se dan todos los días en nuestros benditos hogares (11 niños mueren diariamente en el Estado español debido a las palizas de sus padres o tutores, según el I congreso de la infancia maltratada, Barcelona 1989). 

Estos hechos, que suponen una cantidad de sufrimiento incalculable, son sólo la punta del iceberg de la condición de la infancia, de la represión sistemática y ordenada que se practica inconsciente y conscientemente sobre las criaturas humanas.

Este sufrimiento, estos malos tratos, como decimos, sólo son una cara del asunto.  Lo que hay detrás de la autoridad y de la represión paterna es la constitución del estado de sumisión inconsciente, la formación del inconsciente humano que transforma las pequeñas criaturas rebosantes de vida, en seres adultos resignados, sumisos a la Ley, capaces a su vez de practicar la represión y de administrar el sufrimiento  -porque la represión siempre es sufrimiento. Precisamente la sublimación de ese sufrimiento hace posible -entre otras cosas- que la sumisión sea inconsciente (2)

La represión de la infancia, pues, no sólo plantea la necesidad de una solidaridad o de una labor asistencial con los niños y niñas: es la lucha contra un punto clave de la estrategia patriarcal para la organización del Orden social, para la socialización de los pequeños seres humanos por la vía de la represión, destruyendo el principio del placer que, como dicen Deleuze y Guattari (3), es inmanente a la vida, por más que el racionalismo patriarcal lo haya definido como socialmente inviable, desde que fuimos expulsados y expulsadas de aquel Paraíso en el que los deseos eran saciables y complacidos.

Los preceptos básicos de la doma y de la domesticación de las criaturas los podemos encontrar ya en la Antigüedad, desde la Biblia (mima a tu hijo y ya verás la que te espera, aprovecha cuando es tierno para doblegarle, etc.) hasta Aristóteles, pasando por el Código de Hammurabi.  No hemos inventado nada nuevo: sólo hemos ido progresando en el perfeccionamiento del Sistema, en la combinación de la represión exterior con la interiorización de los mecanismos permanentes de auto-represión y de almacenamiento de lo reprimido en el inconsciente -el 'refoulement' que dicen los franceses y para lo que todavía no hemos encontrado un equivalente en castellano-.

La represión exterior tiene que lograr forjar una psique adulta insensible ante el sufrimiento humano; capaz de aguantar el propio sufrimiento sin rebelarse y de infligir sufrimientos a los demás sin inmutarse (puesto que debe adaptarse a vivir en el Valle de Lágrimas).

Para interiorizar los mecanismos permanentes de auto-represión y de sumisión,  hay que introducir a las criaturas desde su nacimiento en un régimen de carencia, pues el estado de carencia está inmediatamente seguido por el estado de sumisión.  La criatura que carece tiene obligatoriamente que someterse para sobrevivir. El gran logro de la sociedad patriarcal es haber logrado instaurar en el mundo un régimen de carencia en el cual se bloquean las producciones deseantes de la criatura humana; entonces, en lugar de actuar movida por sus deseos y según sus deseos, tiene que moverse por y según las carencias producidas. 

El continuum vital de producción de deseos, y de reciprocidad en la satisfacción de los mismos, se bloquea a través de un sin fin de dispositivos y de creencias sacralizadas, perfectamente articuladas; y se bloquea en un punto decisivo de la reproducción de la vida humana: rompiendo la díada original madre-criatura de manera que la segunda se encuentre privada del deseo materno que ella misma había inducido, y no tenga otra alternativa que aceptar el chantaje adulto que le concede la opción de vivir sólo a cambio de su alineamiento en el Orden social.

El discurso patriarcal ha cuidado especialmente de presentar la carencia como condición inherente a la vida y de mantener en secreto lo que había primero, la abundancia de la producción deseante.  Pero como dicen Deleuze y Guattari (3):

Nosotros sabemos de dónde proviene la carencia... La carencia es preparada, organizada, en la producción social... Nunca es primera: la producción nunca es organizada en función de una escasez anterior, es la escasez la que se aloja, se vacuoliza, se propaga según la organización de una producción previa.  Es el arte de una clase dominante, práctica del vacío como economía de mercado: organizar la escasez, la carencia, en la abundancia de la producción.

