Estas líneas fueron leídas en el transcurso de la presentación del libro de Amparo Moreno, Pensar la historia a ras de piel (Editorial Tempestad) (1) organizada por la Librería de Mujeres, en Madrid, el 23 de marzo de 1992

¿Por qué placer y realidad se oponen de modo sistemático en nuestro mundo?   ¿ Por qué tenemos que aceptar un razonamiento que dice que las criaturas sólo pueden civilizarse y ser humanas por la vía de la represión?  ¿Por qué no cuestionar la adultez que se construye sobre la represión de la criatura?

 

POR UNA MATERNIDAD ANTIPATRIARCAL
Casilda Rodrigáñez Bustos

 

La adultez no es solo una imposición social sino una carencia, la pérdida de una vida que no dejaron crecer: de esa vida más cálida que reivindica Amparo en este libro. 

Por eso me parece importante decir aquí algo sobre la degradación de la maternidad.  Porque -y cito palabras de Amparo- "sin una maternidad patriarcal que inculque a las criaturas 'lo que no debe ser' desde su más tierna infancia, que bloquee su capacidad erótico-vital y la canalice hacia 'lo que debe ser', no podría operar la ley del Patre que simboliza y desarrolla de una forma ya más minuciosa 'lo que debe ser'". (2)

Sabemos por innumerables estudios realizados que en algún momento de nuestra historia la consolidación del patriarcado hizo necesaria una profunda transformación de la maternidad en un doble sentido: por un lado, su degradación social, quitando a la función materna su importancia, su espacio, y su consideración en las tareas de la colectividad; las mujeres si querían mantener un status de superioridad como mujeres de patriarcas, tenían que entregar sus criaturas a nodrizas, doulas o criadas (de ahí viene la etimología de la palabra),  afirmando de este modo otra condena, la del cuerpo femenino cuyas impurezas, como decían, se tenían que ocultar, si se quería ser una mujer de cierta consideración social.  Así se pasa de una maternidad placentera y sexual, simbolizada en aquellas estatuillas de mujeres con los pechos al aire, con criaturas en brazos o con serpientes, símbolo de la voluptuosidad del cuerpo femenino, a la maternidad maldita por Jehová, que es esclavitud social y dolor físico (3).   De Eva pecadora a María la madre virgen símbolo de la maternidad sin placer, de la anti-sexualidad y de la pureza.  Esta transformación tenía necesariamente que venir acompañada de un sentimiento de desprecio hacia el cuerpo femenino, y así empieza la historia de la misoginia.

Como dice Romeo de Maio (4), "la historia del cuerpo femenino es una Ilíada de sufrimientos": clitoridectomías,  infibulaciones, lapidaciones, piras de fuego, cinturones de castidad etc. etc. y esta Ilíada de sufrimientos ha servido para insensibilizar nuestro cuerpo y para hacerlo funcionar sin sentimientos, como máquina reproductora al servicio de los padres.

Fuimos condenadas a parir con dolor y a vivir nuestras preñeces como un trabajo multiplicado; y, desde luego, que estamos sufriendo esta condena. Porque tan dolorosa como puede ser una penetración si estamos presas de pánico, tensas, rígidas y sin lubrificar, así lo son nuestras maternidades.

Y también fuimos condenadas a ser criaturas maltratadas y abandonadas, a nacer de madres patriarcales, de cuerpos insensibilizados. A ser un trabajo multiplicado en vez de objeto de deseo y de amor.

Solo cuando la maternidad deje de ser una violación del cuerpo de la mujer y vuelva ser placer; cuando deje de ser esclavitud y vuelva a ser vivencia gozosa de la sexualidad femenina; cuando concibamos movidas por el deseo de nuestras entrañas y no para dar cumplimiento al mandato patriarcal, podremos volver a esa vida más cálida y recuperar los placeres que no tienen nombre, esa relación erótica que las criaturas necesitamos y a la que hace referencia Amparo. 

