| POR
UNA MATERNIDAD ANTIPATRIARCAL
Casilda Rodrigáñez
Bustos
La adultez no es solo una imposición
social sino una carencia, la pérdida de una vida que no dejaron
crecer: de esa vida más cálida que reivindica Amparo en este
libro.
Por eso me parece importante decir
aquí algo sobre la degradación de la maternidad. Porque -y
cito palabras de Amparo- "sin una maternidad patriarcal que inculque a las criaturas 'lo
que no debe ser' desde su más tierna infancia, que bloquee
su capacidad erótico-vital y la canalice hacia 'lo que debe
ser', no podría operar la ley del Patre que simboliza y desarrolla
de una forma ya más minuciosa 'lo que debe ser'". (2)
Sabemos por innumerables estudios realizados
que en algún momento de nuestra historia la consolidación
del patriarcado hizo necesaria una profunda transformación
de la maternidad en un doble sentido: por un lado, su degradación
social, quitando a la función materna su importancia, su espacio,
y su consideración en las tareas de la colectividad; las mujeres
si querían mantener un status de superioridad como mujeres
de patriarcas, tenían que entregar sus criaturas a nodrizas,
doulas o criadas (de ahí viene la etimología de la palabra),
afirmando de este modo otra condena, la del cuerpo femenino
cuyas impurezas, como decían, se tenían que ocultar, si se
quería ser una mujer de cierta consideración social. Así
se pasa de una maternidad placentera y sexual, simbolizada
en aquellas estatuillas de mujeres con los pechos al aire,
con criaturas en brazos o con serpientes, símbolo de la voluptuosidad
del cuerpo femenino, a la maternidad maldita por Jehová, que
es esclavitud social y dolor físico (3). De Eva pecadora
a María la madre virgen símbolo de la maternidad sin placer,
de la anti-sexualidad y de la pureza. Esta transformación
tenía necesariamente que venir acompañada de un sentimiento
de desprecio hacia el cuerpo femenino, y así empieza la historia
de la misoginia.
Como dice Romeo de Maio (4), "la
historia del cuerpo femenino es una Ilíada de sufrimientos":
clitoridectomías, infibulaciones, lapidaciones, piras de
fuego, cinturones de castidad etc. etc. y esta Ilíada de sufrimientos
ha servido para insensibilizar nuestro cuerpo y para hacerlo
funcionar sin sentimientos, como máquina reproductora al servicio
de los padres.
Fuimos condenadas a parir con dolor
y a vivir nuestras preñeces como un trabajo multiplicado;
y, desde luego, que estamos sufriendo esta condena. Porque
tan dolorosa como puede ser una penetración si estamos presas
de pánico, tensas, rígidas y sin lubrificar, así lo son nuestras
maternidades.
Y también fuimos condenadas a ser criaturas
maltratadas y abandonadas, a nacer de madres patriarcales,
de cuerpos insensibilizados. A ser un trabajo multiplicado
en vez de objeto de deseo y de amor.
Solo cuando la maternidad deje de ser
una violación del cuerpo de la mujer y vuelva ser placer;
cuando deje de ser esclavitud y vuelva a ser vivencia gozosa
de la sexualidad femenina; cuando concibamos movidas por el
deseo de nuestras entrañas y no para dar cumplimiento al mandato
patriarcal, podremos volver a esa vida más cálida y recuperar
los placeres que no tienen nombre, esa relación erótica que
las criaturas necesitamos y a la que hace referencia Amparo.