Estas implacables palabras del Anti-edipo tiran por tierra  el discurso del racionalismo patriarcal que justifica y establece un principio de Realidad -según el cual los deseos deben ser reprimidos- opuesto al principio del placer -según el cual los deseos son saciables-. Se trata del discurso que justifica la expulsión del Paraíso y la conversión del mundo en un Valle de Lágrimas... y de Explotación.

Estamos penetrando en lo que Victoria Sau ha llamado el Secreto de la Humanidad, el Crimen de la Madre (que sólo es una parte del Secreto, la otra parte es que los deseos de las criaturas se pueden saciar).

Pues, efectivamente, para organizar la carencia en las pequeñas criaturas humanas e inducir el estado de sumisión, hay que cortar la producción del deseo materno y lograr que la función materna se robotice, se deshumanice, se lleve a término de manera libidinalmente aséptica, sustituyendo, como se hace ahora, los flujos maternos por preparados químicos, la piel por el plástico, y el regazo caliente y palpitante del cuerpo materno por las cunas de barrotes.

Es decir, se trata de reproducir la fuerza de trabajo sumisa en lugar de la vida humana deseante.  Por eso, el contenido de la expulsión del Paraíso es parir con dolor y que el hombre domine a la mujer, para asegurar la reproducción de los desheredados que como tales tendrán que comer con el sudor de su frente, y de los herederos que encarnen el Poder, la explotación patrimonial y su gestión expansiva.  Así se organiza el régimen de carencia que permite la sumisión y la reproducción patrimonial.

Para transmutar la madre entrañable en madre patriarcal, a lo largo de milenios se han prohibido la líbido y la sexualidad femenina, se ha creado un alma femenina para hacer una falsa femeneidad o rol que haga funcionar el cuerpo femenino como una máquina fisiológica sin líbido ni deseos ni sentimientos ni conciencia*; se ha culturizado a la mujer, como decía Merelo-Barberá (4), en la ruptura psicosomática entre su conciencia y el útero; adjudicando a éste atribuciones demoníacas (5), transformándolo de hysteron en histeria (6). Se ha hecho funcionar la fisiología femenina arrancando el deseo y sustituyéndolo por las órdenes, las amenazas, las imposiciones,  por el miedo y el pánico. Se ha aplastado a la serpiente y se ha hecho funcionar el sistema reproductor de la mujer con el útero rígido, sin flujos, sin lubrificación.  Es decir, se ha organizado la violación sistemática del cuerpo femenino para poner la reproducción al servicio de la Ley: se ha organizado la carencia en la abundancia de la producción.  Así tras milenios de represión de la mujer (dice Romeo de Maio (7) que la historia del cuerpo femenino es una Ilíada de sufrimientos) se ha logrado el bloqueo del deseo que impulsaba la función sexual reproductora. 

Organizar el régimen de carencia ha requerido la gigantesca labor de la milenaria represión de las mujeres y de las criaturas, y, modernamente, también la necesidad de definir el deseo a la medida del Poder falocrático: en las mujeres, el deseo es falocéntrico y en las criaturas, narcisista; con lo cual se ha borrado de la realidad la pareja básica, la díada original.

Destruido el deseo materno, negado y, como decía Georg Groddeck (8), sumido en el limbo de la indefinición, el psicoanálisis debe necesariamente calificar la líbido de las criaturas de narcisistas, egocéntricas, etc. etc.. lo cual encima sirve para abundar en el discurso sobre la maldad innata de los seres humanos que a su vez sirve para abundar en la justificación de la represión y de la autoridad patriarcal.