Hace un siglo se inció el camino de la liberación sexual de la mujer, pero  únicamente en el sentido en que se complementa con la sexualidad masculina; nos están reconduciendo hacia un modelo de sexualidad femenino que excluye todas las otras orientaciones de nuestros cuerpos.  Nuestra sexualidad  es cíclica y ni siquiera nuestros ciclos son circulares, repetitivos, sino en espiral,  alargándose en busca de la afirmación de la vida.  Esta liberación selectiva de la sexualidad de la mujer es posible porque, entre otros muchos mecanismos de discriminación y de reproducción del rol femenino, tenemos muy arraigada la sublimación del amor carnal hacia nuestras criaturas.  Hemos sustituido ese amor por un amor espiritual sacrificado, como se suele decir,  'capaz de darlo todo a cambio de nada',  y esta es la trampa emocional que esclaviza a la mujer.

Llevamos milenios pariendo con dolor y va a ser difícil recuperar nuestra potencia sexual.  Pero es un reto que las mujeres tenemos que aceptar.  La opción individual de rechazar esta maternidad patriarcal es muy válida, pero no debe dar lugar a eludir nuestra responsabilidad de luchar por liberar la maternidad y por recuperar su espacio social.  No haremos cambiar las cosas solo con la renuncia individual a la esclavitud de la maternidad patriarcal,  y la humanidad seguirá naciendo de mujeres esclavas, con dolor y represión. 

Hay miles de mentiras y de engaños que derribar.  Desde las que hacen referencia a nuestro cuerpo -nadie nos dice que el útero es un órgano sexual que cada mes prepara un 'nido' para acoger eventualmente un óvulo fecundado- hasta las que dicen que es normal que una criatura llore. 

Christiane Rochefort (5) dice que nadie, ninguna criatura llora sin una razón.  Pero nosotras tenemos que creer que es normal que los bebés lloren porque, aunque no exista deseo, la sola compasión nos impediría cumplir nuestro papel de madres patriarcales. Sin este engaño no sería posible tanta falta de compasión. 

O como esa otra mentira, de que no hay que coger a las criaturas en brazos porque 'se malacostumbran'.  Se 'malacostumbran'...  es decir, se acostumbran al calor, al cariño, al contacto físico... y  esto es malo, es incompatible con el endurecimiento emocional y la insensibilización corporal necesarias para educarnos en nuestros respectivos roles y a la frialdad de nuestras relaciones humanas.  Así tenemos que reprimir los mimos y los cariños hacia las criaturas para entregarlas en condiciones de adaptarse a la competitividad, a la voluntad de dominar, a la explotación y a la resignación; en condiciones de aceptar su puesto en la escala jerárquica de la sociedad, de aprender primero a obedecer y luego a mandar; en resumen  suficientemente endurecidas para sobrevivir en el campo de batalla de la sociedad patriarcal.

No hay que olvidar que tenemos metida en lo más hondo de nuestro inconsciente la maternidad patriarcal.       La fuerza de la vida es tan grande, que la prohibición del amor carnal con las criaturas se ha tenido que elevar a categoría de tabú -el tabú del incesto-  para hacer funcionar el cuerpo femenino como una máquina.  Como decía Amparo:

"No en vano el tabú del incesto, que bloquea la aspiración a la con-fusión con la 'carne de mi carne', es el gran cancerbero del sistema jerárquico que sirve para transmutar las relaciones de tú a tú en relaciones reglamentadas de acuerdo con el sistema jerárquico-expansivo patriarcal" (6).

Si lográsemos salirnos de la perspectiva androcéntrica desde la que estamos habituadas a ver las cosas, la imagen de las criaturas de nuestra sociedad criadas con pezones de plástico sujetos a una arandela de colores, nos produciría horror.  Porque el chupete es un símbolo de esa frialdad, de esa carencia, de esa maternidad degradada. 