Hace un siglo se inció el camino de
la liberación sexual de la mujer, pero únicamente en el sentido
en que se complementa con la sexualidad masculina; nos están
reconduciendo hacia un modelo de sexualidad femenino que excluye
todas las otras orientaciones de nuestros cuerpos. Nuestra
sexualidad es cíclica y ni siquiera nuestros ciclos son circulares,
repetitivos, sino en espiral, alargándose en busca de la
afirmación de la vida. Esta liberación selectiva de
la sexualidad de la mujer es posible porque, entre otros muchos
mecanismos de discriminación y de reproducción del rol femenino,
tenemos muy arraigada la sublimación del amor carnal hacia
nuestras criaturas. Hemos sustituido ese amor por un amor
espiritual sacrificado, como se suele decir, 'capaz de darlo
todo a cambio de nada', y esta es la trampa emocional que
esclaviza a la mujer.
Llevamos milenios pariendo con dolor
y va a ser difícil recuperar nuestra potencia sexual. Pero
es un reto que las mujeres tenemos que aceptar. La opción
individual de rechazar esta maternidad patriarcal es muy válida,
pero no debe dar lugar a eludir nuestra responsabilidad de
luchar por liberar la maternidad y por recuperar su espacio
social. No haremos cambiar las cosas solo con la renuncia
individual a la esclavitud de la maternidad patriarcal, y
la humanidad seguirá naciendo de mujeres esclavas, con dolor
y represión.
Hay miles de mentiras y de engaños
que derribar. Desde las que hacen referencia a nuestro cuerpo
-nadie nos dice que el útero es un órgano sexual que cada
mes prepara un 'nido' para acoger eventualmente un óvulo fecundado-
hasta las que dicen que es normal que una criatura llore.
Christiane Rochefort (5) dice que nadie,
ninguna criatura llora sin una razón. Pero nosotras tenemos
que creer que es normal que los bebés lloren porque, aunque
no exista deseo, la sola compasión nos impediría cumplir nuestro
papel de madres patriarcales. Sin este engaño no sería posible
tanta falta de compasión.
O como esa otra mentira, de que no
hay que coger a las criaturas en brazos porque 'se malacostumbran'.
Se 'malacostumbran'... es decir, se acostumbran al calor,
al cariño, al contacto físico... y esto es malo, es incompatible
con el endurecimiento emocional y la insensibilización corporal
necesarias para educarnos en nuestros respectivos roles y
a la frialdad de nuestras relaciones humanas. Así tenemos
que reprimir los mimos y los cariños hacia las criaturas para
entregarlas en condiciones de adaptarse a la competitividad,
a la voluntad de dominar, a la explotación y a la resignación;
en condiciones de aceptar su puesto en la escala jerárquica
de la sociedad, de aprender primero a obedecer y luego a mandar;
en resumen suficientemente endurecidas para sobrevivir en
el campo de batalla de la sociedad patriarcal.
No hay que olvidar que tenemos metida
en lo más hondo de nuestro inconsciente la maternidad patriarcal.
La fuerza de la vida es tan grande, que la prohibición
del amor carnal con las criaturas se ha tenido que elevar
a categoría de tabú -el tabú del incesto- para hacer funcionar
el cuerpo femenino como una máquina. Como decía Amparo:
"No en vano el tabú del incesto, que bloquea la aspiración a la con-fusión
con la 'carne de mi carne', es el gran cancerbero del sistema
jerárquico que sirve para transmutar las relaciones de tú
a tú en relaciones reglamentadas de acuerdo con el sistema
jerárquico-expansivo patriarcal" (6).
Si lográsemos salirnos de la perspectiva
androcéntrica desde la que estamos habituadas a ver las cosas,
la imagen de las criaturas de nuestra sociedad criadas con
pezones de plástico sujetos a una arandela de colores, nos
produciría horror. Porque el chupete es un símbolo de esa
frialdad, de esa carencia, de esa maternidad degradada.
La violación del cuerpo de la mujer
y el abandono de las criaturas son las dos caras de la misma
moneda. Ambas sensaciones habitan nuestros cuerpos, porque
nosotras también hemos sido criaturas, y, en cierto modo,
la criatura que fuimos la llevamos siempre dentro. No podemos
olvidarla sin traicionarnos a nosotras mismas. Así pues,
no nos queda más que romper el pacto adulto y luchar por nuestros
cuerpos, por nuestra independencia y por una mayor calidez
de vida.