Pero la teoría del narcisismo primario de los seres humanos que oculta la represión del acoplamiento original de los flujos humanos, la abundancia de la producción deseante originaria, ha sido ya cuestionada desde el mismo psicoanálisis por Michael Balint (9).  Lo primario es el deseo, la fusión amorosa a dos y la pretensión de que la criatura pasa de un autoerotismo a una proyección triangular edípica sólo tiene por objeto ocultar y negar la represión del amor primario, la díada original.  Ocultar el Crimen de la Madre y tratar de que la mujer siga, histérica y despiezada, pariendo con dolor desconectada de sus pulsiones sexuales.

Por eso, el Crimen de la Madre debe ser un Secreto, porque lo verdaderamente prohibido no debe mencionarse.  Este es el cometido del invento freudiano del Complejo de Edipo destinado a convencernos de que la carencia es lo primero y que la autoridad es necesaria.

Según la teoría del Complejo de Edipo, el deseo del cuerpo materno queda definido como un supuesto deseo de realizar el coito con la madre (puesto que la sexualidad sólo puede ser adulta y falocéntrica) y de perversa rebelión contra el padre. En la conciencia lo deseable y lo que produce bienestar se transmuta en mal y lo que hace daño y produce malestar, en bien (10).  El 'yo' se constituye según esa conciencia de la realidad opuesta al principio del placer.  Quedamos así 'socializados' en el regimen de la carencia y de la represión que se presenta como lo humano, como la única de vía posible de socialización. Sólo en lo más hondo de nuestro inconsciente, como dice Konrad Stettbacher (11), queda el recuerdo del 'yo' primario que se constituyó al percibir y calificar las primeras sensaciones y sentimientos ya en el seno materno: lo que producía bienestar, estaba bien, y lo que producía malestar, estaba mal.  Es el 'yo' primario que todo ser humano aloja en lo profundo de su inconsciente, el 'yo' que sólo desea el amor y el bienestar mutuos. 

Esta es la única y verdadera disyuntiva social que se abate sobre opciones diferentes.  Como decía Jesús, todo lo demás es el laberinto con caminos practicables sólo dentro del Valle de Lágrimas, sin salida al exterior, siempre abatiéndose en opciones indiferentes¿Cómo no va a tratar por todos los medios el discurso patriarcal de ocultar el Crimen de la Madre si tras la represión de los deseos primarios se esconde la verdadera alternativa de una socialización acorde con el principio del placer, que haría añicos el discurso justificativo del orden social autoritario y represivo?

La destrucción del amor primario deja en nuestra psique una herida, que se puede reconocer en la práctica del psicoanálisis, como ha reconocido Michael Balint (9), tras más de medio siglo de dicha práctica.  La ha llamado la Falta Básica porque en ella descansa toda la estructura psíquica del ser humano.  Quizá si pudiéramos evitar el modo de ver y de pensar adultocéntrico, podríamos ver en el uso generalizado del chupete de plástico la prueba física exterior de esa Falta.

La carga libidinal primera según Balint es la mayor de toda la vida humana porque es cuando la interdependencia es mayor.  Por eso la herida de su represión es tan grande y por eso, a su vez, la sublimación del dolor que produce arraiga con tanta fuerza: es la sublimación que da lugar al amor filial y a la sumisión ordenadas en el llamado 4º Mandamiento, que de hecho es el 1º que regula las relaciones humanas, y en el que se resume toda la Ley del Padre.

La génesis del 'amor' filial y de la sumisión inconsciente se podrían resumir de la forma siguiente: cuando la interdependencia libidinal original pasa a ser sólo 'dependencia' de una parte, porque la otra reprime el deseo y abandona, la criatura pasa a sentir una necesidad y una carencia que antes no sentía -lo mismo que no sentimos necesidad del aire que respiramos hasta que nos privan de ello.  Una vez encarrilada la criatura en la espiral de la carencia, y del miedo a carecer que se le suma una vez conocida la carencia, se instituye el chantaje cotidiano, permanente y sistemático por el que la criatura graba en su inconsciente que su supervivencia depende de su obediencia, que debe someterse a la autoridad adulta que es quien satisface sus necesidades. Como decía Amparo Moreno (12), la relación de tú a tú de los amantes se ha transmutado en relación de sumisión y autoridad.