La violación del cuerpo de la mujer y el abandono de las criaturas son las dos caras de la misma moneda.  Ambas sensaciones habitan nuestros cuerpos, porque nosotras también hemos sido criaturas, y, en cierto modo, la criatura que fuimos la llevamos siempre dentro.  No podemos olvidarla sin traicionarnos a nosotras mismas.   Así pues, no nos queda más que romper el pacto adulto y luchar por nuestros cuerpos, por nuestra independencia y por una mayor calidez de vida.  

A modo de epílogo

Tras el debate planteado en la presentación de Pensar la historia a ras de piel quisiera añadir unas palabras en defensa de una racionalidad feminista o si se quiere, de un modo de razonar antipatriarcal. 

Hay una serie de principios considerados 'racionales' e inherentes a nuestra condición de seres humanos, que se nos presentan como incuestionables, como la 'racionalidad' o el bagaje común de todos y de todas.   Por ejemplo, aquella razón que nos dió Freud de que la represión de las criaturas -que él mismo había desvelado- es necesaria para su civilización. 

Efectivamente, esta represión es necesaria...  para una socialización de las criaturas en Patrias, es decir, en lugares en donde rige la Ley del Patre que implica la aceptación de la autoridad, la jerarquización de los seres humanos, la guerra, los principios de territorialidad, la competencia, la explotación, la acumulación de patrimonios, etc. 

Ahora bien, ¿aceptamos que ese modo humano de convivencia es el único posible? ¿Vamos a admitir que la ley del Patre es la única forma posible de civilización?  Si no es así, entonces, ¿por qué tenemos que aceptar un razonamiento que dice que las criaturas solo pueden civilizarse y ser humanas por la vía de la represión? ¿Por qué no cuestionar, como hace Amparo, esa adultez que se construye sobre la represión de la criatura?  ¿Por qué no pensar en otra humanidad que nazca de madres no patriarcales que en lugar de reprimir a sus criaturas las traten de tú a tú y respetan sus necesidades recíprocas de confusión carnal y de ternura? ¿No sería otra civilización, otra humanidad, otra racionalidad posible?

No podemos aceptar la herencia de la razón en la que se basa la sociedad patriarcal.  Una cosa es aceptar razones o razonamientos pensados en el afán de erradicar tal o cual aspecto de la sociedad patriarcal o que pueden servir para desvelar su entramado de engaños,  y otra aceptar la racionalidad construida en los dos últimos siglos para dar cobertura científica a la maldición bíblica con todos sus mitos, tabúes y prohibiciones. Pues a pesar de toda la Ciencia y de toda la Ilustración, esa racionalidad sigue teniendo la principal razón de imponer la ley del Patre a las criaturas humanas.

Tenemos tan aceptadas las razones patriarcales, el saber académico que cimenta el orden establecido, que sólo sabemos pensar partiendo de esa racionalidad.  Por eso también a veces es bueno no atender solo a la razón y pararse a escuchar, a sentir otras sensaciones que nos habitan y que siguen alentando nuestras vidas a pesar de todo, pues es cierto que estos sentimientos a veces nos empujan a cuestionar las razones más cimentadas y las prohibiciones más sagradas. Esto es lo que nos pide Amparo en su libro Pensar la historia a ras de piel.  Esto, por supuesto, no quiere decir que renunciemos a la racionalidad, sino que queremos una razón antipatriarcal.

NOTAS BIBLIOGRAFICAS:

(1) Otros libros de Amparo Moreno son :

El arquetipo viril protagonista de la historia: ejercicios de lectura no androcéntrica. Editorial laSal, Barcelona 1987.

La otra 'política' de Aristóteles.  Editorial Icaria, Barcelona 1988

(2) Amparo MorenoCarta a la Asociación Antipatriarcal.  Boletín de la A.Antipatriarcal n4, diciembre 1989.

(3) Victoria Sendon de Leon en su libro, Mas alla de Itaca (Editorial Icaria) da una amplia explicación de esta cuestión.

(4) Romeo de MaioLa Mujer y el Renacimiento. Editorial Mondadori. Pag 48

(5) Christiane Rochefort. Los niños primero. Editorial Anagrama.

(6) Amparo Moreno. Ibid

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