A modo de epílogo
Tras el debate planteado en la presentación
de Pensar la historia a ras de piel quisiera añadir
unas palabras en defensa de una racionalidad feminista
o si se quiere, de un modo de razonar antipatriarcal.
Hay una serie de principios considerados
'racionales' e inherentes a nuestra condición de seres humanos,
que se nos presentan como incuestionables, como la 'racionalidad'
o el bagaje común de todos y de todas. Por ejemplo, aquella
razón que nos dió Freud de que la represión de las criaturas
-que él mismo había desvelado- es necesaria para su civilización.
Efectivamente, esta represión es necesaria...
para una socialización de las criaturas en Patrias, es decir,
en lugares en donde rige la Ley del Patre que implica la aceptación
de la autoridad, la jerarquización de los seres humanos, la
guerra, los principios de territorialidad, la competencia,
la explotación, la acumulación de patrimonios, etc.
Ahora bien, ¿aceptamos que ese modo humano de convivencia es
el único posible? ¿Vamos
a admitir que la ley del Patre es la única forma posible de
civilización? Si no es así, entonces, ¿por qué tenemos que aceptar un razonamiento que dice que las criaturas
solo pueden civilizarse y ser humanas por la vía de la represión?
¿Por qué no cuestionar, como hace Amparo, esa adultez
que se construye sobre la represión de la criatura? ¿Por
qué no pensar en otra humanidad que nazca de madres no patriarcales
que en lugar de reprimir a sus criaturas las traten de tú
a tú y respetan sus necesidades recíprocas de confusión carnal
y de ternura? ¿No sería otra civilización, otra humanidad,
otra racionalidad posible?
No podemos aceptar la herencia de la
razón en la que se basa la sociedad patriarcal. Una cosa
es aceptar razones o razonamientos pensados en el afán de
erradicar tal o cual aspecto de la sociedad patriarcal o que
pueden servir para desvelar su entramado de engaños, y otra
aceptar la racionalidad construida en los dos últimos siglos
para dar cobertura científica a la maldición bíblica con todos
sus mitos, tabúes y prohibiciones. Pues a pesar de toda la
Ciencia y de toda la Ilustración, esa racionalidad sigue teniendo
la principal razón de imponer la ley del Patre a las criaturas
humanas.
Tenemos tan aceptadas las razones patriarcales,
el saber académico que cimenta el orden establecido, que sólo
sabemos pensar partiendo de esa racionalidad. Por eso también
a veces es bueno no atender solo a la razón y pararse a escuchar,
a sentir otras sensaciones que nos habitan y que siguen alentando
nuestras vidas a pesar de todo, pues es cierto que estos sentimientos
a veces nos empujan a cuestionar las razones más cimentadas
y las prohibiciones más sagradas. Esto es lo que nos pide
Amparo en su libro Pensar la historia a ras de piel.
Esto, por supuesto, no quiere decir que renunciemos a la racionalidad,
sino que queremos una razón antipatriarcal.
NOTAS BIBLIOGRAFICAS:
(1) Otros libros de Amparo Moreno
son :
El arquetipo viril protagonista de
la historia: ejercicios de lectura no androcéntrica. Editorial laSal, Barcelona 1987.
La otra 'política' de Aristóteles. Editorial Icaria, Barcelona 1988
(2) Amparo Moreno. Carta
a la Asociación Antipatriarcal. Boletín de la A.Antipatriarcal
n4, diciembre 1989.
(3) Victoria Sendon de Leon
en su libro, Mas alla de Itaca (Editorial Icaria) da
una amplia explicación de esta cuestión.
(4) Romeo de Maio. La Mujer
y el Renacimiento. Editorial Mondadori. Pag 48
(5) Christiane Rochefort. Los
niños primero. Editorial Anagrama.
(6) Amparo Moreno. Ibid |