La criatura aprende a no darse cuenta y a sublimar el daño que le hacen o, si se da cuenta, a olvidarlo para poder amar a quien le reprime y, de este modo, permitir que le siga reprimiendo.

Este mecanismo es de una eficacia total porque la criatura necesita el afecto tanto como la leche nutricia y se le vende al precio de su sumisión a la autoridad paterna.

Los resortes vitales de autodefensa -el llanto, la ira, las pataletas, etc.- se van haciendo cada vez más débiles, según la criatura va 'madurando', perfeccionando los mecanismos de sublimación y adquiriendo el uso de la razón patriarcal; según va aceptando la represión y en el inconsciente formándose el estado de sumisión.

Gracias a la sublimación de la herida primaria, de esa Falta Básica, y a la mitificación de los padres, consideraremos natural la jerarquización social, consideraremos normal que unos (o unas) manden y otras (u otros) obedezcan, que los seres humanos no seamos todos iguales, sino pertenecientes a castas, categorías y rangos sociales distintos.  Gracias a esta sublimación (repetimos: sublimación del dolor de la represión del deseo del cuerpo materno) consideraremos también que la única relación sexual normal, el único deseo carnal, la única pareja posible es la que forman nuestros padres, es decir, grabamos en nuestro inconsciente que la sexualidad es falocéntrica, adulta y coital, y debe estar vinculada a la institución del Matrimonio.

Esta interiorización de las creencias y hábitos patriarcales que forma el estado de sumisión inconsciente es lo que Deleuze y Guattari han llamado edipización del inconsciente.

Porque Edipo no es un complejo innato sino el conflicto que la sociedad produce en la criatura al dejarle sin madre entrañable y darle unos padres autoritarios; y este hecho, inevitablemente conflictivo, es común en los procesos de doma y de domesticación de las criaturas de los que Jesús hablaba, porque ambos requieren la represión de la producción deseante propia de la vida humana; luego vienen las diferencias de modelos y sus tratamientos específicos -más o menos doma, más o menos domesticación según el sexo y según la posición respecto a la realización patrimonial. Todos y todas tenemos que superar el conflicto edípico aceptando plenamente, consciente e inconscientemente, el estado de sumisión y el principio de autoridad.  Habría que empezar a tener un poco de respeto hacia lo que se conoce como testarudez infantil, y a tener en cuenta sus berrinches, pues quizá representen la más noble y leal resistencia de la vida humana frente a la Autoridad y la Ley Patriarcal. 

Recordemos que en los tiempos en los que estos procesos estaban menos progresados hubo que matar (13) y amputar manos (14) a hijos e hijas desobedientes.  Entonces la aceptación inconsciente del 4º Mandamiento era mucho más problemática y se aplicaba por la represión exterior. Pero si ahora no nos mutilan tanto el cuerpo es porque ya hemos aprendido a paralizarlo  educadamente sin intervención externa. Poco a poco, se ha ido logrando esa edipización de los inconscientes por la cual el 4º Mandamiento queda asumido en cada inconsciente.

                                   .....

Y ahora pasamos a la última de las preguntas que nos hacíamos. Hemos dicho que el proceso descrito de interiorización del estado de sumisión presupone el Crimen de la Madre. Pero la derrota histórica de las madres nunca es definitiva.  En cierto modo se transmite, y en cierto modo se tiene que realizar de nuevo en cada criatura.  Porque lo que se transmite es la Cultura y el orden de relaciones sociales establecido, mientras que la vida todavía se sigue renovando a pesar de todo y en contra de todo el orden social.  Cada niña que nace recibe la herencia social de la derrota, culturalmente transmitida para realizarse en ella.  La Derrota debe, pues, transmitirse de generación en generación, y para ello se hace Institución.  El vehículo cultural de transmisión de la derrota (su institucionalización) es la institución del Matrimonio -o el paradigma de pareja heterosexual estable que es su forma actualizada.

La institución del Matrimonio es de hecho el pacto adulto que consagra la derrota de las madres, por el que la maternidad se vincula a la reproducción de los patrimonios y se desvincula de la sexualidad y de la producción deseante de la mujer.  Esta es la victoria patriarcal, la razón última que subyace en la lucha entre los sexos

La institución del Matrimonio tiene por misión la ejecución de la doma y de la domesticación de las criaturas para realizar la reproducción de los herederos y de los desehereados, de las madres de los herederos y de las madres de los desheredados; es decir, el tipo de reproducción humana necesaria a la realización patrimonial.

Las apariencias a menudo engañan, sobre todo si esa apariencia está preparada y es una estrategia del Poder.  Con la revolución científico-técnica y, como dice Agustín García Calvo, los medios de formación de masas, se ha conseguido una casi total deshumanización y robotización de la función materna, que supuestamente 'libera' a la mujer de la degradada y socialmente degradante tarea de la maternidad.  Las mujeres hemos caído en la trampa.  Al haber logrado convertir la maternidad en una opción o, gracias a las leches artificiales y al plástico, en una gestación compatible con una carrera profesional definida según el arquetipo masculino, nos hemos creído que, por fin, habíamos accedido a la igualdad con los hombres. 

Pero el haber logrado que la maternidad sea un opción no zanja la cuestión, y la robotización de la función materna refuerza aún más el discurso y las raíces de la sociedad patriarcal.  Porque, si sólo renunciando a la maternidad o deshumanizando su función podemos dejar de ser inferiores, estamos asumiendo que la maternidad es algo efectivamente degradante y que nos inferioriza, que nos rebaja, que nos hace ser como vacas o animales reproductores.

Lo que hace de la mujer un modo de ser humano inferior no es la maternidad sino el Matrimonio, la cesión del cuerpo para la reproducción al servicio de la Ley; la renuncia al propio sexo y a la propia producción deseante de las entrañas de mujer que deben secarse hasta convertirse en un rígido contenedor de criaturas.  Lo que liberaría a la mujer de su reprimida e inferior condición social es romper la institución del Matrimonio (o de la Pareja) para recuperar la maternidad entrañable que, como decía Martha Moia (15), da y conserva la vida en lugar de perpetuar linajes y patrimonios. Desvinculada la maternidad de la institución del Matrimonio podríamos también utilizar los descubrimientos científicos a nuestro favor en lugar de servir para manipular y organizar la violación sistemática de nuestros cuerpos.

Por si acaso alguien lo piensa, esto no es una reivindicación de la vuelta al hogar de la mujer; lo que esto plantea es la subversión de este sistema social con las relaciones y con los espacios públicos y privados que ordena.  La división de los espacios en públicos y privados, las divisiones de los quehaceres y funciones están determinados hoy por el régimen capitalista, que a su vez se levantó en una sociedad patriarcal bien constituida en la que la mujer llevaba ya cientos de años pariendo con el útero rígido.  Por eso las opciones que la sociedad ofrece a la mujer (el trabajo fuera o dentro del hogar) en cualquier caso suponen una represión de su condición.  No podemos estar a favor de ninguna de ellas.  Los espacios públicos tampoco son neutros como se quieren presentar desde el pensamiento androcéntrico (16).

El discurso patriarcal nos ha atribuido diferencias inexistentes (lo de que somos menos inteligentes, histéricas, animales sin alma o asépticos contenedores de narcisismos primarios, etc.) y en cambio nos ha reprimido la única diferencia verdadera, la función sexual de la maternidad.  Siempre con el mismo fin.  Ahora con el señuelo de la igualdad, ofrecen una 'liberación' que supone un abandono de lo poco que nos quedaba de maternidad entrañable.

Como dice M. Bookchin (17), las diferencias y la diversidad no suponen ni justifican la jerarquización.  Pero la sociedad institucionaliza y jerarquiza la diferencia para organizar la explotación y la sumisión en cada eslabón de la sociedad autoritaria.

Y la otra forma de discriminación es precisamente no reconocer las diferencias, reprimirlas y producir una igualación sobre el rasero de unos.

Por eso, como decía Jesús, "la Ley sólo reconoce las diferencias si están jerarquizadas" (18).

                                     Madrid, 9 de mayo 1994


NOTAS

(1) Ibáñez, J. El regreso del sujeto. Ed. Amerindia, Santiago de Chile 1991.

(2) Miller, A. Por tu propio bien.  Tusquets, Barcelona 1985. 1ª publicación, Frackfurt 1980.

   En general, toda la obra de Miller está dedicada al esclarecimiento de la mecánica de la sublimación y olvido de la represión sufrida en la infancia.

(3) Deleuze, G. y Guattari, F. El anti-edipo, capitalismo y esquizofrenia. Paidós, Barcelona 1985. Y también 1 publicación: L'anti-aedipe, capitalisme e sqhizophrénie Ed. Minuit, Paris 1972.

(4) Merelo-Barberá, J.  Parirás con placer.  Ed. Kairós, Barcelona 1980.

(5) Ver, por ejemplo, entre otras, Anderson, B.S. y  Zinsser,J.P.   Historia de las Mujeres: una historia propia  Ed. Crítica, Barcelona 1991.  1ª publicación : New York 1988

(6) Sau, V.   Diccionario ideológico feminista  Ed. Icaria Barcelona 1989.  1ª publicación: 1981.

(7) De Maio, R.  Mujer y Renacimiento  Ed. Mondadori, Madrid 1988. 1ª publicación: Milán 1987.

(8) Groddeck,G. El libro del 'ello'. Ed. Taurus, Madrid 1981. 1ª publicación: 1923.

(9) Balint, M.  La Falta Básica. Paidós, Barcelona 1993.  1ª publicación: Londres y Nueva York 1979.

(10) García Calvo, A.  Familia: la idea y los sentimientos Ed. Lucina, Madrid 1984.

(11) Stettbacher, K. Pour quoi la souffrance?.  Ed. Aubier.  Paris, 1991

(12) Moreno, A. Carta a la Asociación Antipatriarcal publicada en el boletín nº4 de la misma, Madrid, diciembre 1998.

(13) La Ley judía estipulaba la pena de muerte para el hijo que maldijera a sus padres -que se rebelara en su interior contra ellos- (Exodo 21.17), lo mismo que en los primeros tiempos del cristianismo, en lo cual no se diferenciaba en nada de la Ley romana (San Mateo 15,4)

(14) El Código de Hammurabi regula un proceso diferente al hebreo en la consolidación de la Ley de los padres, y estipulaba para los hijos díscolos la amputación de una mano, el sacarle un ojo o cortarle la lengua (Código de Hamuurabi, traducción de Federico Lara Peinado, Ed. Tecnos, Madrid 1986.  Epígrafes 192, 193, 195.  Pag. 33)

(15) Moia, M.  El no de las niñas  laSal ediciones de les dones, Barcelona 1981.

(16) Moreno, A. El arquetipo viril protagonista de la historia. laSal edicions de les dones, Barcelona 1987.  1ª publicación: Barna 1986.

(17) Bookchin, M. Qu'est-ce que l'écologie sociale?. Ed. Atelier de Création libertaire, Lyon 1989.

(18) Ibáñez, J. Ponencia Universidad Autónoma de Madrid, abril 1984.

* Aquí viene a cuento aquella frase de Jesús: El alma es una compensación imaginaria del cuerpo realmente despiezado (De la familia al grupo: del grupo como bucle en el árbol familiar Ponencia en la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, 1983.)

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